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La civilización como modelo de vida en el Madrid del siglo XVIII. I.

Los cambios de los usos y costumbres de la ciudad de Madrid.

 

CSIC. Madrid.
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La civilización como modelo de vida en el Madrid del siglo XVIII.

No pretendo en esta ocasión describir usos y costumbres -que se pueden encontrar en diversas fuentes-, sino acercarme a la vida de la ciudad de Madrid para estudiar, en una primera y rápida aproximación, cómo cambian algunos de esos usos y costumbres, empujados por la fuerza de la moda, por eso que hoy se llama "globalización" (y que ya existía por entonces con otro nombre) y por el influjo de los nuevos procesos ideológicos que, a pesar de los refractarios a los cambios, eran conocidos en la capital.

Si observamos las costumbres de la clase alta vemos que sus miembros se reunían en salones y tertulias mientras los otros lo hacían en las cocinas y en las casa puerta; unos y otros frecuentaban los teatros y tenían a menudo gustos similares. En los recientes cafés y en las botillerías se mezclaban, mientras que las tabernas parecen haber sido casi de uso exclusivo de los más pobres. En fondas y mesones tampoco era difícil encontrarlos juntos, puesto que aún, cuando estaba acabando el Antiguo Régimen, las diferencias y distancias no eran tanto espaciales como morales, de reconocimiento de la condición.

Había una forma de vivir, tanto entre los pudientes como entre los que no lo eran, que se valoraba como la correcta, conforme a la condición social de cada uno y al hecho de ser español y madrileño. Lo castizo no es un invento de zarzueleros tardodecimonónicos; viene de más atrás, aunque el término se acuña en el siglo XVIII, y no sólo para referirse a un tipo de lenguaje que se considera el correcto y cabal: la indumentaria, las formas de conducta, los valores éticos, los gustos musicales y estéticos, alimenticios y de todo tipo tenían su marchamo castizo (En La comedia española defendida, Luis Jayme escribía: "He visto una disertación contra nuestras comedias y una comedia nueva, para ejemplo de cómo se han de formar según arte. Uno y otro me enfadó y diome la gana de escribir esta carta. Y nada se me dará de que no agrade a los críticos, porque no tengo genio ni tiempo para la disputa. A estos les cedo, desde ahora, el campo: hablo sólo con los españoles castizos, amantes de nuestros sabios poetas cómicos" (1762: 5).).

Por eso otras maneras, nuevas costumbres, nuevas palabras y formas de vestir, en tanto que posibles amenazas para acabar con un orden de cosas aceptado por ciertos sectores, se rechazaron a veces de modo burlesco y crítico.

Esa amenaza era la temible "civilización", palabra que se documenta -por supuesto de forma satírica- por primera vez en España en 1763, en un sainete de Ramón de la Cruz así titulado, "La civilización". La civilización introdujo en España y sobre todo en aquellas ciudades que estaban abiertas a las novedades, como eran Madrid, Barcelona, Sevilla o Cádiz, problemas éticos, de conducta y de todo tipo porque se resquebrajaban las formas de vida tradicionales. Los debates sobre este asunto se intensificaron desde finales de los años cincuenta.

Pero, ¿qué era la civilización entonces? ¿Qué significaba esa palabra para los hombres del Setecientos? Nos vamos a encontrar con dos posturas generales al respecto, pero hay más y lo que interesa son los matices.

La palabra "civilización" y los hechos sociales y culturales que conlleva se impusieron como forma histórica, como tiempo. Frente a un Antiguo Régimen estático o de ritmo lento en la mayoría de sus valores y formas de vida, la civilización propone aceleración, movimiento, opinión, duda, variedad, debate, todo lo cual cuestiona o altera lo que se entendía como "genio nacional". Civilizar era un objetivo de la Ilustración, tanto en España como en otros países. Roma y Rosell lo indica en Las señales de la felicidad de España: a los gobiernos compete "infundir a la plebe aquellos sentimientos de honor que la civilizan" (1768: 138) (Maravall (1991) aporta otros testimonios. Debe verse también Escobar (1982 y 1984) y Álvarez de Miranda (1992).).

Esta manera de ver las cosas supone, evidentemente, cambios e implica un contraste entre las naciones civilizadas y las salvajes (el binomio se encuentra con frecuencia al referirse a los países americanos, pero también dentro del continente europeo y, sobre todo, cuando se habla de propuestas sociales). Por eso, el proceso de civilización deberá ir acompañado de cambios educativos, ya que, como escribió Montengón, se necesitan muchos conocimientos "en el uso de la sociedad civilizada" (1801: 4). Por otra parte, los pueblos civilizados se consideraban más fáciles de gobernar, según el economista Antonio Muñoz (1769: 101), mientras que su moral se volvía más "flexible y cómoda", al decir de Moratín (Maravall 1991: 221).

Pero esto, que es la postura "natural" de un sector de la Ilustración, encuentra contestación en otro grupo ilustrado, más sensible a las nuevas formas de conducta y menos propicio a la interferencia del Estado y de las instituciones en la vida de las personas, de manera que el modelo civilizado ideal de este grupo, en el que figuran historiadores y novelistas, es precisamente el salvaje, el "buen salvaje" que, por su inocencia y no estar corrompido por las maneras del progreso, encarnaría los valores de hombría de bien que, en principio, había propuesto la Ilustración.

La "civilización" era el estado moderno al que aspiraba un sector de la población; "civilizar" era el proyecto ilustrado y los medios que se ponían en juego para conseguir ese estado, y "civilizado" era el país o el reino que ya lo había conseguido.

Sin embargo, estos objetivos educativos, religiosos y de todo orden eran vistos por sectores refractarios como formas negativas de conducta: tertulias, cafés, reuniones en salones, las modas en la indumentaria, podían entenderse y se entendían, proyectando una idea política, como formas de hipocresía, irreligiosas y, desde luego, no españolas (cuando no antiespañolas). Los tratados que desde mediados de siglo se publican sobre normas de educación (que van desde enseñar a usar los cubiertos hasta indicar cómo comportarse con los iguales, inferiores o superiores en la escala social) se entendieron a menudo como ataques a la moralidad nacional, a la naturalidad y, por tanto, a la sinceridad y franqueza que eran notas de la esencia española, del "genio nacional". Se denunciaba que importaba más "parecer" que "ser". Y se planteaba así un problema que está en el centro de la modernidad: la posibilidad del hombre de ser muchos, de variar según las circunstancias de cada momento, frente a la condición abstracta y "de una pieza" que se tenía del hombre en el Antiguo Régimen, como trasunto de una esencialidad teológica.

Maravall en su estudio sobre la palabra "civilización", recurre al sainete de Ramón de la Cruz para indicar algo de lo expuesto hasta ahora y enfatizar la repulsa del medio rural a las novedades que llegan desde la ciudad, en el caso de la ficción, desde Madrid:

vendría a poner de manifiesto la tensión conflictiva que se había producido entre la ciudad y el campo, el recelo y hostilidad de los campesinos contra las gentes de esa ciudad desde la que querían imponerse las reformas. En consecuencia, los elementos populares rechazan las novedades cultas, debido a razones económicas (al
comparar su penuria con la holgura de los poderosos cuya presión soportan) y a razones ideológicas (la mentalidad arcaizante del campo, en el Antiguo Régimen incomparablemente más fuerte que hoy). Y esta repulsa es utilizada por los elementos reaccionarios contra los elementos progresivos de la ciudad (1991: 225).

 

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