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Los modales y postura que se debe guardar en sociedad

La postura es expresiva como el acento y aún más acaso, pues que es más continua

 

Nuevo Manual de la Buena Sociedad o Guía de la Urbanidad y de la Buena Educación.

Saber estar. Cómo guardar la compostura en sociedad
Modales y postura. Saber estar. Cómo guardar la compostura en sociedad

Saber estar. Cómo guardar la compostura en sociedad

Aquella urbanidad

La postura parece una cosa tan sencilla, tan usual y fácil que sin duda al ver este titulo alguno de los lectores creerán que vamos a tratar de la "civilidad pueril". Mas si se toman la molestia de reflexionar las numerosas infracciones de que cada día son testigos contra lo que ordena la buena educación sobre este particular.

Si recuerdan tantos caprichosos resabios, tantos ridículos gestos, actitudes originales, afectadas miradas y groseros movimientos; si recuerdan que la postura debe estar en perfecta armonía con la situación, la edad, el talento, y ser hasta cierto punto el último rasgo de la fisonomía; si piensan las prevenciones desfavorables que produce una postura desdeñosa, inmodesta o trivial. comprenderán que no es exagerada nuestra solicitud y esmero acerca de esta materia.

Es indudablemente imposible indicar todas las faltas que se pueden cometer sobre este particular; este artículo no bastaría para ello, y por tanto será preciso limitarse a designar las principales.

Principales faltas a la compostura

- Mirar fijamente a las personas, sobre todo si es una señora y habla un caballero;

- volver frecuentemente la cabeza a un lado y a otro durante la conversación;

- balancearse sobre su silla, inclinarse hacia adelante;

- bajar los brazos sobre las rodillas, ceñir una de ellas con las manos;

- cruzar las piernas;

- avanzar los pies sobre los morillos;

- mirarse con complacencia en un espejo;

- arreglarse con pretensiones de afectada elegancia la corbata, cabellera o vestido;

- estar sin guantes;

- plegar minuciosamente su chal en vez de colocarle con una graciosa negligencia sobre un mueble;

- inquietarse demasiado sobre un sombrero que se acaba de dejar;

- reír descompasadamente;

- avanzar la mano hacia su interlocutor; agarrarle por los botones del cuello de su levita, la manga o la cintura, etcétera;

-  agarrar a las señoras por el talle o tocarlas la rodilla;

- jugar con los ojos levantándolos al cielo con afectación;

- jugar con los adornos de su reloj, con la cadena o el abanico;

- llevar el compás con los pies y las manos;

- jugar con una silla, tocar con sus pies los del vecino, acariciarse el rostro;

- frotarse continuamente las manos;

- guiñar el ojo;

- levantar los hombros;

- herir el suelo con el pie.

Todos esos malos hábitos, se encuentran con harta frecuencia en sociedad rebajando sobremanera a las personas que tienen la desgracia de incurrir en ellos.

La postura es expresiva como el acento y aún más acaso, pues que es más continua; revela al observador todos los matices del carácter de una persona y por lo mismo debe evitarse hacer de este modo su confesión general por medio de arrumacos. Un exterior que anuncia pretensiones, un aire burlón, movimientos bruscos, un continente presuntuoso, signos impertinentes y protectores, sonrisas afectadas, gestos de bufón, colocarse en su asiento de una manera abandonada y voluptuosa son otros tantos defectos que tenemos que denunciar.

Las señoritas, los jóvenes, las personas poco habituadas al mundo deben estar en guardia sobre la excesiva timidez pues no solamente paraliza sus medios, y los hace torpes, sino que les da un aire casi de tontos, y aún les puede hacer acusar de orgullosos por las personas que no saben que el embarazo toma frecuentemente las formas del desdén.

Cuántas veces las personas tímidas no saludan, responden bajo, o mal y omiten mil pequeños deberes de sociedad, faltando a mil amables atenciones por exceso de cortedad. Estas atenciones y deberes que ellos cumplen mentalmente y cuya omisión les coloca en mala situación. Un conveniente aplomo siempre que no degenere en confianza y aún menos en audacia o familiaridad, es una de las cualidades más recomendables en sociedad. Para llegar a adquirir esta seguridad es preciso observar el tono y maneras de las personas cultas y amables, tomarlas por guía y bajo su dirección hacer continuos esfuerzos para vencer la timidez.

La conveniencia de una decente y elegante postura, es indispensable sobre todo a las mujeres. A esta exterioridad deben el que en un paseo, un baile o reunión, las personas que no pueden hablarlos juzguen de su mérito y educación. Cuantas personas se apartan en un baile y se sonrien de compasión al aspecto de una bella que mimosa y empaquetada, plegados los brazos con afectación, parece enamorada de sí propia y como que invita a los demás a admirarla. Quien se decide a entablar conversación con una señorita inmóvil y compasada, alargando su figura, apretando los labios y llevando hacia atrás sus codos clavados a los lados.

El paso de una señora no debe ser ni muy vivo ni muy lento; el más fácil y mas cómodo es el que fatiga menos y agrada más. El cuerpo y la cabeza. deben llevarse rectos sin afectación y sin orgullo; los movimientos, sobre todo los de los brazos, cómodos y naturales. La mirada debe ser dulce y modesta.

No es de buen tono que una mujer hable con demasiada vivacidad ni muy alto; cuando está sentada no debe cruzar las piernas ni tomar una actitud demasiado ordinaria. Debe ocupar casi todo su asiento y no aparecer ni demasiado bulliciosa ni muy inmóvil. Está fuera de lugar que ensanche su vestido alrededor del asiento como hacen las provincianas o lugareñas para evitar no forme pliegues el vestido. Mas lo que es insoportable en el bello sexo es tener un aire inquieto, atrevido e imperioso, pues es una cosa contra la naturaleza y en ningún caso es permitido.

Cuando una mujer tiene disgustos debe ocultarlos a la sociedad; cualquiera que sea su mérito no debe nunca olvidar que aún cuando tenga la superioridad de un espíritu varonil y su fuerza de voluntad, exteriormente debe ser mujer; debe de representar ese ser débil nacido para agradar y amar, y buscar un apoyo; este ser diferente del hombre que cuando brilla con la aureola de la virtud se asemeja al ángel. Debe mostrar en todo su exterior un aspecto afectuoso, casi tímido, y una tierna solicitud para con aquellos que están a su alrededor. Su fisonomía debe respirar la benevolencia , la dulzura y la satisfacción; el abatimiento, el disgusto y mal humor deben estar muy lejos de su semblante.

Antes de abandonar una tan fecunda materia presentaremos a nuestros lectores dos modelos de mal continente. El uno (elegante) la cabeza ensortijada, el aire afectado, las piernas estiradas, temeroso de desarreglar la simetría de su corbata, de arrugar su pantalón, el cuello o las mangas de su frac; el otro un personaje tosco, los pies apoyados sobre los travesaños de la silla, las manos apoyadas sobre las rodillas, los hombros hundidos y la boca medio abierta. Entre estas dos caricaturas aun hay muchos matices más, cuya apreciación abandonamos a la sagacidad del lector. Vamos ahora a tratar de las instrucciones relativas a la conversación , y atendida su importancia creemos conveniente dividir esta materia en dos partes, una relativa a las exigencias materiales de la misma y la otra relativa a la parte moral.

 

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