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Defectos en la reuniones y conversaciones. I.

Cuando muchos hablan a un tiempo, parece que oye uno a las ranas que se empeñan a porfía en sobrepujarse unas a otras y procurarse la gloria de ensordecer a cuantos las oyen.

El nuevo Galateo. Tratado completo de cortesanía en todas las circunstancias de la vida
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Los defectos en la reuniones y conversaciones.

Invitar más personas de las que puede contener el local, es convidarlas a que se sofoquen de calor, a que se queden en pie y a que nadie pueda servirlas. En Inglaterra no hace muchos años que reinaba esta costumbre en las reuniones llamadas "rout", cuya esencia parecía ser la confusión que necesariamente resultaba de haber convidado a infinito número de personas cuando el local era capaz de pocas. Los criados no podían servir a nadie, todos los concurrentes se morían de calor: acá se perdía una joya; allí disputaban algunos concurrentes porque no se dejaba estar tranquila a una señora; todo era ruido, los que jugaban a los naipes no se entendían; los que querían beber no hallaban manera de llegar hasta los criados; en una palabra, aquello era un infierno, en el cual todos sufrían, menos la señora de la casa que había logrado presentar en la suya un verdadero "rout".

A esto se añadían las disputas y las puñadas de los cocheros en la calle, y todo junto daba lugar a que al día siguiente se hablase del asunto y corriesen de boca en boca el nombre de la señora y las noticias de los acontecimientos a que había dado lugar su convite. El juego era el único placer verdadero para los aficionados, las pérdidas de consideración daban fama a un "rout", y si un joven de tono quedaba arruinado, la celebridad de la casa estaba asegurada.

El local destinado a una reunión es siempre defectuoso, cuando los concurrentes, atendida la situación de los canapés, no pueden reunirse en círculo, o estar unos enfrente de los otros. Cuando están sentados en línea recta y en un solo lado, la conversación se trunca, y de general se convierte en particular, lo cual está sujeto a muchos inconvenientes, según veremos.

La conversación es general cuando cada uno de los presentes contribuye a ella como actor o como espectador; y es particular cuando los concurrentes se dividen en grupos, extraños uno al otro, aunque congregados en una misma estancia. Si suponemos una reunión de doce personas, es fácil comprender que si forman un solo corro, producirán más efecto con menos esfuerzo que si se dividiesen en cuatro. En el primer caso, para entretener a doce personas basta una; en el segundo se necesitan tres. En el primer caso una chanza provoca la risa de doce circunstantes, en el segundo no pasa del círculo de cuatro.

Cuando la conversación es general, una idea verdadera pero inexacta anunciada por una persona, es rectificada por otra, comentada por la tercera, y demostrada por la cuarta, de modo que al fin de la conversación el producto es una verdad indudable. Por el contrario, si separáis en cuatro corros a esas personas, veréis que en lugar de aquella verdad que se ha hecho común a doce cabezas, quedan en cada una semi-ideas, nociones vagas , noticias inexactas o falsas, de todo lo cual nada puede deducirse.

En la producción del placer en las conversaciones, sucede lo mismo que en la producción de las riquezas, en la agricultura o en las artes. Pedro posee el arado, Pablo los bueyes, Juan la habilidad de arar; si estas personas se reúnen se verifica el arado, y no se verifica si continúan separadas. Por esta razón, cuando uno de los presentes atrae hacia sí dos o tres más, comete una especie de hurto para con los otros, porque los priva del placer que producirían en ellos las personas de talento y joviales que les ha arrebatado; y aun él mismo debe ser tenido como un desertor o un contribuyente moroso. La experiencia demuestra que los sacudimientos sensibles se aumentan comunicándose, atendida la fuerza subsidiaría que les da la imaginación de los presentes; por esto una chanza que hace reír a cuatro personas en un grado como cuatro, hace reír a doce en un grado como cinco o seis. A más de esto, si doce personas oyen al que habla, éste desenvolverá sus ideas con más atención y más esmero que si le escuchan cuatro.

Cuando la conversación es general, un hecho cualquiera, expuesto por el que habla, pone en movimiento doce imaginaciones, en las cuales se encuentran asociados otros hechos y diversos en cada una; de donde se debe esperar mayor movimiento en las ideas que alimentan la conversación y una variedad más notoria. Si en vez de doce personas, los presentes fuesen más, los corros aparte serían menos reprensibles, pues admitiendo las dichas ventajas de la conversación general, es preciso añadir que en muchas personas el deseo de hablar es muy vehemente, y que este deseo queda menos satisfecho en la conversación general que en los corros particulares. Por otra parte cuando la reunión es muy numerosa, disminuye en algunos la alegría, porque amengua la confianza. Es muy raro que la conversación continue siendo general cuando entre los doce concurrentes hay más de una hembra, porque cada una de ellas se transforma en centro particular, en torno del cual naturalmente se agrupan parte de los congregados. Y he dicho que es cosa rara, porque tampoco es imposible que la exquisita galantería de las mujeres se esfuerce en prevenir la división que se verifica casi siempre.

Cuando muchos hablan a un tiempo, parece que oye uno a las ranas que se empeñan a porfía en sobrepujarse unas a otras y procurarse la gloria de ensordecer a cuantos las oyen. En algunos se reúnen tres defectos: el empeño de interrumpir a los demás, la impaciencia al verse interrumpir ellos, y la pretensión de que los otros no se distraigan en tanto que ellos los fastidian.

 

Nota
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