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De la alabanza.

  • Si tenéis que alabar a una mujer sobre su belleza, frescura y dulzura de sus miradas, o sobre el conjunto de sus facciones, no lo hagáis jamás a expensas de otra.

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  • Autor

    Mariano de Rementería y Fica.

  • Fuente

    El hombre fino al gusto del día, ó, Manual completo de urbanidad, cortesía y buen tono.

 

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    Artículos HistóricosAviso: Los artículos "históricos" se publican a modo de referencia, para conocer la historia y evolución de la sociedad y sus normas. Pueden contener conceptos y comportamientos anacrónicos con respecto a la sociedad actual. Protocolo.org no comparte estas ideas u opiniones, que se publican, únicamente, a título informativo.

De la alabanza.

Es una falta contra la urbanidad el alabar en presencia de aquellos que cantan o tocan un instrumento a una persona que tenga la misma habilidad; como igualmente el alabar a un poeta delante de uno que lee sus propios versos; pero es igualmente una falta el alabar cara a cara y de un modo excesivo; porque una alabanza extremada tiene todo el aire de burla, siendo así que la verdad tiene límites que no es dado el traspasar, y que aquellos a quienes alabamos conocen su parte flaca, y están íntimamente persuadidos de que también los demás los conocen. Si nos excedemos, pues, en la verdadera alabanza de un modo absoluto, este elogio pierde todo su precio, porque no es verdadero. Solamente los necios sufren pacientemente los elogios.

Si tenéis que alabar a una mujer sobre su belleza, frescura y dulzura de sus miradas, o sobre el conjunto de sus facciones, no lo hagáis jamás a expensas de otra; pues aunque se sabe que las mujeres no se aman entre sí, el hablar mal de las personas de su sexo es un derecho que se reservan ellas exclusivamente, y que no permiten que le usurpen impunemente.

"El néctar que el gran Jove se presenta,
y del mundo a los Dioses alimenta,
es, Filis, la alabanza".

Ha dicho Lafontaine.

"Las alabanzas interesadas son una especie de perfidia, y el hombre que las usa degrada su carácter y se envilece"

En efecto, siendo el amor propio y la vanidad los dos grandes resortes de las acciones de los hombres, fácilmente se consigue lo que se desea cogiéndoles el flanco. El alma más dura se rinde a un elogio discreto, y el carácter más fiero e inflexible se afloja como un arco a quien se le quita la cuerda, cuando le halagan unas palabras lisonjeras; pero cuanto más segura sea esta arma poderosa, con tanta más precaución se debe usar de ella. Las alabanzas interesadas son una especie de perfidia, y el hombre que las usa degrada su carácter y se envilece, siendo bajos en esta circunstancia ambos papeles, porque se desprecia a alabado y al alabador. Hay, no obstante, hombres que merecen toda nuestra admiración; existen virtudes y nunca bien alabados talentos que excitan con razón un entusiasmo difícil de contener. El alabar la verdad, el mérito y los talentos, no es sino rendirles un tributo innegable; pero no lo hagáis jamás cara a cara, porque os exponéis a avergonzarles y a serles incómodos.

Un hombre se halla en una disposición favorable para alabar a otro, cuando no tiene necesidad de él, cuando no espera ni su protección, ni sus servicios; porque en tal se conoce que lo que dice es la verdadera expresión de su pensamiento; pero si al contrario la alabanza es interesada o puede parecerlo, conviene abstenerse de ella.

También un hombre altamente colocado puede alabar; pero ha de ser del modo más sencillo y natural; porque si así no lo hace, dará a entender que se acuerda del puesto que ocupa, y que quiere proteger solo de palabra.

En el mundo se experimenta y debe experimentarse muchísima deferencia respecto a una infinidad de objetos; se hace la vista gorda sobre las malas costumbres y sobre varios defectos, y esto parece como natural, vista la fragilidad de la naturaleza humana y de las pasiones de los hombres. Haced, pues, como los demás, pero sin transigir con el vicio, y no alabando por eso lo que declaradamente es malo.

  • Alta el

    29/06/2010

    Modificado el

    29/06/2010

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