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De la conversación. Parte I.

Suele ser el escollo donde se estrellan las personas de talento, la piedra de toque de los caracteres de cada uno, y en la conversación es en donde se conoce a un hombre bien educado.

 

El hombre fino al gusto del día, ó, Manual completo de urbanidad, cortesía y buen tono.
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De la conversación.

No hay cosa más difícil en el mundo que sostener convenientemente una conversación larga y variada; sucede ser el escollo donde se estrellan las personas de talento, la piedra de toque de los caracteres de cada uno, y en la conversación es en donde se conoce a un hombre bien educado. Labruyere dice que el talento de la conversación no tanto consiste en manifestar el propio, como en hacer brillar el de los demás. Todo el que salga contento de sí mismo después de haber hablado con vosotros, lo está de vuestra persona, porque nos hemos de hacer cargo de que los hombres no gustan de admirar, sino que quieren agradar; y no tanto quieren alegrarse e instruirse, como verse aplaudidos, consistiendo lo más delicado del placer en proporcionar el de otros.

Por aquí se puede conocer lo dificultoso que es acertar en esta materia, y cuanta aplicación y estudio requiere. Todas las conversaciones tienen dos partes muy diversas; la del que habla, y la de aquel o aquellos que escuchan. Es un gran arte en el mundo el de saber escuchar; y pues que el moralista que acabamos de citar establece fundamentalmente que los hombres no gustan de admirar, sino que quieren agradar, y no tanto procuran instruirse y alegrarse como verse aplaudidos, se sigue que para que nos amen y busquen, debemos procurarles este placer. Hombres ha habido que han alcanzado reputación de juicio y aún de talento con solo el arte de saber escuchar. Escuche pues el hombre fino con una atención constante, y persuádase que así habrá cumplido con la mitad de los deberes de la conversación. Al escuchar a cualquiera no deben divagar los ojos de un lado a otro en examinar los cuadros o flores de la tapicería, o los adornos de la sala; pues si se dirige a otros objetos que a la persona que habla ¿qué queréis que ella piense? Al contrario, debe dirigirse siempre la vista al que hable, sin fijarse en él demasiado para no embarazarle, y siempre de manera que pueda juzgar de la impresión que produce. No haciéndolo así, da uno a entender o que no quiere oír por cansancio o fastidio, o que teme que le lean su modo de pensar en sus miradas, lo que da a entender desconfianza o disimulo.

Hay también personas que aunque escuchan con atención, la vivacidad de su sangre, o una impaciencia natural, no les permite estar un solo momento en reposo; o bien arrugan entre sus dedos la punta de su corbata, o ya abotonan y desabotonan su chaleco; si están sentados, llevan el compás con los pies; si levantados, cambian a cada instante de posición, o bien delinean en el suelo figuras algebraicas. Nada hay más inurbano e impolítico, ni más contrario a aquella gravedad dulce y decente que se debe conservar en la sociedad.

"Un hombre de talento y juicio puede interrumpir a tiempo una conversación que juzga peligrosa o demasiado animada"

Síguense a estos tales aquellos que no escuchan o escuchan mal; los que interrumpen una conversación repentinamente. Háblase de política, de artes o de literatura, y salen exclamando con que hace buen tiempo, o que llueve, o el número del día, del mes, o el nombre del día de la semana; preguntan qué hora es, y acercándose a una señora admiran indiscretamente lo bonito de su chal o la elegancia de su vestido. Estos son los enemigos mortales de toda conversación amable y arreglada. En un momento una reunión de personas tiene que ser mártir de su necia fatuidad o de su grosera impolítica; pero no faltan ocasiones en que un hombre de talento y juicio interrumpa a tiempo una conversación que juzga peligrosa o demasiado animada. Cuenta Sterne que hallándose en una reunión en París se trataban cuestiones peligrosas en su explanación y resolución. El Conde de C., uno de sus amigos era quien con más ardor se entregaba a la discusión y adelantaba paradojas que difícilmente hubiera sostenido, o que se hubiera avergonzado de quererlas sostener a sangre fría. Sterne se acercó al Conde, y cogiéndole de la mano, le dijo: "señor Conde, ¿no hecha Vd. de ver que su sortija está demasiado apretada y que debiera holgarla más?" Al buen entendedor, una palabra. Con efecto, "una palabra de un sabio basta", repuso el Conde, y la conversación mudó de objeto; pero rara vez se hallan estas ocasiones; es necesario mucho talento para aprovecharse de ellas, y hay pocos Esternes.

Ninguna cosa hay más impropia, según Dios, y según la sociedad, dice otro moralista, que el apoyar en una conversación aun las cosas más indiferentes con largos y fastidiosos juramentos. Un hombre honrado merece ser creído con el simple sí o el no; su carácter es el que jura por él, concilia el crédito a sus palabras, y le merece toda especie de confianza. No juréis, pues, jamás, ni apoyéis nada sobre vuestra palabra de honor; esta expresión no debe prodigarse, y cuanto se diga debe ser la pintura sencilla de lo que se piensa. Querer afirmar una cosa con un juramento que no se exige, más bien inspira duda que confianza; pues entonces se asemeja uno a los bribones que nos engañan y estafan, hablando sin cesar de su honradez y probidad.

 

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