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El Muy Discreto, Muy Eficaz y Muy Querido Señor de Galmés.

Se nos jubila alguien muy importante para la ciudad y los periodistas.

 

El Periódico.
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Francesc Galmés, jefe de protocolo del Ayuntamiento de Barcelona, también lo fue de la diputación.

Se nos jubila alguien muy importante para la ciudad y los periodistas. Porque Francesc Galmés, jefe de protocolo del Ayuntamiento de Barcelona, es la discreción eficaz y la mirada que siempre te anuncia lo que va a suceder. Francesc Galmés tiene cara de noble veneciano pintado por Girolamo Romano. Muy pocos han sabido estar siempre en su sitio mejor que él. Algunos, ahora, tendremos que comprarnos una brújula o aprender a guiarnos con las estrellas.

Lo mejor del Saló de Cent, que nos cuenta cómo era el Año del Señor de 1375 en nuestra ciudad, no son sus arcos de diafragma de medio punto con envigado de madera ni sus guiños góticos, sino la mirada grande, profunda, veneciana de Francesc Galmés, jefe de protocolo del Ayuntamiento de Barcelona, a quien desde ahora voy a llamar aquí el Señor de Galmés. El Saló de Cent es el Señor de Galmés. Y no se hable más del asunto.

Si a Francesc Galmés lo llamo el Señor de Galmés es porque yo siempre lo he visto así: eficaz, discreto, atento, cercano, humano, rápido y siempre en su puesto, que es estar en todas partes sin que se note. Porque a ver si nos enteramos de una vez: el protocolo no tiene nada que ver ni con aquellas antiguas damas de compañía ni con los acomodadores de cine o teatro.

La forma y el fondo.

La misión, el oficio, el métier del Señor de Galmés, cuyo lema siempre ha sido Respeto por el contrario, ha consistido en pensar la mise en scène de los diferentes actos oficiales. Y si escribo métier y mise en scène, es decir, puesta en escena, es porque para referirnos a determinadas cosas hemos de seguir utilizando el francés. Quede, pues, muy claro que la llamada prelación de autoridades representa solo el 5% de su métier y la última fase del mismo. Y nunca más le pregunten al Señor de Galmés si es más importante el fondo que la forma porque les responderá que las dos cosas son igual de importantes.

El Señor de Galmés es mallorquín por parte de padre y Díaz-Plaja por parte de madre, que es apellido de literatos, académicos y tramontana. Y si a eso se le añade que llevó el protocolo de Juan Antonio Samaranch cuando este mandaba en la Diputación de Barcelona, está dicho todo. O no. Porque quien lo descubrió fue Jacinto Ballester, que después de hablar solo cinco minutos con él le dijo: "Acompañe ahora mismo al presidente". Y aquel gran gordo acertó. Pregúntenles, si pueden, si el protocolo se lo permite, al emperador de Japón y a la reina de Inglaterra. O al expresidente Mijail Gorbachov, que también supo de su buen hacer profesional.

La mirada de este hombre imprescindible, que todos los periodistas conocen porque siempre les avisa a tiempo, es veneciana, pero contada por Shakespeare. Es mirada de Dux, una de aquellas miradas que sabían navegar y apaciguar a nobles, comerciantes, piratas, aventureros y reyes moros en los tiempos de las espadas, las especias y las dagas. Solo alguien inteligente sabe lo que sabe el Señor de Galmés: que también se gobierna con las formas. Cosa que siempre tuvo muy clara el expresidente Josep Tarradellas y por eso lo primero que hizo después de salir al balcón y decirnos que ya estaba aquí fue acercarse al Señor de Galmés y preguntarle: "¿Y usted quién es?" Al responderle que era el del protocolo, le cambió la cara y dijo: "Mañana nos veremos. Lo que quiero decir es que usted, ustedes, los del protocolo, cada día en mi despacho a primera hora, a las nueve". Tarradellas supo suplir con protocolo sus pocas competencias iniciales.

También Pasqual Maragall, recién llegado a la alcaldía, le preguntó al Señor de Galmés qué pensaba hacer y nuestro hombre le respondió: "La perestroika del protocolo". Y se lo ganó, claro. Hay una historia de zapatos que quizá explique por qué el Señor de Galmés dice que Maragall es el político que más le ha hecho sufrir y también disfrutar. Y esa historia comienza una mañana en que partían hacia la Expo de Sevilla y el alcalde amaneció con un zapato de cada color. Se ve que al meter la mano en el armario para sacar los zapatos no quiso encender la luz, no quería despertar a su esposa. Fueron, pues, los zapatos del Señor de Galmés, de cuero bueno, como los que usaba George Bush padre, los que sacaron del apuro al alcalde. Y quien pagó las dolorosas estrecheces fue uno de los colaboradores del Señor de Galmés, que tuvo que sufrir durante un buen rato los zapatos del alcalde Maragall, que calzaba dos números menos. La marca de aquellos zapatos que calzaba el Señor de Galmés es Allen Edmonds.

El gran Pertini.

El Palacete Albéniz fue testigo del pavor que le entró al presidente de la República Italiana, Sandro Pertini, cuando intentaron sin éxito que cenara en el mismo. Guiñándole su mejor ojo italiano al Señor de Galmés preguntó a los presentes por la Barceloneta. Pertini sabía mejor que muchos de aquellos barceloneses oficiales, hijos de Sant Gervasi, que la Barceloneta anterior a los Juegos Olímpicos se parecía bastante al barrio romano del Trastevere. Todo en Pertini era singular. Hasta aquella huida que protagonizó en plena noche. Salió nuestro hombre disparado de cierta recepción mientras los de seguridad intentaban detenerlo: "Senatore, alla macchina, alla macchina". Pero el senatore, siempre disparado, no quería saber nada de la macchina, del coche oficial.

El Señor de Galmés sabe que Tarradellas intentó que Adolfo Suárez no dimitiera. Y que los guantes de la reina Isabel II fueron una obsesión en el yate Britannia. Y que el presidente Mitterrand viajaba siempre con un caballero cuya misión era servirle cada cierto tiempo agua de un discreto termo. El Señor de Galmés ha conocido a muchos personajes. Solo uno se le ha resistido por razones cronológicas: Vatel, el cocinero que organizaba los banquetes de Luis XIV.

El peor momento profesional del Señor de Galmés lo vivió en aquel horror del cámping de Los Alfaques. Y uno de los mejores fue el que disfrutó en Lausana, el día en que Barcelona fue designada sede olímpica. El Señor de Galmés nunca ha sido solo el jefe de protocolo del señor alcalde. Siempre ha sabido ser el jefe de protocolo del Ayuntamiento de Barcelona. Gracias, amigo Francesc.

 

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