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Lo que la cortesía permite o no, respecto del disputar, interrumpir y responder.

Hay que tomar buen cuidado, estando en compañía, de no oponerse a las opiniones de los demás.

 

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San Pablo advierte a su discípulo Timoteo que no se detenga en disputas de palabras; nada asimismo es más contrario a las reglas de la cortesía: se debe, con este fin, según el parecer del mismo Apóstol, rechazar todas las cuestiones tontas e inútiles, pues no ocasionan más que disputas.

En efecto, si se quiere impedir algo, hay que quitar las ocasiones; y la razón que da San Pablo es que el siervo de Dios no debe altercar.

Por consiguiente, hay que tomar buen cuidado, estando en compañía, de no oponerse a las opiniones de los demás, y de no proponer nada que sea capaz de encender disputas y altercados; pero si los otros sacan alguna cosa que no sea verdadera, se puede proponer sencillamente el propio parecer con tanta deferencia, que los que piensan lo contrario no se molesten por ello.

Si alguien contradice nuestra opinión, debemos manifestar que la sometemos con gusto a la suya, a menos que la suya sea claramente contraria a las máximas cristianas y a las reglas del Evangelio, pues en tal caso estaría obligado a defender lo que se ha dicho, pero debe hacerse de modo tan moderado y respetuoso, que la persona a la que se contradice, lejos de ofenderse, escuche de buen grado nuestras razones y las acepte, a menos de ser totalmente terca y sin razón; puesto que la palabra suave, según el parecer del Sabio, atrae muchos amigos y aplaca a los enemigos.

Si se encuentra uno con una persona que adopta fácilmente el parecer contrario, la cortesía pide que no se dé con facilidad el parecer propio; pues, como dice el Sabio, la presteza en disputar enciende el fuego de la cólera; y como los grandes charlatanes están más inclinados a mantener obstinadamente sus opiniones, según el mismo Sabio, no se ha de disputar con un charlatán, para no añadir leña a su fuego. Se debe, sobre todo, tener cuidado, como aconseja todavía, de no contradecir en modo alguno la verdad. Por esto, si uno no está bien instruido en alguna cosa, ha de tomar siempre la resolución de callar y escuchar a los demás.

Cuando se está en una reunión en la que se discute, como se hace ordinariamente en las escuelas, se debe escuchar con atención lo que dicen los demás; y si le piden a uno o le incitan a hablar, se puede entonces dar su parecer sobre la cuestión objeto de la discusión; si con todo no se le escucha, no se debe tener vergüenza de excusarse de hablar.

Si se cree que la opinión que se ha expuesto es verdadera, se debe mantener, pero es preciso que sea con tal moderación, que aquel con quien se discute ceda sin dificultad. Si las razones alegadas por los demás muestran que se está en el error, no hay que obstinarse en defender una mala causa; más bien debe uno condenarse de buen grado a sí mismo el primero: es el medio de salir con honor.

Cuando se está discutiendo de este modo, no se debe querer ganar; basta con proponer su parecer y apoyarlo con buenas razones; y se debe tener esta condescendencia con los demás, de seguir su parecer cuando son más numerosos.

No se debe contradecir a nadie, a menos que se trate de alguien que está muy por debajo de uno, que diga cosas fuera de propósito y que esté uno obligado, a causa de las consecuencias, a decir lo contrario de lo que él ha expuesto; además, se debería hacer con tanta suavidad y educación, que el que es corregido se vea como forzado a no tener más que agradecimiento.

Es muy descortés interrumpir a una persona que habla, pidiendo por ejemplo: ¿Quién es aquél? ¿Quién dice o hace esto? Esta interrupción es mucho más grosera cuando el que habla utiliza medias palabras.

Es también una descortesía muy molesta, cuando alguien cuenta algo, interrumpirlo para decirlo mejor que él; y no lo es menos, cuando alguien ha comenzado a relatar una historia, decir que se sabe bien lo que quiere decir; y, si no lo cuenta bien, es burlarse de él y darle ocasión de sentirse ofendido, sonreír para manifestar que lo que dice no es así; pero es más vergonzoso decir: Apuesto a que no es así. Este modo de hablar es enteramente grosero y descortés, y no puede darse más que en una persona mal educada.

Si sucede, en la conversación, que alguien se equivoca al hablar, no está permitido a nadie manifestarlo; como si, por ejemplo, confundiese a un hombre con otro, o a una ciudad con otra, hay que esperar que el que habla vuelva él mismo, o dé ocasión de hablar sobre el asunto; se debe entonces corregir el error sin afectación, por miedo a causarle pena.

Si, sin embargo, se tratase de un hecho que debe uno esclarecer por el interés de alguien, se puede decir lo que hay sobre ello, con tal de que se haga siempre de manera conveniente y con mucha circunspección.

Se debe estar muy atento a lo que dice la persona que nos habla, para no ocasionarle la molestia de repetir dos veces lo mismo; pues sería gran descortesía decir, por ejemplo: ¿Qué dice usted, señor?, no le he entendido; u otra cosa parecida.

Cuando alguien, al hablar, tiene dificultad en encontrar sus palabras y titubea, es enteramente contrario al respeto y al recato sugerirle, o añadir las palabras que no dice bien; se debe esperar a que lo pida.

No debe meterse uno a reprender a nadie, a menos que se esté obligado a ello, o que se trate de algo importante.

Es una gran falta erigirse en crítico y censor público: se debe juzgar bien a todo el mundo y no preocuparse de las acciones de los demás, a menos que esté uno encargado de su dirección y se esté obligado a instruirlos y a conducirlos al bien.

Sin embargo, cuando se es advertido o reprendido por alguien, es cortés recibirlo bien y manifestar mucho agradecimiento por ello; cuanto más se agradece, más cristiano y más estimado será uno.

Si sucede que uno injuria a alguien, es propio de hombre cuerdo no apenarse por ello; lejos de querer defenderse, no se debe responder nada. Es señal de un espíritu bajo y cobarde no soportar una injuria; es deber de un alma cristiana no manifestar ningún resentimiento por ello y no tener efectivamente ninguno. Este es el consejo que nos da el Sabio: olvidar todas las injurias que recibimos del prójimo. Jesucristo quiere que, no solamente se perdone a los enemigos, sino que además se les haga el bien, fuere cual fuere el daño o el disgusto que se hubiere recibido de ellos. Si alguien quiere tomar nuestra defensa, se le debe manifestar que no está en manera alguna ofendido.

 

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