Autor
Angela Grassi. 1859.
Fuente
Novísimo Manual de Urbanidad y Buenas Maneras para uso de la juventud de ambos sexo.
"La urbanidad es el resultado de mucho buen juicio, de cierta dósis de buen carácter, y de renunciar un poco a si mismos por consideración a los demás". Lord Cherstelfield.
Ya hemos establecido en otra parte los deberes entre los padres y los hijos, deberes imprescindibles, los primeros que estamos obligados a cumplir, por gratitud, por naturaleza y por religión.
Las relaciones conyugales son las que exigen mayor suma de prudencia, delicadeza y decoro, para que hagan agradable aquel nudo, que solo la muerte puede desatar.
De la buena armonía entre esposos depende la futura felicidad de los hijos, sus virtudes y su exquisita educación. ¿Qué ejemplo pueden ofrecer a los tiernos niños dos esposos rencorosos y desavenidos? ¿Qué lecciones imprimirán en sus tiernas almas las escenas de furor y rabia que amarguen todos sus instantes? ¡Ah! por ellos, por esos tiernos planteles que han de ser algún día el adorno del jardín de las virtudes, deben los esposos moderar sus encontradas pasiones, sus hábitos groseros y sus ridículas extravagancias. ¡Ay de aquellos infelices niños a quienes una esposa resentida incita a odiar a su propio padre! ¡ay de aquellos a quienes el orgulloso marido enseña a despreciar a su desgraciada madre! Esos niños necesitan tener el instinto de los ángeles para sacar a puerto de salvación la nave de sus futuras virtudes.
El esposo y la esposa, pues, por sí mismos, por Dios, y por esos tiernos arbolitos confiados a sus cuidados, han de ofrecer siempre en el interior de su casa, un dulce cuadro de amor, paz y concordia.
Para conseguirlo, el hombre debe manifestarse siempre atento, afable y condescendiente para con su esposa, y sean cualesquiera sus disgustos y sus contrariedades en el hogar doméstico, jamás permitirse ninguna acción, ninguna palabra que pueda ofender su dignidad y su amor propio. Si cometiese alguna falta, sean la dulzura y las prudentes amonestaciones los correctivos; y nunca escoja para demostrarla la inconveniencia de su proceder las horas en que estén rodeados de testigos importunos.
La mujer que ve ajado su amor propio con esta falta de consideración, casi nunca se enmienda, porque el orgullo se lo impide. No olvide jamás el hombre que ha de ser el mentor y guía de su esposa, a quien la delicadeza de su sexo pone bajo su protección; pero que si tiene obligación de instruir y aconsejar, nunca la tiene de erigirse en tirano, déspota y voluntarioso.
La mujer, por su parte, debe revestir todos sus actos de aquella dulzura, de aquella prudencia, de aquella exquisita sensibilidad de que la naturaleza ha dotado a su sexo, y corresponder al amor y a la consideración de que la rodea su esposo, haciendo que encuentre siempre a su lado satisfacción y contento en medio de la prosperidad, consuelo en la desgracia, y estimación y respeto en todas las situaciones de la vida.
La mujer que propale por todas partes los defectos y ridiculeces de su marido, y se lamente de ellas hasta con sus criados, no merece el dictado de persona fina; y mayor culpa le cabrá en este proceder al hombre, pues por la mayor dignidad y energía de su carácter, está obligado a ocultar con mayor empeño los pequeños lunares que desluzcan a la compañera de su vida.
Peto si es ridículo y grosero este proceder, también lo es cuando los esposos ofenden la moral y el decoro, haciéndose en público demostraciones de preferencia y de ternura, hablando a solas detenidamente, o apareciendo siempre el uno al lado del otro en las visitas y reuniones.
Estas zalamerías nada añaden al afecto que se han de profesar los esposos, y los hacen ridículos en sociedad.
Alta el
31/01/2012
Modificado el
31/01/2012
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