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Limpieza en los vestidos y elogio de la moda. III.

Las matronas nobles han cercenado las largas colas de los vestidos, cuyo uso era sumamente incómodo en los bailes, en los paseos y en la iglesia.

 

El nuevo Galateo. Tratado completo de cortesanía en todas las circunstancias de la vida.
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Limpieza en los vestidos y apología de la moda.

El otro extremo antes indicado es la elegancia afectada que nos hace ridículos. Horacio nos dice la indignación que se despertaba en el pueblo romano a la vista de un rico que envanecido con sus bienes barría las calles de Roma con una toga de seis varas. En las mujeres son más excusables estas vanidades, pero que se encuentren hombres que muden de peluquero si un cabello no cae con gracia, que muevan un alboroto contra la doncella si a la camisa le falta un pliegue, que sostengan una disputa con el sastre si sale de la línea un solo punto del traje, que atormenten a los vendedores por una insensible gradación de color, que lleven espejos en la faltriquera para mirar a todas horas su ridículo rostro, son cosas que verdaderamente sorprenden.

A estos nuevos Paris que meneando las caderas van sumergidos en un mar de esencias olorosas, y se miran de los pies a la cabeza, y enamorados de su belleza miran hacia todos lados buscando aplausos, y creen que su aspecto es una felicidad para las gentes, no les diré lo que Vespasiano dijo a uno de ellos : " Preferiría que olieses a ajos ", pero les indicaré la sonrisa del desprecio que asoma a los labios de cuantos los miran, y la relación de las anécdotas más o menos ridículas con que acompañan esa burlona sonrisa.

Los poetas satíricos, llevados del deseo de causar fuertes impresiones en la imaginación de sus lectores, se ven obligados a exagerar y a faltar en sus pinturas a todas las gradaciones. Extienden un color negro sobre todos los objetos, transforman las moscas en elefantes y traslucen un delito en las acciones más inocentes. La moda ha sido muchas veces el blanco contra el cual han asestado sus dardos. Una cinta, una gorra, las esencias, los polvos preciosos y raros con que en algunas épocas las mujeres han mudado sus rostros, bastaron siempre a exaltar su bilis, y en seguida armados de punta en blanco, no repararon en asaltar un tocador, hacer pedazos todos los frascos, quebrar los espejos y a renglón seguido predicar máximas de moral y recomendarnos el gran modelo de la naturaleza.

"La moda procura sorprender agradablemente las miradas de sus semejantes"

Hablando en general contesto, que si quisiéramos seguir estrictamente la naturaleza deberíamos ir desnudos, puesto que desnudos nacemos. Y no obstante el mismo salvaje, aunque tan inmediato a la naturaleza, procura sorprender agradablemente las miradas de sus semejantes, y adorna su persona, ya sobre sus desnudos miembros, dibujando flores en ellos, ya en las rústicas pieles que le sirven de vestidos colgando en ellas piedras brillantes, porque es conforme con la naturaleza buscar lo que puede ser agradable a nosotros mismos y a los demás. A nadie gusta la muerta naturaleza del invierno, ni la abrasada en el verano, mientras que gusta más la adornada naturaleza de la primavera, rica en flores y la del otoño cargada de manzanas y racimos.

Por otra parte la índole del hombre es tal que necesita ocupación y entretenimiento, ya que la uniformidad le fastidia cuanto la novedad le deleita. El adorno de la persona es una especie de entretenimiento para el salvaje mismo, y al pintar mamarrachos en su cuerpo tal vez obedece más a la necesidad de sentir que al deseo de agradar. En las personas que no han de trabajar para vivir sería muy grande la suma de los ratos de fastidio, de donde nacería el estimulo de la corrupción, si no se ocupasen seriamente de sus vestidos, de sus joyas y de sus alicientes.

En Europa no hay otra moda contraria a la naturaleza que la de agujerearse las orejas; porque una vez agujereadas no es posible obstruir el agujero, mientras que el uso de afeitarse no impide que crezca la barba. Las variaciones de la moda no siempre son desrazonables y ridículas. Nosotros no usamos enrizos ni coletas, con lo cual el tocador se nos lleva menos tiempo. Los polvos han desaparecido de nuestros cabellos, con lo cual los vestidos se conservan más limpios. Un modesto peluquín castaño cubre nuestras escasas canas con lo que parece menos interrumpida la comunicación entre la juventud y la vejez. Las mujeres han proscrito la torre que se alzaba y pesaba sobre sus cabezas como piráimide egipcia, con lo cual ahorran las dos horas que consumían en fabricarla. Gracias a las reclamaciones de la filosofía han desaparecido los tormentosos corsés, que a manera de corazas apretaban el cuerpo de las mujeres acabando por darles la figura de una avispa. Los zapatos han perdido sus elevados tacones y se ancla más natural y cómodamente.

Las matronas nobles han cercenado las largas colas de los vestidos, cuyo uso era sumamente incómodo en los bailes, en los paseos y en la iglesia; aunque por desgracia, añado yo a lo que acaba de decir el autor, hoy vuelve el uso de esta postdata, que convierte los vestidos en escobas y a las mujeres en públicas barrenderas; amén de extender por dentro y por fuera de su traje una capa de polvo, de paja y de cuantas suciedades cubren nuestras descuidadas calles. Había desaparecido el guarda infante que modernamente ha resucitado con el nombre de miriñaque y que presenta a las mujeres en forma de campana, de que ellas constituyen el badajo.

 

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