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Buenas maneras. Entrevista a Marie Rose McGill.

Clase magistral de modales con Marie Rose McGill, la reina de las socialités.

 

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Buenas Maneras: Clase magistral de modales con Marie Rose McGill, la reina de las socialités.

Siguiendo al pie de la letra el " Manual de Carreño ", me preparé a conciencia para ir de visita al departamento de Mary Rose McGill, en Las Condes.

La había llamado para invitarla al café Mozart, en Luis Pasteur, y así entrevistarla... pero ella, amable siempre, prefirió recibirme en su hogar. Nada, entonces, podía quedar al azar. Sobre todo porque mi interés era conocer su visión sobre la enseñanza -¿buena o mala?- de la juventud chilena. La pérdida de algunos modales, el lenguaje "coloquial", los garabatos, el respeto por los mayores... el consumo de alcohol.

En su calidad de "reina" de las socialités santiaguinas, Mary Rose podría darnos algunas luces de orientación y apuntalar las directrices que, según sospechábamos, se están perdiendo.

El "manual de urbanidad y buenas maneras", por tanto, me vino como anillo al dedo para no mostrar la hilacha durante mi cita. Una de las mujeres más distinguidas del país me había concedido parte de su tiempo... debía yo responder, entonces, con británica puntualidad. ¿Qué quiere decir eso? Llegar 5 minutos antes y no justo sobre la hora, evitando así que cualquier contratiempo retrase el encuentro.

¡Ding-dong! 13:55 de la tarde. Me anuncio ante el portero. Tras chequear que, efectivamente, esperan mi visita, me hace pasar, indicándome el camino. Flores en mano -siempre es bienvenido un "detalle" por parte del visitante-, soy recibido por la nanny de madame McGill, quien me hace pasar al salón y me ofrece "un cafecito".

"Enseguida viene la señora", me advierte.

Apenas 45 segundos más tarde es Sofía quien hace ingreso al living. Es la perrita de la dueña de casa la que me da la bienvenida con un chupetón en mis zapatillas y tres simpáticos ladridos. Luego entra ella, radiante, con una sonrisa protagónica... su ángel inunda el lugar, su perfume -apenas perceptible- se mezcla con el de las flores.

"Me perdona lo sencillo del regalo...", me excuso, tras el beso de saludo.

-Me encantan, son adorables. Son "Reina Luisas"... y combinan con mi blusa. ¡Mil gracias!

Le pide a su asesora doméstica que "inmediatamente" las ponga en agua... "no vaya a ser cosa que se marchiten". Su capacidad para hacerme sentir bien es admirable. Me ofrece asiento bajo la luz de un gran ventanal y llega el café (acompañado por un vaso de agua mineral).

Desde el jardín, Kat-kat, el gato, supervisará el desarrollo de esta poética charla primaveral.

¿Pelucones? Ya no...

La conversación la abre ella, sin mediar preguntas:

-A mis 79 años soy una convencida de que las buenas maneras son algo que va cambiando. Yo no puedo pretender que lo que me enseñaron a mí, siga siendo válido hoy. Pero también es cierto que hay algunos modales básicos, que se deben mantener a través del tiempo.

De pronto, Sofía se sube al sofá y se instala junto a mi pierna. Rompiendo todo protocolo, comienza a lamerme el pantalón.

Mary Rose no se da cuenta, y sigue con su clase: "En Europa ya no se ven muchachos pelucones o con el jean abajo y la ropa interior asomándose. Acá en Chile algunos han querido poner eso de moda... pero la gente como uno no usa esa forma de vestirse, más desaforada, para llamar la atención. Hoy la juventud, en el fondo, se da cuenta que para 'andar bien', tiene que lucir presentable, como estás tú ahora, con una camisa bonita y un sweater estupendo".

Pero vine con zapatillas de lona...

-Si yo hubiera sido el presidente del Banco Central, ¿hubieras venido así? No pues.

Mary Rose McGill me merece más respeto que el presidente del Banco Central.

-A mi casa tú puedes venir como quieras. ¿Por qué no? Estamos teniendo una conversación relajada, interesante... sin mayor formalidad. Ahora bien, si te hubiese recibido en mi oficina -cosa que no tengo-, claro... las zapatillas no corresponden.

En la Unidad Popular

Taza y platillo en mano, Mary Rose va al fondo de la cuestión: "Estos chiquillos de las marchas, que gritan y vociferan, que andan con pintas que son un desastre... Llega el momento en que tienen que buscar trabajo y se visten bien, se preocupan de ir peinados, duchaditos. ¡Hasta comienzan a hablar bien! Y cuando crecen y maduran también. De jovencitos son todos socialistas, ya de grandes... todos conservadores. Eso te lo firmo.

"Hay personas a las que un garabato les resulta hasta simpático"

¿Usted nunca dice garabatos?

-Sí... alguna vez he dicho "huevón". Pero lamentablemente para algunas personas esa palabra es de todos los días. Eso me molesta profundamente. Pero también depende de quién lo diga... y de la entonación. Hay personas a las que un garabato les resulta hasta simpático, y se les perdona. Ahora bien: en reuniones formales, serias, no, por ningún motivo.

Le pido entonces a mi anfitriona que se la juegue con los nombres de dos chilenos. Uno que se luzca por su buena educación... y otro que destiña. Ella no necesita ni pensarlo: "Carlos Larraín maneja el léxico español extraordinariamente bien y el tema que le pongan lo desarrolla con las palabras precisas y justas... con un gran sentido del humor, sin ser acartonado o engolado, como la mayoría de los políticos. El Presidente Ricardo Lagos también destaca, es un caballero que modula muy bien, cosa que yo aplaudo a cuatro manos".

¿Y alguien que usted vea en la televisión y cambie de canal, espantada?

-Hay un señor de apellido Alinco, ¿es diputado?... pero no, yo me complico dando nombres cuando se trata de cosas malas.

(Hago un paréntesis sólo para consignar que Sofía, así de avanzada la conversación, me seguía lamiendo la pierna).

¿Y a usted le han dicho cosas malas?, ¿que es cursi, siútica... recargada, o cuica?

-Nada. A mí todos me encuentran encantadora. Sólo una vez, años atrás... y me dolió mucho. Fue durante la Unidad Popular, tus papás te habrán contado lo espantoso que fue eso, yo estaba en Providencia, manejando, con un perrito poodle que yo tenía, era verano y hacía calor. Entonces yo abrí la ventana y él se asomó para tomar aire. Entonces pasó un camión con gente gritando "¡Viva Allende!, ¡viva Allende!"... que quedó al lado mío, en la luz roja. Y uno me dijo 'vieja siútica, con perro cuico'. "Momento", le dije... "yo no soy siútica, ¿y si el perro es cuico? ¡Claro que lo es, poh!". El tipo no me contestó nada.

¿Y usted se preocupa de ser así de correcta, todo el día?, ¿o ya le sale solo?

-Ya es una cosa incorporada.

¿La han invitado a algún malón? Están de moda... cada uno lleva algo y así se monta el carrete.

-Pero ya no son como los malones de mi época, en que se tomaba puro jugo. Una de las cosas que me preocupa es la cantidad de alcohol que toma hoy la juventud. Y eso, más que una ordinariez, es una tontera, porque se puede pasar estupendo con sólo una cerveza o un pisco sour... ¿pero cuatro? No tiene sentido. Yo soy partidaria de que a los niños, desde los 12 o 13 años, tomen un poquito de vino, a veces, para que aprendan a tomar con moderación. Así, cuando les toque beber de grandes, estén acostumbrados y no se caigan al suelo.

Afortunadamente -a estas altura de la entrevista Sofía ya se había dormido en mi regazo-, Mary Rose cree que "todo en la vida va y vuelve, como un péndulo" y que "si la mala educación hoy campea... ya llegará el día en que volvamos a las buenas maneras". Es esa su reflexión final, antes de acompañarme hasta la puerta y agradecerme la conversación.

"Bye, bye", se despide, tirándome un beso, justo cuando se cierran las puertas del ascensor.

 

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