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Los manuales de buenas costumbres. V.

Los principios de la urbanidad en la ciudad de Mérida durante el siglo XIX.

 

Universidad Autónoma de Yucatán.
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Los manuales de buenas costumbres.

Teniendo ya un conocimiento de las primeras obligaciones a que el hombre se constituye desde que la razón empieza a desarrollarse en su mente, y a formarle parte de la sociedad, necesario es pasar a imponernos en aquellos usos y costumbres que prescribe una fina educación, sin la cual poco o nada valdría nuestro deseo de hacernos útiles en el mundo. (Pío del Castillo, Principios de urbanidad para el uso de la juventud arreglados a los progresos de la actual civilización, seguidas de una colección de máximas y fábulas en verso, Mérida, 1865, p. 9. Primera parte, cap. III, "Idea general de la cortesía". Las mismas impresiones pueden advertirse en "el trabajo", en Mosaico, 1850.).

El objetivo fue educar y enseñar los buenos principios morales desde abajo para formar futuros ciudadanos comprometidos con la nación. Por este motivo, desde septiembre de 1846 se prohibió el castigo de azotes en las escuelas públicas y privadas (Al respecto véase Philippe Ariès, El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen, México, Taurus, 2001, p. 349.). La educación se asumió como el principal impulsor del conocimiento y el progreso social (El Siglo Diez y Nueve, Mérida, 23 de mayo de 1851.). Al respecto decía Serapio Baqueiro:

Siendo la educación la base principal de todo, siendo ella la verdadera fuerza, al buscar el modo de surcar los mares, al estrechar el tiempo y las distancias, la fuerza material tiene que tomar su origen de la fuerza moral o de la inteligencia, en última palabra, de la educación. La fuerza material sin ella, podrá ser materia, pero de ninguna manera fuerza. Sólo la civilización es vida. (Serapio Baqueiro, Ensayo histórico sobre las revoluciones de Yucatán desde el año de 1840 hasta 1864, Mérida, Universidad Autónoma de Yucatán, 1990, tomo I, pp. 59-60.).

Las nociones de educación implicaban el respeto y los buenos comportamientos que revelaran la imagen de modernidad. Los reglamentos de policía, bandos, actas de cabildo y decretos son instrumentos documentales valiosos para comprender las medidas abrazadas en beneficio de la sociedad. Los reglamentos de policía son un llamado reiterado a los jóvenes para la capacitación de un ofcio. Los padres tenían la obligación primaria de heredar a sus hijos medios honestos de vivir que podían conseguirse mediante sus enseñanzas o las de algún maestro en determinado oficio. Esto significaba que la responsabilidad de los padres no sólo consistía en la crianza de los hijos sino en su preparación y en su formación en la vida productiva.

Lo perjudicial e inútil que es al público el que los muchachos se crien sin inclinación a algun ejercicio honesto, habiendo cumplido diez años, y conocida la apatía de sus padres, tutores y personas a cuyo cargo esté el procurárselos, se entregarán a un maestro de algún arte útil para que se lo enseñen y eduquen.

(...) los padres de familia celarán escrupulosamente la conducta de sus hijos o pupilos, obligándoles a tener algún oficio u ocupacion útil y honesta en la edad en que ya debe considerárseles instruidos en los rudimentos de la educación primaria. (Reglamento de policía, ornato y buen gobierno de la ciudad de Valladolid, Caihy, Impresos hojas sueltas, s/clasif., 1870.).

La educación constituía, pues, una herramienta insustituible y necesaria. Una de las acciones más importantes del liberalismo mexicano fue la ruptura con la educación de carácter religioso, toda vez que las burguesías europeas clamaban que esta medida definía el verdadero papel social del Estado en su oposición a un sistema considerado hermético, contrario al progreso, a las ciencias e inamovible. La aplicación de las leyes de Lerdo, a mediados del siglo XIX, tiene este mérito. (El anticlericalismo desarrollado en México a partir de la segunda mitad del siglo XIX es una pieza fundamental del liberalismo. En los países católicos de la Europa decimonónica ocurría un fenómeno semejante. Gabriel Motzkin, "Secularización, burgueses e intelectuales en Francia y Alemania durante el siglo XIX", en Historia de la vida privada. De la Revolución Francesa a la Primera Guerra Mundial, Madrid, Taurus, 2000, tomo 4, pag. 205.).

Sin embargo, la oferta educativa se limitaba a ciertos círculos. La apertura de la educación fue una obra que, a diferencia de las administraciones pasadas, se impulsó durante el Segundo Imperio. La educación adquirió el estatus de obligatoria. El Estado asumió el papel rector de las conductas y formador de conciencias. (Cfr. "la educación moral", en La Ley de Amor, Mérida, 1 de enero de 1876; Nora Pérez-Rayón Elizundia, México 1900. Percepciones y valores en la gran prensa capitalina, México, uam/ Miguel Ángel Porrúa, 2001, pp. 211-212.).

El ciudadano constituyó el eje de un modelo moral que imponía la obediencia como contribución al bien común. (Guerra, México: del Antiguo, 1988, tomo I, p. 395; Escalante Gonzalbo, Ciudadanos, 1998, p. 190; Pérez-Rayón Elizundia, México 1900, 2001, p. 278.). En este sentido, la educación, al margen de su antiguo carácter elitista, destinada a la preparación del individuo, adquirió en el estatuto del bien común un papel decisivo. Así, el decreto del 2 de mayo de 1870 estableció la incorporación de la moral y la urbanidad en la enseñanza primaria. (La Razón del Pueblo, 4 de enero de 1871.).

Las autoridades se involucraron directamente en la educación para proyectar la idea de progreso: "Los niños en la escuela son como las abejas en la colmena: trabajan y construyen día a día el edificio de la felicidad de cada uno (...) Del niño al hombre no hay más que un paso, una simple transformación". ("Los niños en la escuela", en La Razón del Pueblo, Mérida, 26 de enero de 1874. Véase también "La educación del pueblo", en La Revista de Mérida, Mérida, 15 de agosto de 1875.). La educación se vio favorecida con nuevos modelos educativos y legislativos que trataban de implementar mejoras en el sistema. La Reforma fue una importante medida que escindió a la Iglesia de su antiguo carácter educador y el Estado adquirió esta responsabilidad. Puede decirse que la base del sistema moral decimonónico radicó en la instrucción de la población por medio de las leyes, de la educación, de los manuales de buenas costumbres y, más tarde, de la prensa. El conjunto de normas, virtudes y convicciones morales fue utilizado para justificar el discurso progresista diseñado para la sociedad de las primeras décadas del siglo XIX. En éste se hacía hincapié de la necesidad de un derecho con leyes inteligentes para sistematizar y optimizar los valores del orden jurídico, con fuertes matices en los renglones morales y el comportamiento cotidiano. Los espacios de expresión y las formas de divulgar este discurso, debido al alto índice de analfabetismo y a la distancia social que existía entre los grupos sociales, sólo incorporó a la élite urbana.

La moral social: los manuales de urbanidad.

La moral social definía al hombre, como miembro de la sociedad, en una compleja red de relaciones sociales realzadas con la conciencia de que las buenas costumbres y el trabajo contribuirían al desarrollo social. La disputa de la moral social se manifiesta contra el desorden colectivo pues en la razón de éste se procuran alterar las bases esenciales de la vida en sociedad. La existencia de un lazo colectivo moral es una señal de que el funcionamiento colectivo es posible gracias a la interacción de los individuos, sin conflictos y ajustados a un modelo donde la experiencia común constituye el motor que favorece el progreso. El ciudadano decimonónico nació con un sistema de valores morales, donde era preciso un correcto comportamiento, exhibir los principios de la civilidad y ajustarse a los principios éticos del trabajo. La buena conducta, ser y parecerlo, gradualmente se apuntaló con nuevas normatividades.

Esta moralidad social procuró la edificación de una nueva configuración moral, destinando una parte significativa de sus esfuerzos en definir los fundamentos de los comportamiento estimados correctos en el campo social que generarían una plataforma funcional necesaria en el camino hacia la modernización. Con esta práctica, por supuesto, al incursionar en el ámbito moral-social, en el orden privado, se consideraba que el fortalecimiento de la sociedad sólo podía ser plausible cuando el hombre cultivara una serie de valores éticos y de principios de comportamiento de acuerdo a los ideales de una sociedad adherida a la impronta del progreso. La élite meridiana, en la búsqueda de los ideales de la modernidad europea, casi de inmediato, incorporó en su actividad cotidiana la lectura de obras de esta naturaleza. Las prácticas de la sociedad europea se convirtieron en el paradigma de las ansias sociales y, por este motivo, la aceptación de este discurso tuvo efectos positivos.

 

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