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Vieja y nueva urbanidad.

Los buenos modales han cambiado sustancialmente en los cien últimos años.

 

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Don José Tarradellas, presidente de la Generalidad de Cataluña en los años de la transición política, era un hombre chapado a la antigua. En una ocasión, recibió a un grupo de diputados y senadores en su despacho. Uno de ellos, el escolapio Xirinachs, que se hizo por entonces, iba vestido con zamarra, pantalón de pana y camisa a cuadros sin corbata. Tarradellas los saludó a todos y , al dar la mano al escolapio, le preguntó con cierta irónica sonrisa:

Qué, ¿de excursión?

Don José, que había pasado toda la vida en Francia después de salir exiliado al final de la Guerra Civil, no podía comprender que nadie entrara en un despacho oficial vestido de aquella manera. En cambio, Xirinachs no debió considerar que su atuendo significara una falta de respeto, sino una manera de vestir más acorde con los tiempos y, por lo tanto, menos forzada y más natural.

La anécdota invita a reflexionar sobre lo que ha ocurrido con esa vieja ciencia o arte de la convivencia que denominamos "Urbanidad". Los buenos modales han cambiado sustancialmente en los cien últimos años. Lo que antes era descortesía puede ser apreciado ahora como naturalidad. Y las excesivas reverencias y sombrerazos que se daban unos a otros nuestros abuelos se interpretarían hoy como ridícula cursilería.

Existen, claro está, unos mínimos de buena educación que no cambian ni cambiarán. Son aquellos que, sin necesidad de escribirlos en un código o manual, se resumen en el principio de "no hagas delante de otros aquello que no te gustaría que otros hicieran delante de ti".

La antigua cortesía, que practicaban y enseñaban a sus hijos las personas de la burguesía y de las clases medias de las ciudades (urbanidad viene de urbe), era tan historiada y tenía tantas normas que necesariamente debía ser compilada en Manuales para que los niños los estudiaran como una de las más importantes asignaturas. Se creía entonces que la "virtud y buenos modales abren puertas principales" y que su estudio era esencial para situarse convenientemente en la vida.

En los años cuarenta del siglo pasado, los chicos estudiábamos aún un manual que se llamaba Valentín o el niño bien educado. Flora era el modelo de las niñas. Estos manuales enseñaban el arde de agradar, de n o molestar ni incomodar a los demás y también de mostrarse generoso y amable con el prójimo; y eso estaba bien.

Pero también enseñaban el ejercicio de la hipocresía social, cosa que, frecuentemente, podía causar daño a las personas con las cuales se trataba. Y, además, enseñaba algo que era muy perjudicial para uno mismo: la prohibición de expresar en público los propios sentimientos. Los educadores insistían en que los hombre no podían llorar, por mucho que sintieran necesidad de hacerlo; y que las mujeres no podían mostrarse demasiado fuertes ni sacar el genio porque eso echaba a perder el encanto de la feminidad.

El hombre, y más la mujer, estaban constreñidos y como encorsetados con aquel género de cortesía. Un manual se refería al "arte de aburrirse cortesmente" en las reuniones y visitas. Una señora no podía ir sola por la calle sino que, en ausencia de su marido, tenía que hacerse acompañar de su madre, su hermana o una criada de confianza. Una señorita no estaba autorizada a cartearse con un joven sin que, antes de iniciarse el epistolario, este hubiese pedido permiso al padre de la muchacha. Cuando, en un banquete, se brindaba los caballeros podían beberse el champán; las señoras sólo estaban autorizadas a humedecer los labios en el borde de la copa.

Para cada ocasión había un vestido adecuado y el ropero de una dama o de un caballero tenía que ser muy variado y costaba mucho dinero. La novela del XIX, con Galdós a la cabeza, nos cuenta los muchos casos de "quiero y no puedo" de la sociedad de la época.

Esta urbanidad tenía manifestaciones muy clasistas, como todo lo que se refería a la relación entre señores y criados o entre superiores e inferiores, por decirlo en el lenguaje de la época. Además, del ejercicio de la cortesía parecía quedar excluída la gente del campo. El adjetivo "rústico" era sinónimo de mal gusto.

Como los españoles solemos ser extremados en todo, hemos pasado de un extremo a otro también en esto. La vieja urbanidad ha quedado anticuada, por no decir ridícula, y hoy no se enseñan a los niños, ni en el colegio ni en casa, siquiera los mínimos principios de una agradable convivencia. Estamos, creo yo, en tiempos de transición de una urbanidad a otra, entre una urbanidad que ha pasado a la historia y otra que aún no ha llegado.

 

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