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Los buenos modales. Venezuela.

Una de las primeras pruebas por las que pasa la buena educación, es la de la entrada al ascensor.

 

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Los buenos modales.

Algo que resulta increíble: los buenos modales pasaron de moda, casi están en agonía. Muy cierto, en estos tiempos que corren cuesta ver a alguien que haga uso de los buenos modales en la calle, de visita o en la propia casa. Pareciera que el mundo globalizado no echa de menos las buenas maneras de conducirse, por lo que la vida en comunidad de la actualidad se desarrolla en medio de algunos gruñidos de aprobación y asentimientos de cabeza sin mirar a ningún lado.

Una de las primeras pruebas por las que pasa la buena educación, es la de la entrada al ascensor. Primero, porque casi siempre lo que se trata de pronunciar es un "buenos días" casi inaudible para el oído humano, incluidos los superdotados. Y en segundo lugar, dado lo ininteligible del saludo, los acompañantes sólo pronuncian una serie de ruidos que se asumen como respuesta al intento de cortesía inicial, asumiendo la premisa de que no entendieron lo que se dijo. Y la salida del ascensor se convierte en un ejercicio de tolerancia, más aún cuando el único en funcionamiento sirve a 30 pisos y algún patán pugna por entrar al mismo tiempo que nosotros salimos, apenas tocamos la planta baja.

Ya la salida a la calle es todo un reto, porque aquí la caballerosidad es tratada sin pizca de misericordia. Las puertas abiertas al paso de las damas, no son agradecidas y mucho menos ceden el paso. En los mostradores, 10 vendedores charlan alegremente mientras un cliente espera ser atendido. Nadie pide permiso, ni se disculpa por tropezar y todos pujan por adelantarse en las colas, sin importar la espera de los demás. Esto es típico en los bancos, donde luego de tres horas de espera para una transacción, llega el primer fresco pretendiendo obviar que hay 50 delante de él.

En el transporte público, la cuestión resulta horrenda. Empezando por chóferes y colectores, que no se paran en detalles para hacer explotar los oídos de los pasajeros en su ejercicio militante de descortesía sónica. Además de las malas maneras al exigir el pago del pasaje, resulta que la petición de pago se realiza casi arrebatando el billete y soltando un ladrido para excusar la presunta falta de sencillo para dar el vuelto. Y para mayor descortesía, limitan los espacios para respirar al congestionar la unidad hasta el límite de las leyes de compresión de la materia.

Tampoco la urbanidad maneja y se ve sometida a los más desproporcionados vejámenes en su contra. Siempre, cuando estemos de primeros esperando el cambio de luz de roja a verde, alguien detrás de nosotros se pegará de la corneta creyendo que con eso nos obliga a que nos comamos la luz. Lo peor es que luego del cambio, nos pasará veloz por el lado gritándonos un insulto. Ni se diga de los motorizados que encuentran un raro placer en llevarse por el medio los retrovisores que encuentran a su paso, cuando no se trata de rayar las puertas de los carros en medio de sus piruetas desesperadas para evitar las colas.

 

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