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De la sociedad de buen tono.

El conocimiento de algunos estilos es necesario, no precisamente para ser admitido en la sociedad de buen tono, sino para ser colocado en ella convenientemente.

 

El hombre fino al gusto del día, ó, Manual completo de urbanidad, cortesía y buen tono.
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De la sociedad de buen tono.

Difícil es determinar el sentido exacto de este nombre. Duclós piensa que la compañía de buen tono no es sino una quimera parecida a una república dispersa, cuyos miembros se hallan en todas las clases; y tanto más espontáneamente adoptamos esta opinión, cuanto se acerca bastante a nuestro modo de concebir, pues que seguramente la sociedad de buen tono puede hallarse en todas las clases, tanto en las más elevadas, como en las más ínfimas. Una educación bien entendida, sentimientos generosos, conducta y conocimientos; he aquí lo que puede constituir a cualquiera miembro de una sociedad de buen tono. No obstante, debe haber también cierta disposición, una gracia especial, un cierto tacto particular. El conocimiento de algunos estilos es necesario, no precisamente para ser admitido en la sociedad de buen tono, sino para ser colocado en ella convenientemente, y brillar cada uno respectivamente.

En primer lugar se debe entrar en el mundo con un espíritu de benevolencia general, el cual no consiste en aprobarlo todo indistintamente y no enfadarse jamás, sino que el enfado no se dirija nunca contra las personas; y si la circunstancia se hiciese por sí misma tan urgente que casi arrastrase a este sentimiento, nazca a lo menos de la esencia de las mismas cosas, y no aparezca como una opinión ya formada, y que de antemano estaba uno pronto a producir. En la sociedad de buen tono quedan, por decirlo así, confundidas todas las clases, no porque no se distinga y se honre a cada cual en particular, sino porque aquellos que la forman deben considerar que han entrado en ella bajo el pie de una igualdad de dignidad, esto es, de tener unos para con otros una deferencia respetuosa. Un hombre rico en semejante sociedad debe olvidarse de sus riquezas, y no tratar de prevalecer ni por sus trenes, ni por sus casas de campo, ni por el poder que le da el oro que tiene entre manos, puesto que igualar o humillar a sus semejantes con la ostentación de unos bienes de que ellos carecen, es no solamente señal de una alma pequeña, sino también faltar esencialmente a las leyes de la fina civilidad. Examínese sino las personas, y señalemos por ahora las del sexo femenino que queriendo darse importancia no dejan de repetir: mi marido el Conde, mi pariente el Corregidor, la familia del señor Marqués, he hablado al Ministro, estoy viéndole todos los días, soy de las primeras que pueden entrar en su audiencia. Semejantes personas creen que sus palabras tienen una importancia diplomática, y si bien lo consideran, no se adquieren sino envidiosos, criticadores que tendrían gran gusto en humillar unos humos tan fuera de propósito.

"La sociedad no es un palenque para combatir, y que lejos de abandonarse en él a discusiones demasiado prolijas, es indispensable saber ceder algunas veces"

Un hombre fino evita todo lo que puede ser brusco en sus discursos, y no procura llamar la atención demasiado. Lo hemos dicho, que la sociedad no es un palenque para combatir, y que lejos de abandonarse en él a discusiones demasiado prolijas, es indispensable saber ceder algunas veces. Basta a cualquiera decir su opinión, y manifestar sus sentimientos, sin que se empeñe en oprimir a su interlocutor con el peso de sus razones; antes bien ha de procurarse no tener demasiada razón; y como no se trata de votar después que se haya hablado, deben evitarse todas las fórmulas parlamentarias.

Frecuentemente sucede el hablar ligeramente o aventurar una proposición que solo es una chanza y que jamás se podría sostener con formalidad. Un hombre de buen tono no debe precaverse de estas ligerezas, sino juzgarlas, pesar lo que valen, y dejarlas caer por sí mismas; particularmente cuando una de estas proposiciones se escapa a una mujer, se debe procurar distraer la conversación a otro objeto, y tener el arte de borrar la impresión que haya hecho. A veces suele ser esto un favor muy particular hecho a la persona misma que no lo olvida jamás. Las señoras lo suelen conocer y tenerlo muy presente.

Como todo el mundo tiene derecho a los miramientos y distinciones de los demás, es necesario sostener cierta igualdad y dominar sus propias impresiones. Este arte de cubrirse de un barniz semejante al que hace desaparecer en nuestros muebles las asperezas o desigualdades del material, no debe denominarse falsedad, si se reflexiona que en el mundo no tanto se vive para sí, como para los demás. Los arrebatos, las escenas violentas, el choque de los intereses, y todas las tempestades de las pasiones es cierto que se encuentran en el mundo, pero en la sociedad de buen tono deben hallarse los hombres, aún de caracteres opuestos, como dos ejércitos en el momento de una tregua. Con mucha razón, pues, los genios impetuosos y los de imaginaciones melancólicas se alejan de la sociedad y viven voluntariamente aislados; así se alimentan de sus pensamientos, encantan su existencia ideal con todos sus recuerdos e imaginaciones de felicidad. Los poetas, por lo regular, son distraídos y pensativos; las mujeres jóvenes buscan involuntariamente el aislamiento; los amantes se bastan a sí mismos; pero el mayor número de gentes ignora estos sentimientos reales y, no obstante, anovelados; y aquellos que saben conocerlos y apreciarlos, están ocupados por otra parte con el cuidado de su fortuna y de sus adelantamientos.

Los vínculos del parentesco nos ligan a la sociedad y nos arrojan al mundo, en donde nadie gusta de sentimientos exclusivos. Sucede además, que pasada la edad de estas ilusiones se halla uno, sin saber cómo, en conversaciones ligeras que se emprenden y se dejan sin emoción alguna; no se diga por eso que en la sociedad de buen tono no hay personas apasionadas, pero reconcentran en sí mismas la expresión de sus sentimientos, y afectan la indiferencia que no tienen, prueba segura de la delicadeza y finura de sus modales. Una conducta opuesta lleva consigo los más perjudiciales inconvenientes; en primer lugar llama la atención hacia la persona que se ama y compromete la felicidad, haciendo públicas cosas a las que es tan conveniente el misterio, y rompe además la armonía de la sociedad en que deben aparecer divididos los sentimientos. Adherirse exclusivamente a una mujer, es faltar el miramiento respecto a las otras; es establecer una cita en medio de gentes que no deben ser ni sus terceros, ni sus espectadores.

 

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