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El buen padre y la educación de sus hijos.

Los padres deben enseñar a sus hijos a ser educados, prudentes, amables y sociables.

 

Reflexiones sobre las costumbres. 1818.
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El buen padre y la educación de sus hijos.

Don T.T., váron prudente, esposo de una mujer honesta, jóven, virtuosa y amable; y padre de un hijo que se halla ya en edad de recibir los primeros principios de educación, se prepara para darle una buena educación tal cual sirva para hacerle un buen ciudadano. Don T.T. sabe que los hombrea nacen, no para vivir aislado; y cuidar solo de sí mismos, sino para ser útiles a los demás; o más bien, que nacen para el estado; que el estado necesita de buenos ciudadanos; y que los buenos ciudadanos no se forman por sí mismos, sino por una buena educación. Sabe que loa niños son lo que quieren que sean; que en aquella tierna edad se imprime, como en una cera blanda, cuanto se quiere imprimir; que las primeras impresiones son las más difíciles de borrar; y que una vasija nueva conserva siempre el olor de aquello que primero se echa en ella.

Sabe que, para que la educación logre todo su efecto es necesario estudiar la índole de los niños, puesto que si a unos irrita el rigor, a otros los hace dóciles y sometidos; que si unos deben conducirse por el honor y la ternura; otros por el temor y el castigo; y que si este no necesita más que una mirada para poner a su entendimiento en ejercicio, el otro necesita de que se le inste, que se le amenace, y aun que se le castigue; pero que siempre deben evitarse los dos extremos, o demasiada severidad, o de una dulzura demasiada. La sobrada blandura de Helí fue causa de que sus hijos no variasen su conducta escandalosa.

Algunos que no conocen el profundo y difícil arte de la educación, juzgan que debe violentarse la índole de los muchachos; pero Don T.T. sabe que esta es una imprudencia manifiesta, y que lo que a cada uno le es característico, esto es lo que le conviene, y que nada conseguirá el que se obstina en navegar contra el viento. Ningún papel se desempeña mejor que el que le ha señalado la naturaleza. Sabe Don T.T. que la habilidad consiste en saberse aprovechar de aquella índole natural, y manejarla de manera que la conduzca a su debido término.

Su hijo es propenso a la ira, de modo que parece que ésta sea su pasión dominante; Don T.T., pues no se arma de rigores para sujetar esta pasión, porque, sabe que el rigor la irritaría más, sino que con mucha discreción procura que esta misma ira le sirva para emprender cosas árduas y difíciles, siguiendo siempre el dictamen de la recta razón, y no prevalecendo jamás sobre el juicio. Y si tal vez, es preciso castigar a su hijo, sabe que no lo ha de hacer cuando lo domina la cólera y el furor, sino que ha de dar tiempo a que se tranquilice esta pasión; a ejemplo del sabio Platón que, encolerizado contra un esclavo impuro y glotón, llamó a su sobrino para que le castigase, porque yo estoy, le dijo, sumamente irritado; o el de Sócrates su maestro, que, indignado también contra un esclavo que había incurrido en una enorme falta, le dijo: "te castigaría si no estuviese tan airado".

Por fin, Don T.T. sabe que a los muchachos se les debe el mayor respeto, esto es, que no debe decirse ni hacerse delante de ellos cosa alguna que no sea conforme a la buena moralidad, ninguna palabra indecente, ninguna acción indecorosa, etc., etc. Los ojos son el carmino más recto para llegar al corazón; más efecto causa el ejemplo que las lecciones. Yo me río de ver que un glotón me predica templanza, que un avaro me predica largueza, y que me predique pobreza uno que abunda en riquezas y tiene el corazón pegado a ellas.

Con estos principios en que Don T.T. está bien cimentado, le da a su hijo la más bella educación. Ilustra su entendimiento con conocimientos útiles, y forma su corazón conforme a las máximas de la sana moral, añadiendo siempre el ejemplo a los preceptos; y así es como va formando un ciudadano útil a la sociedad.

 

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