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Los gestos de la Plegaria. III.

Es un gesto muy expresivo y edificante, pero que no encontró precedentes en los antiguos , salvo un texto de la Passio Perpetuae.

 

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Los gestos de la Plegaria.

Las actuales rúbricas del misal prescriben varias veces al celebrante que adopte este gesto de filial confianza en Dios, distinguiendo una doble forma del mismo:

a) Una simple mirada al cielo (indicado por la cruz) al Munda cor meum antes del evangelio; al Suscipe Sancte Pater, del ofertorio; al Súscipe, Sancta Trinitas, antes de la bendición, y al Te igitur, al comienzo del canon; después de aquella mirada, los ojos se repliegan súbitamente sobre el altar (statím demissis oculis) ((a) Limpia mi corazón; Recibe, padre Santo; Recibe, Santa trinidad; A ti, pues; bajados luego los ojos) .

b) Una mirada fija y prolongada mientras se profieren las palabras "Veni, Sanctificator omnipotens aeterne Deus", en el ofertorio, al "et elevatis oculis in coelum" que precede a la consagración y al "Benedicat vos, omnipotens Deus" ((b) Ven, santificador omnipotente eterno Dios; Y elevados los ojos al cielo; Bendígaos Dios omnipotente), en la bendición final.

C) La oración de rodillas.

Como veremos más adelante, esta plegaria, en la liturgia, es, sobre todo, un gesto de carácter penitencial; sin embargo, en la devoción privada es la actitud que mejor responde a las ordinarias elevaciones de la criatura hacia Dios. San Pablonos habla de ella en este sentido: Flecto genua mea ad Patrem D. N. lesu Christi(Doblo mis rodillas hacia el Padre de Nuestro Señor Jesucristo). Debía ser tal como es todavía la postura normal del cristiano en sus oraciones privadas. Constantino, según Eusebio, in intimis palatií sui penetralibus, quotidie, statis horis, sese includens, remotis arbitris, solus cum solo colloquebatur Deo et in genua provolutus, ea quibus opus haberet, supplici prece postulabat(En el lugar más recogido de su palacio, cada día, en las horas fijadas, encerrándose sin testigos que le viesen, hablaba él solo, sólo con Dios, y vuelto de rodillas, con ruego suplicante pedía aquellas cosas de las que tenía necesidad).

Algunas veces, sin embargo, el ponerse de rodillas es el efecto de una intensa emoción religiosa del alma. Cristo, positis genibus(Puesto de rodillas) oró en Getsemaní; San Esteban se arrodilló para unirse a Dios en el momento supremo; San Ignacio, de rodillas, oró por las iglesias antes de su martirio: cum genuflexione omnium fratrum(Con la genuflexión de todos los hermanos (arrodillándose todos los hermanos)). Por un motivo parecido es por lo que la rúbrica prescribe arrodillarse durante el solemne momento de la consagración y de la elevación, ante el Santísimo Sacramento expuesto y en el canto de algunas invocaciones enfáticas: Veni, Sáncte Spiritus; O crux, ave; Ave, maris stella(Ven, Espíritu Santo; Salve, oh cruz; Salve, estrella del mar).

D) La oración con las manos juntas.

Es un gesto muy expresivo y edificante, pero que no encontró precedentes en los antiguos, salvo un texto de la Passio Perpetuae, escrita alrededor del 200. Describiendo una de sus visiones, Perpetua dice haber visto a un anciano con traje de pastor que le daba de cáseo quod mulgebat quasi buccellam ; et ego accepi iunctis manibus, et manducavi et universi círcumstantes dixerunt: Amen(Texto de la "Pasión de Perpetua": el pastor le dio como un bocado del requesón que ordeñaba; y yo lo recibí con las manos juntas y comí, y todos los presentes dijeron: Amén).

La costumbre de las manos juntas nació en la Edad Media y muy posiblemente deriva de las formas de homenaje del sistema feudal germánico, según el cual el feudatario se presentaba ante su señor con las manos juntas, para recibir de él el signo externo de la investidura feudal. En el siglo XII se había ya popularizado. El cardenal Langton en el Sínodo de Oxford de 1222 recomienda a los fieles de estar "junctis manibus" a la hora de la elevación de la Hostia en la Misa.

El gesto con las manos juntas es el más común en la liturgia, lo mismo para el sacerdote como para los ministros asistentes. Durante la misa es propio de las oraciones que van después de las tres clásicas del núcleo más antiguo (colecta, secreta y postcomunión).

 

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