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Los defectos y la buena educación

Una persona educada debe minimizar los defectos de los demás, bien ignorándolos o bien haciendo ver que carecen de importancia

 

Reflexiones sobre las costumbres. 1818.
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Los defectos y la buena educación

" Todo es bueno cuanto sale de las manos de la naturaleza; todo degenera en las manos del hombre. Obliga a un terreno a que lleve las producciones de otro, y a un árbol a que de los frutos de otro; mezcla y confunde los climas, los elementos, las estaciones; mutila su caballo, su perro, su esclavo, y todo lo trastorna y desfigura; ama la deformidad y los monstruos, y nada quiere de lo que ha hecho la naturaleza, ni aun al hombre mismo; porque aun a éste es menester adiestrarlo como se adiestra un caballo de regalo, y contornearlo a su antojo como un árbol de su jardín".

Esto dice un filósofo, a quien muchos de nuestros pedantes libertinos celebran sin conocerlo; y a la verdad, parece que dice muy bien, porque el hombre recurre con sobrada frecuencia al arte para enmendar y corregir a la naturaleza. A Cimón se le cayeron los dientes, ¿por qué se ha de injertar otros? Filotas nació tuerto, ¿por qué ha de buscar un ojo de cristal para encajárselo y presentarse con dos bellos ojos? Fausto quedó sin nariz, ¿por qué se ha de acomodar una de barro, con la impertinencia de andar siempre con sus anteojos de muelle para sostenerla? Si encanecen los cabellos, ¿por qué se han de teñir? Y el que encalvece, ¿por qué se ha de cubrir con una peluca? ¿Acaso el hombre perderá su dignidad por presentarse cual le ha hecho la naturaleza, ya sea tuerto, desabrigado, canoso, desdentado o calvo? Si esto debe contarse entre las flaquezas y debilidades humanas; muchos hay que las tienen. El mismo Julio César; aquella grande alma, que supo hacerse superior a todo humano accidente, se hallaba corrido de que se le hubiesen caído los cabellos antes de tiempo, y estimó sobre manera un decreto del Senado que le autorizaba para usar siempre una corona de laurel que le tapaba un poco la calva.

Pero sea debilidad o no, la urbanidad pide que a nadie se le digan en caca sus defectos; antes se deben disimular y disminuir, y cuando de esto no resulten consecuencias funestas; porque en este caso el disimulo sería un crimen contra la verdadera urbanidad, y aun más contra el amor que debemos a nuestros prójimos. Pero, ¿por qué hemos de descubrir un defecto por ligero que sea, y sonrojar a la persona que lo tiene? Al que le falta un ojo, ¿por qué le hemos de decir que es tuerto? ¿No tiene bastante pena en sufrir esta falta, que aun se la hemos de echar en cara? Cada uno procura encubrir sus defectos del mejor modo que puede, y no hay razón para que ninguno se tome el gusto cruel de descubrirlos.

Yo sé que Lydia dice que no tiene más de veinte y cinco años; pero yo que conozco a sus padres y me acuerdo fijamente del día que la parió su madre, sé que tiene ya sus cuarenta bien cumplidos; pero, ¿estaría bien que yo se lo dijera boca a boca? Además de que esto sería una desatención imperdonable, la privaría yo de aquellas dulces ideas que lisonjean su amor propio. Si una mujer que se ve tratada con indiferencia, y que no se hace de ella el aprecio que piensa merecer, se irrita y no puede disimular su despecho, ¿qué haría cuando se le dijera abiertamente que es vieja?

Lydia pasa sus horas en los misterios incomprensibles del tocador; allí tiene de prevención sus esencias, sus colores, y sus polvos. Con el mayor cuidado va poniendo cada cosa en su lugar; con las esencias hace que su cuerpo respire siempre un olor agradable; con los colores embarniza su rostro y le da aquella suavidad de colorido que le parece más dulce y gracioso, y los polvos los derrama en su cabello para frotarlo y darle un tinte agraciado, y en las cejas para darles cierta contracción que haga aparecer los ojos más rasgados.

Hecha esta, delicada operación consulta largamente con el espejo, y se deleita de verse tan rejuvenecida, y tan hermosa y fresca como rosa de Abril. ¿Por qué se le ha de privar a Lydia de esta lisonjera complacencia? ¿Quién sino un mal criado querrá amargarle el gusto que tiene de contemplarse bella, joven y amable, diciéndole en la cara que es vieja? No desazonemos pues a nadie echándole en rostro sus defectos, porque es una muy grosera falta de política.

 

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