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La madre y la mala educación de sus hijos.

La educación de los hijos requiere emplear mucho tiempo para estar a su lado, haciéndoles ver lo que está bien y lo que está mal.

 

Reflexiones sobre las costumbres. 1818.
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La madre y la mala educación de sus hijos.

Doña A.A. consumió los bellos días de su primavera en bailes, en comedias, en galanteos y en sacrificarse toda entera a sus pasiones. Pasaba largas horas en el tocador, rodeada de aguamaniles, de espejos, de cajas de arrebol y albayalde, y de polvos y esencias para hermosear la tez, y darle un colorido suave, y respirar por todas partes un olor agradable. En vez de ennoblecer y dar con su virtud mayor lustre a su calidad y a su nacimiento, los envilecía con su conducta. El placer era su dios. Del número de sus galanes hubiera podido formarse un tomo semejante al que tenía el conde de Bussi-Rabutin, encuadernado como si fuera un libro de devoción, donde en lugar de las imágenes que suele haber en tales libros, tenía los retratos en miniatura de todos los hombres de la corte de Paris, de cuyas mujeres se sospechaba que tenían su chichisveo, y bajo cuyos retratos había una oración acomodada al asunto.

Sin embargo, de tanto galanteo, hubo un caballero que la tomó por esposa; seguiría sin duda la máxima del filósofo Jenófanes que, poco melindroso en esta materia, decía: "que no era ningún despropósito habitar una casa que otros habían alquilado".

A su tiempo, parió Doña A.A. una hija, y su esposo D. C.C. se quedó tan fresco, como si hubiera parido la vecina; y ella ni más, ni menos, pues luego se desprendió de la hija, y la dio a una nodriza para que la criase, porque ¿qué se diría que Doña A.A. criaba a sus pechos a la hija de sus entrañas? Estos oficios son propios de gente ordinaria.

Creció en edad Doña E.E., que este es el nombre de la hija, y su madre no se descuidó en educarla. La enseñó a leer, a escribir y a cantar. Los primeros libros que le puso en las manos eran tan excelentes e instructivos, que no quiero nombrarlos aquí por no excitar en nuestras petimetras ilustradas los deseos de leerlos; pues bástales saber que un libro está prohibido para que bullan en ganas de leerlos y no desistan hasta que algún pisaverde se lo presta, haciendo al tiempo de entregárselo un desprecio del tribunal que los ha prohibido, y diciendo con un desdeñoso fruncimiento de labios, "por esto señorita, se ve tan poca cultrua en los españoles". como si la cultura consistiera en la lectura de cuatro pícaros libros, en cuyas láminas, y entre cuyos renglones hierve la lujuria más desenfrenada. Ya se deja ver que los cantares que le enseñaba, los más decentes eran por el estilo de la lira de Medellin.

Al mismo tiempo la instruía en el arte de vestir, de andar y de presentarse. La enseñaba el modo de formar las trenzas de su pelo, la distribución de los peines, y su colocación por lineas oblicuas. El seno, le decía, debe estar descubierto como lo está el mío, repáralo bien, ¿lo ves? - Sí, mamá. - Las espaldas han de descubrirse al menos hasta la vértebra ocatava del espinazo, ¿lo entiendes? - Si, mamá. - La basquiña sin ningún pliegue, y muy corta. Así vestida, mira como te has de presentar, ten cuidado; la bolsa, en la mano izquierda, el pañuelo en la derecha, pero balanceando el brazo con despejo, ¿ves como lo hago yo? - Ya lo veo, mamá. - Cuando estés de pie, no debes ponerlos de modo que las dos puntas miren hacia delante, sino que deben formar un ángulo recto, mira, así, ¿lo ves? - Sí, mama.

- Es preciso, niña, que sepamos algo de geometría para saber el orden y enlace que han de tener nuestros enamorados. Mira como se hace una cortesía, repáralo, ¿lo has observado bien? - Sí, mamá. - A ver como la imitas. - Mire usted, mamá; ¿asi? - No, hija, no has de doblar jamás el cuerpo por línea recta; las líneas rectas no tienen mérito entre nosotras; siempre has de buscar las curvas, de manera que donde quiera que te halles, has de hacer siempre como que te encorvas. Mira como debes hacerla, repara; este quiebro rectilíneo no tiene gusto ni atractivo, has de doblar tu cuerpo con
tonéandole. Mira, ¿no ves como lo hago yo? Este contoneo tiene mucha sal y mucha gracia. ¿Lo has reparado bien? - Muy bien, mamá. - ¿A ver cómo lo ejecutas? - Mire usted, ¿no es esto? - Muy bien, perfectamente, bien; ven acá, mona mía, que has de ser la retrechera más fina de toda la ciudad. Toma este beso, y este, y este otro, y este otro.

¿Quién querrá creer que el zanguango del marido, mientras duraba esta escena, se estaba repantigando sobre un canapé fumando un cigarro habano, y repitiendo a todo con mucha calma, bravo, ¿bravo?, 'y es que la sería él sin duda.

Tal es la educación que esta mujer infernal daba a su hija.

 

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