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Burlas, proverbios, retruécanos y palabras oportunas.

La chanza o burla dulce, graciosa, ligera debe ser compartida con buena intención por los mismos que son objeto de ella.

 

Nuevo Manual de la Buena Sociedad o Guía de la Urbanidad y de la Buena Educación.
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Sí la sociedad está muy lejos de ser una escuela para ejercitarse los pedantes, no lo está menos de ser una arena para el uso de esas personas, malignamente espirituales, que se creen autorizados para insultar con gracia. Cualquiera que sea la finura de sus rasgos, la gracia de sus observaciones, y aún la risa que pudieran excitar en nosotros propios, no por eso les dejaremos de rehusar a esos espíritus cáusticos y burlones el nombre y título de personas atentas y bien educadas, de personas de buen tono, pues la urbanidad tiene por base la benevolencia.

Los que estudian sin cesar el modo de herir y molestar a los demás, sin tomar otra precaución que el de quitarles el derecho y los medios de quejarse; que están en acecho de la menor falta para amplificarla, envenenarla y presentarla bajo el punto de vista más ridículo, que atacan cobardemente a los que no pueden defenderse, o se exponene cada día por un sarcasmo a jugar su vida y la de los demás en un duelo; estas gentes ¿qué calificación merecen? A la verdad que no nos atrevemos a pronunciarla por odiosa y repugnante.

Un retrato tal que ciertamente no hemos recargado haría la burla por siempre odiosa, pero a Dios gracias la chanza o burla de buen género está muy distante de parecerse a esas envenenadas conversaciones. La chanza o burla dulce, graciosa, ligera debe ser compartida con buena intención por los mismos que son objeto de ella: es una lucha amistosa, alegre donde nunca deben tener cabida la ironía, la desconfianza o el resentimiento. Desde el momento en que se columbra alguna de esas circunstancias, cesa la chanza, y la prudencia aconseja no seguir más adelante.

Por lo que hace a la rechifla, esta mordacidad de los necios; cándida alegría excitada por el candor o por la política de las personas a quienes falsamente se hacen creer cosas harto tontas, bien sea porque maliciosamente se dejen engañar, yo no tengo mas que decir sino que tengo demasiada buena opinión de los que han de favorecer este artículo con su lectura para creer que puedan nunca caer en tan ridículo capricho.

Las citas populares, los proverbios como toda otra cita, exigen algunas precauciones, y por otra parte, fuera de la conversación familiar, están casi siempre fuera de su lugar. Si son frecuentes, la conversación se hace enojosa y se convierte en charla de comadres; si por otra parte se les lanza sin alguna indicación, una de dos cosas, o impiden al que habla ser comprendido o le hacen pasar por un Sancho Panza.

En cuanto a la advertencia preliminar debe ser muy breve empleando una fórmula semejante a: "Como dice el proverbio; como explica la sabiduría de las naciones". Un proverbio bien aplicado y colocado al final de una frase, ofrece frecuentemente una muy oportuna conclusión.

No hablaremos de los retruécanos, sino para reprobarlos y rogar a nuestros lectores no se hagan fabricantes de semejantes productos; para despreciar ese talento de los necios, medio pueril de excitar una risa pasajera. No queremos decir con esto que no se puedan repetir en la buena sociedad algunos de esos retruécanos políticos, felices y oportunos en la forma y en el fondo; no es nuestro ánimo el animar a que con imprudencia se denigre esta forma de burla, delante de las personas que la aman, y menos aún que se permita nadie decir a los tales: "Esto es malo", aunque les sobre mucha razón para ello. El tener buen gusto no es un titulo para ser impolítico.

Es preciso ser aún más severo para otro género de equívocos, para aquellos que ofenden el pudor. La buena educación ordena no escuchar e interrumpir al imprudente que inoportuna con esos indecorosos juegos de palabras que toda persona de buena sociedad debe siempre evitar. Consisten en esas frases con el auxilio de las que se cubren ciertas burlas de un velo tan trasparente que se ven demasiado claras. ¿Qué placer se puede hallar en hacer ruborizarse a los demás y merecer el título de hombre de mala educación?

Hay personas que creen poder permitirse toda clase de chanzas delante de los demás indistintamente, pero un hombre de buen tono debe ser reservado y cauto sobre todo. Se podría citar más de un ejemplo de algunos que han perdido la delicadeza y cultura de las maneras y el lenguage tomando los hábitos y palabras de los círculos adonde la casualidad los condujo. Basta un solo instante para perder esos delicados matices que constituyen al hombre de mundo, y que tanto trabajo cuesta adquirir.

Es un gran error creer que sea siempre necesario brillar en la conversación, y que sea más ventajoso ganar la admiración por una pronta y viva salida, que encerrarse algunas veces en el silencio o limitarse a una respuesta menos brillante que juiciosa. No debe creerse que los rasgos de talento estén todos indistintamente admitidos en el orden de la buena urbanidad y atención. Un aire vano y triunfante echa a perder una feliz palabra, y asi cuando alguna frase de este género de que seáis el autor, guardaos bien de instruir de ello a los que os escuchan. La tendencia que sentirían a castigar vuestro orgullo les impediría apreciar vuestro ingenio.

 

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