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El vestuario académico y su evolución. Etiqueta universitaria. Ceremonial académico II

El birrete universitario ha ido evolucionando con el transcurso de los siglos, según es posible observar en algunos textos y representaciones pictóricas

 

Protocolo universitario. Ceremonial académico. La Universidad, institución universal
Protocolo Universitario. Protocolo universitario. Ceremonial académico. La Universidad, institución universal

Etiqueta universitaria. El vestuario académico y la universidad

Universitatis Splendore. Los colores y su significado en el ámbito universitario

Cuando en 1967 se regularon las normas sobre la indumentaria académica de las Escuelas Técnicas Superiores de Arquitectura e Ingeniería se estableció que la muceta "Tendrá la forma tradicional, pero no será doble, carecerá de la antigua capucha o embudo portatítulos y será abierta por delante (con botonadura figurada del mismo color de la muceta) unida a la toga mediante botones no vistos en la parte superior. Será confeccionada en raso de seda...". Con esta disposición se simplificó tan significativa prenda de la vestimenta universitaria pero al mismo tiempo se quiso imprimir a estos centros docentes el prestigio de unos ropajes históricos y dotarlos del mismo ceremonial de centenaria tradición.

Acaso la pieza más relevante de la indumentaria académica sea el birrete, por el simbolismo que se le ha atribuido y la destacada presencia que tiene en el rito de investidura del grado de doctor o en las solemnidades que se celebran, cuando se otorga el doctorado honoris causa.

Es sabido que en cualquier vestimenta y atavío de gala siempre ha existido una consideración especial en torno a la prenda que cubre la cabeza, que va mucho más allá de razones prácticas, funcionales o de seguridad. Su tratamiento ornamental, a veces de gran lujo, ha servido para jerarquizar e indicar el rango o actividad del personaje, hasta el punto que los escudos heráldicos aparecen timbrados por piezas de este tipo.

La culminación de semejante boato la ostentan precisamente los cascos o cimeras, mitras, capelos, tiaras y coronas, de cuyo simbolismo no se puede dudar. El birrete universitario ha ido evolucionando con el transcurso de los siglos, según es posible observar en algunos textos y representaciones pictóricas. El primero de los decretos de 1850 ya especificaba que "La gorra será también igual a la que usan los abogados, de seis lados y seis ángulos." (artículo 2) y añadía que "La borla del birrete será de torzal de seda... de una tercia de largo y suelta." (artículo 4).

En esos años, en los que se fijaban las características del atuendo académico, se introdujeron cambios en la configuración del birrete y en 1859, en el Reglamento de las Universidades que desarrollaba la conocida Ley Moyano de 1857, se estableció que la borla del bonete de los doctores será "de seda que lo cubra enteramente, del mismo color que la muceta" (artículo 224), reservándose como siempre el negro para el del rector. Aún habrían de surgir cambios en algunos detalles del birrete y de su borla en la legislación del siglo XX, según las disposiciones fechadas en enero de 1931, julio de 1944 y noviembre de 1967.

A través de estas normas se determina la forma octogonal del birrete de doctor (el de seis lados queda para los licenciados), forrado en seda negra, rematado por borla compacta en la parte superior, flecos largos cayendo desde las aristas del octógono sobre las ocho caras laterales y con un cordón de seda entre la base de la borla y el origen de los flecos. La prosa legal y el cuidado puesto en la configuración del birrete patentizan la superior significación que dicha prenda académica posee y la distinción que otorga a quien la porta sobre su cabeza, lo que aparece explícitamente en las fórmulas rituales utilizadas. Por ejemplo, cuando en la festividad de Santo Tomás de Aquino la Universidad de Murcia efectúa la investidura de doctores, el rector pronuncia las siguientes palabras:

"Recibe el birrete laureado, antiquísimo y venerado distintivo del magisterio. Llévalo sobre tu cabeza como la corona de tus estudios y merecimientos". No parece que sean necesarios más comentarios en cuanto a su significado y, sobre todo, a la facultad de enseñar que recibe quien ha superado el más alto grado académico en su largo aprendizaje, a través del camino del saber y de la ciencia. Incluso, las referencias a la cultura clásica y a toda una tradición que hunde sus raíces en la historia europea se hacen evidentes en la fórmula empleada en la ceremonia de investidura de doctor "honoris causa": "Accipe capitis decorem apice..., quo non solum splendore ceteros praecellas, sed quo etiam tamquam Minervae casside ad certamen munitior sis."

Ese mismo ceremonial alude en otro momento a los honores, libertades, privilegios y exenciones de las que pueden gozar los doctores, consecuencia del reconocimiento que en su momento recibieron.

Cabe recordar que en las Cortes de Monzón (1553) se concedió el fuero de nobleza a los doctores, en una práctica similar que ya ocurría en otros reinos de España: "por razón de los grandes trabajos y gastos que han sostenido en poder obtener tal grado, y muchos se aficionan a tal profesión; por ende Su Alteza establece y ordena que el que fuere graduado de Doctor en Cánones o en Leyes en cualquier Universidad aprobada por los Reynos de Su Magestad, puedan ser promovidos, conforme a fuero, a Cavallero...".

De ahí que pueda entenderse en toda su extensión alegórica el sentido de las palabras por las que comienza un solemne acto académico -"Doctores, sentaos y cubríos"-, emanadas de la autoridad regia, como se comprobará a continuación. Cuando Felipe III , en una visita a la ciudad de Zaragoza en 1599, tuvo ocasión de presenciar una investidura de doctor, ordenó al rector y doctores no solo que se sentaran sino que se cubrieran con el birrete.

Con semejante actitud el rey otorgaba a los doctores el privilegio de estar cubiertos ante él, la misma prerrogativa que poseían los grandes de España. Por eso el ceremonial académico indica que los doctores han de permanecer cubiertos durante el desarrollo del acto, excepto en los momentos de juramento o del canto del Gaudeamus. Una vez que se ha hecho mención de las prendas más significativas del traje académico conviene citar otros distintivos, también privativos de los doctores, como los guantes blancos y la medalla. En cuanto a los primeros, símbolos de la pureza y ecuanimidad en el trabajo y en la escritura, tuvieron la misma regulación que el resto de las piezas que ya se han aludido.

La medalla, sin embargo, constituye un distintivo especial como símbolo del servicio a la ciencia. Como tal fue creada en los decretos de 1850, cuando se fijó la medalla rectoral, de esmalte blanco sobre oro, con las armas reales en el anverso y un sol radiante, con la cabeza de Apolo, como dios de la luz y protector de las artes, circundado por la leyenda Perfundet omnia luce, en el reverso.

Años después, en 1893, una Real Orden de la Reina Regente María Cristina autorizaba "a los Doctores de todas las Facultades universitarias para el uso de una Medalla como distintivo especial, que será de oro, sin ningún esmalte", según el modelo preparado por la Academia de San Fernando. La venera doctoral, que aparece rematada por corona y orlada de palmas, ostenta en el anverso el escudo de España y en el reverso la leyenda Claustro extraordinario universitario.

La medalla pende de un cordón que será de hilo de seda del color de la Facultad para los doctores, seda con hilo de plata para los vicedecanos, seda con hilo de oro para los decanos, seda negra con hilo de plata para los vicerrectores y seda negra con hilo de oro para el rector. No obstante, se han establecido más variaciones en el diseño de la medalla, al introducir en algunos casos el escudo de la universidad en su anverso e, incluso, al modificar la leyenda del reverso.

En cuanto al uso de este distintivo existen ciertos reglamentos elaborados por algunas universidades regulando el uso, categoría y concesión de las medallas.

Ya se ha señalado el aspecto vistoso y rico del ritual académico y, posiblemente, semejante aparatosidad sea la consecuencia de una de las características más notables de la indumentaria universitaria. Se trata de la riqueza colorista que singulariza como ninguna otra el boato del traje y el sorprendente ceremonial que la tradición ha legado y cuidado en sus múltiples aspectos.

Es evidente que la variedad de colores, por su simbolismo, llegó a convertirse en un ingrediente fundamental de cualquier celebración festiva. Habría que remontarse nuevamente a las ceremonias religiosas o a otras manifestaciones similares, en las que la puesta en escena adquiere un tratamiento excepcional a través de unos colores elegidos en función del significado que se les ha conferido.

En este sentido el esplendor universitario adquiere su máxima dimensión por medio de los colores de mucetas, birretes y vuelillos. Según Darias Príncipe, "la adjudicación de colores como distintivo para los distintos estudios universitarios es tan antiguo como la misma universidad".

Es cuestión de contemplar algunas pinturas de los siglos XV al XVII con escenas de la vida académica para observar esta clasificación cromática. Esos colores tradicionales fueron recogidos en la normativa legal del siglo XIX tantas veces comentada. En el primero de los Decretos de 1850 se especificaba que "Los colores de las Facultades serán: Teología, blanco; Jurisprudencia, rojo; Medicina, amarillo; Farmacia, violado; Ciencias, verde; Letras, azul." (artículo 14).

En 1859 se modificó el color de ciencias que pasó a ser azul turquí. La evolución de los estudios universitarios con el incremento de titulaciones, la creación de nuevas facultades y de las universidades politécnicas obligaron a la elección de nuevos colores distintivos que fueron apareciendo en los Decretos del 7 de julio de 1944 y en las Órdenes de 30 de noviembre de 1967, a los que habría que añadir otras normativas ulteriores, algunas muy específicas o emanadas de disposiciones adoptadas por los mismos centros docentes.

Clasificación de los colores por Carreras

En la actualidad la clasificación cromática más generalizada sería:

  • Derecho, rojo.
  • Filosofía y Letras: Filosofía, Geografía e Historia, Filología y Ciencias de la Educación, azul celeste.
  • Ciencias: Física, Geología, Matemáticas, Química, Biología e Informática, azul turquí.
  • Medicina, amarillo oro.
  • Farmacia, morado.
  • Veterinaria, verde.
  • Ciencias Políticas, Sociología, Económicas y Empresariales, anaranjado.
  • Psicología, violeta.
  • Bellas Artes, blanco.
  • Ciencias de la Información, gris azulado.
  • Odontología, fucsia.
  • Ciencias de la Actividad Física y el Deporte, verde claro.
  • Escuelas Técnicas Superiores de Arquitectura e Ingeniería, marrón.
  • Escuela Universitaria de Enfermería, gris medio.

En unos casos se han mantenido los colores históricos, aunque convendría recordar que existe cierta confusión en cuanto a las nuevas titulaciones, donde debería atenderse sobre todo a la uniformidad para que la distinción cromática sirviera para subrayar los rasgos de identidad y su riqueza simbólica.

Como ha explicado Galino Nieto, "La función que cumplen los colores del traje académico es la de poner de manifiesto la especificidad de los estudios realizados, que se identifican a través de este distintivo y convierten el color en un concepto intelectual."

Esta diversidad colorista que afecta a algunas de las prendas más emblemáticas del traje académico, ya que condiciona por igual al birrete, cordón de la medalla, muceta y puñetas o vuelillos, es la que dentro del marco general de la indumentaria diferencia unos centros de otros dentro de la Universidad e identifica los diversos saberes y disciplinas, alcanzando su máxima expresión en la comitiva académica y en el Paraninfo.

Una indumentaria que, al reflejar las funciones internas del mundo académico, singulariza también la de su máxima jerarquía, con la presencia sobresaliente del color negro en todo su atuendo, a excepción del fondo de las puñetas en rosa y la medalla y su cordón, mas el bastón de mando.

Esa misma preeminencia se completa con el tratamiento que recibe, cuyo origen sigue siendo hoy por hoy desconocido. Se sabe que Alfonso X el Sabio en Las Partidas ya señalaba que "En la universidad pueden establecer de si mesmos un mayoral sobre todos a que llaman en latín rector que quier tanto decir como regidor del estudio...".

Por documentos antiguos se conoce que los rectores recibían el título de señoría, pero también cabe mencionar que existen otros textos del siglo XVIII en los que se añade a la denominación de rector el adjetivo de magnífico. No se puede olvidar, por su parte, que el tratamiento de "muy magnífico señor" era habitual desde el siglo XV para dirigirse a los reyes y a diferentes personalidades.

Claro es que estamos hablando de una época en la que la cuestión de los tratamientos no estaba de ninguna manera regulada, lo que no se efectuó hasta bien entrado el siglo XIX. No ha de extrañar que semejante denominación aparezca en muchas ocasiones como una designación laudatoria relacionada con personalidades de la nobleza, de la Iglesia y del ejército, hasta que en el siglo XVIII quedara casi exclusivamente reservada a la máxima jerarquía académica.

El hecho ofrece aún más trascendencia cuando se comprueba que los rectores de las universidades españolas y del mundo hispánico son los únicos que han mantenido el apelativo de magnífico, tanto en el ámbito docente occidental como en el marco más amplio de los tratamientos honoríficos. La normativa legal recogió esa tradición en un Real Decreto del Ministerio de Instrucción Pública, fechado el 10 de enero de 1931: "Los Rectores de las Universidades del Reino tendrán mientras desempeñen el cargo en propiedad, exclusivamente, tratamiento de Magnífico, como en lo antiguo y en las Universidades de otras naciones de Europa." (artículo 6).

Hay que recordar que semejante disposición coincidía con las obras de la ciudad universitaria madrileña, bajo la iniciativa de Alfonso XIII, como una de las realizaciones más significativas de su reinado.

La singularidad del tratamiento, que el legislador en esa ocasión atribuía exclusivamente a los rectores, nuevamente sancionaba una enraizada tradición y, lo que parece más importante, reconocía que "El tratamiento de Magnificencia se entenderá así propio y privativo de la Universidad...". Esto quiere decir que la institución académica en su totalidad y, por tanto, su máximo representante, se convierten en los depositarios del "magnificus" latino al brillar con luz propia en el camino de la ciencia y en la transmisión de saberes.

En 1943, a través de una nueva ley de ordenación universitaria, el Estado volvía a reconocer semejante distinción, ya que no se conformaba con el título de excelencia, instituido hacía bastante tiempo y utilizado por el rector de la Universidad Central desde 1845, sino que corroboraba una vez más que "El Rector tendrá los tratamientos de Magnífico y Excelentísimo...".

A través de los datos expuestos, que no agotan los numerosos matices del ceremonial académico y que requeriría una investigación mucho más rigurosa, es posible comprobar cómo la indumentaria y sus colores, los gestos, los tratamientos y el ritual son parte de una serie tradiciones -que el transcurso del tiempo ha ido definiendo hasta convertirse en uno de los legados más queridos de la institución académica-, que adquiere todo su sentido con la interpretación del Gaudeamus que cierra solemnemente la celebración de vniversitatis splendore.

(Colaboración: Gracias a nuestro amigo Kano de Murcia).

 

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