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Un nuevo Rey, el Protocolo.

El protocolo, manifestación de la justicia en su raíz más honda, pretende lubrificar los roces surgidos de competencias y representaciones ambiguas.

 

Diario de Córdoba
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Es una observación trivial. En la vida española ha nacido un rey al que rinden culto --de idolatría, a las veces-- personas y sectores en los que apenas unos años atrás sería difícil adivinar en sus pensamientos y hábitos tal adoración. Y es normal, por tanto, que aunque muy extendido el fenómeno cause cierta sorpresa en cronistas y sociólogos, obligados por oficio a escrutar las causas de las modas y movimientos generales a través de los cuales se expresa el espíritu de una época.

En la nuestra, tan amante de la igualdad y el igualitarismo y tan enemiga de jerarquías y potestades, la irrupción avasalladora de tal hecho suscita a fortiori consideraciones de toda suerte, elementales, unas, complejas, otras. Algunos de los motivos más profundos de la prepotencia del protocolo en la vida española del presente se deberán probablemente al ordenamiento democrático con su múltiple distribución de competencias y reparto de poderes en las diferentes instancias autonómicas. Pertenecientes por lo común a diferentes fuerzas políticas, sus representantes en los órganos de gobierno regional, provincial y local aspiran a que la ciudadanía visualice de inmediato su presencia y vigor, nacidos del voto popular. Ello, naturalmente, suele provocar litigios legítimos y comprensibles y piques y agravios artificiales, originados por razones a menudo censurables.

El protocolo, manifestación de la justicia en su raíz más honda, pretende lubrificar los roces surgidos de competencias y representaciones ambiguas o de fronteras no bien delimitadas mediante reglas fundamentadas en principios objetivos como la antigüedad, el número, la calidad o el mérito, estos dos últimos factores de mucha mayor dificultad a la hora de "baremarlos", término de uso recurrente en el noble y viejo oficio del protocolo.

Propio de otros tiempos, denostado en los días del imperialismo totalitario, cuando el hallazgo del hombre "nuevo" y palintrocrático parecía estar al alcance de la mano y se abolían los símbolos de las viejas potestades, el aprendizaje del arte del protocolo --pues menester que trate de las relaciones entre los hombres y sus obras no puede ser otra cosa que un arte-- suscita hodierno el overboking en las matrículas de los centros y cursos consagrados al estudio y enseñanzas de sus conocimientos y saberes. Asentada durante largo tiempo en las materias impartidas por la Escuela Diplomática, su disciplina es objeto en la actualidad de la solicitud de las mismas universidades así como de la apetencia de otros organismos y corporaciones, deseosos de satisfacer una demanda cada día más ensanchada en los jóvenes y en un alumnado de compleja textura.

Y cuenta que hasta un autor en otro tiempo l'enfant terrible de nuestra literatura, el antaño, muy antaño iconoclata Francisco Umbral, se sentirá irresistiblemente atraído por el moderno rey, al que cantara epiniciamente: "El protocolo, siendo otra farsa, o la misma, hacía más atractivo a Camilo (J. Cela...), pues el protocolo es una puerta falsa para entrar en el fondo de la verdad. Gracias al protocolo damos la mano a un rey, pero de ese estrecharse las manos puede nacer una verdadera amistad (...) Inglaterra, como Cela, ha practicado siempre, al mismo tiempo, el protocolo y la piratería" (Cela: un cadáver exquisito, vida y obra . Barcelona, 2002, p.52).

Extraña sociedad la nuestra. Atravesada, como todas las que la han precedido en el correr de la historia, de contradicciones e injusticias, su elevado grado de autocomplacencia y de rigor en el juicio de las anteriores, carece de ordinario de un mínimo sentido crítico o de humor para detectar sus antinomias y ambigüedades. Mal se acomoda, en efecto, la permanente sospecha de la autoridad, el inflexible cuestionamiento de las bases morales de la excelencia profesional y la continua erosión del patrimonio ético y cultural recibido de unos antepasados con plena conciencia de su deber histórico, por el déficit crítico que implica en una sociedad obsesa con la censura del pasado, próximo y remoto, con la veneración casi sacral del protocolo. Poco se compagina el repudio de las formas, erigido en piedra de toque de autenticidad individual y colectiva, con el respeto casi maniático a la hora de atribuir puestos y sitiales en actos resonantes y... menos resonantes. Y llamativo resulta que la crónica periodística de conmemoraciones cívicas y fastos históricos registre de ordinario incidentes entre las autoridades asistentes a propósito de posiciones y lugares erróneamente asignados...

Naturalmente, los presidentes --y presidentas, claro es--, alcaldes, ediles, consejeros, delegados, diputados, etcétera peor avenidos y más contrariados en la mayor parte de los casos con hipotéticas o reales omisiones y fallas en la colocación de sillones o en la prelación oratoria y discursiva suelen ser los que, un día, más clamaron contra los reabios aristocráticos y las jerarquías burguesa en nombre de la igualdad democrática.

Espectáculo cotidiano, desde el catalejo de la historia. Por supuesto. Pero no por ello deja, en ocasiones, de ser desalentador y nocivo estimulante del escepticismo.

 

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