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Los novios no lloran. Entrevista a Gerardo Correas.

¿Está de acuerdo en que la boda del Príncipe fue muy protocolaria?

 

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He visto muchas bodas donde los novios no lloran.

«Lo de Méndez y Fidalgo quedó tan raro como si acudieran a una reunión sindical con esmoquin».

Vicepresidente de la Escuela Internacional de Protocolo de España, Gerardo Correas ha asesorado a la Familia Real en casos puntuales y sabe que a sus integrantes les gusta combinar la naturalidad con un exquisito cuidado de la etiqueta. «Hay que estar atentos a la simbología, porque los Reyes saben comunicar, a través de gestos, como nadie», advierte el experto.

¿Está de acuerdo en que la boda del Príncipe fue muy protocolaria?

- Excepcionalmente protocolaria, en el sentido de la utilización muy profesional del protocolo. Todos los gestos estaban absolutamente medidos.

¿Por ejemplo?

- Si yo pretendo que se hable de unos príncipes del siglo XXI, universitarios, profesionales y preparados, organizo un acto en el que el 'glamour' y la lágrima se vean lo menos posible. El protocolo es pura comunicación y lo que al final importa es la imagen que se lanza. En este caso, el mensaje era: 'Me caso por amor, daré continuidad a la dinastía y ella me ayudará a ser rey'.

¿Cuando uno se casa por amor se emociona más?

- Yo he visto cantidad de bodas en las que los novios no han llorado. Había un grave riesgo de que se convirtiesen en marionetas de la prensa del corazón. Y creo que nos han sorprendido a todos con una seriedad profesional impresionante.

¿Por esa razón no se besaron en los labios?

- Cada uno es como es y el Príncipe es un hombre sobrio. Aunque quizá hayan estado un poco obsesionados con el tema de dar la imagen adecuada. Pero hay que entender la simbología. Por ejemplo, la noche anterior fue la primera vez que el Rey le cedía su sitio a alguien. Dejó el protagonismo a la pareja, y él se fue a la mesa de la madre de doña Letizia. La Reina se sentó en la mesa del padre de la novia, siempre intentando buscar el mayor equilibrio posible.

Una forma de fundirse con la ciudadanía...

- Exactamente.

Lo mismo que el viaje de novios.

- El viaje de novios es una campaña electoral (Risas). En serio, es una forma de meterse en los hogares de toda España.

La Princesa ya no parece tan comunicativa como en sus tiempos de periodista.

- Cualquiera en su lugar trataría de buscar el equilibrio entre ser uno mismo y, a la vez, comportarse correctamente. Además, Letizia ya no es periodista. Ahora es la Princesa de Asturias y acabará encontrando ese punto entre la naturalidad y la corrección. Yo creo que no lo está haciendo nada mal.

¿Es protocolario abandonar un banquete de boda a la carrera?

- Es una descortesía. Pero no fue tan a la carrera. Hubo besamanos, los Reyes salieron a despedir a los siete u ocho que se marcharon temprano. Hay que comprender que, seguramente, tenían compromisos ineludibles.

¿Como Ernesto de Hannover?

- No. Eso no es de recibo.

¿Podrían no haberle invitado?

- No, porque son familia. Él es primo de la Reina. La lista de esta boda era complicadísima. Y ha resultado ser muy institucional y, a la vez, muy equilibrada. Ha habido una presencia cultural muy importante; innumerables escritores.

¿La nueva corte?

- (Risas) Puede ser. Pero no creo que sea momento de tener corte. El Rey no la ha tenido.

¿Los abrazos de Letizia a sus abuelas durante el besamanos de la cena fueron demasiado efusivos?

- Al contrario; yo creo que estuvieron muy bien. En la Escuela de Protocolo siempre decimos que mucho cuidado con los libros de saber estar, ojo con la excesiva rigidez.

La Reina no abraza así en público.

- Ahora quizá no. Pero, en su boda, se le olvidó pedir la venia a su padre e incluso se echó a llorar desconsoladamente. Todo se aprende.

¿Hubiera sido mejor que la reina Beatriz se ausentara del todo, antes que aparecer sólo en la cena?

- Yo creo que no. Si alguien no puede venir a mi boda el día 10, pero viene el día 9 a la fiesta previa, yo, encantado. Al final, ha hecho el esfuerzo de acudir.

Lucir un paraguas.

Esa noche, la infanta Cristina y su esposo sujetaban ellos mismos el paraguas.

- Eso demuestra su extraordinaria naturalidad. Seguro que lo hicieron porque así se sentían más cómodos. Del mismo modo, ese paseo que se dio el príncipe Carlos por la plaza de la Armería con el paraguas fue decir: 'que aprenda todo el mundo cómo un inglés coge un paraguas'.

¿Su chaqué gris es correcto?

- Sí, es una prenda perfectamente establecida y muy admitida.

¿Y los trajes de Cándido Méndez y José María Fidalgo?

- Totalmente fuera de etiqueta. No tiene sentido. Es igual que si aparecen en un congreso de la UGT con esmoquin. El 'arreglado pero informal' en una boda real no funciona.

¿Se refiere a la falda larga de Rania de Jordania?

- Es verdad que el protocolo establece que la única que ese día puede ir de largo, aparte de la novia, es la madrina. Pero también hay que entender que Rania pertenece a otra cultura y se debe a otras tradiciones. Además, ella estaba tan hermosa que casi se la disculpa.

Quizá lo peor fue que en el banquete no funcionara bien la megafonía...

- Fue un fallo serio, sí. Pero a veces casi hasta apetece, porque son anécdotas que luego dan que hablar. «El viaje de novios de los Príncipes es una campaña electoral».

«Los abrazos a las abuelas estuvieron bien, hay que huir de la rigidez».

 

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