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La máscara de la simpatía.

  • Las personas amables nos levantan la autoestima, pero no siempre esa cordialidad es espontánea; a veces responde a una hábil estrategia para ganarse a los demás.

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  • Autor

    Jose María Romera.

  • Fuente

    El Correo Digital.

 

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Las personas amables nos levantan la autoestima, pero no siempre esa cordialidad es espontánea; a veces responde a una hábil estrategia para ganarse a los demás.

Los vemos llegar con la sonrisa puesta y mantenerse así durante todo el día, siempre correctos, siempre amables, imperturbablemente simpáticos pase lo que pase. Nos ceden el paso en la entrada, guardan memoria detallada de nuestros cumpleaños y nos felicitan incluso las onomásticas que nosotros mismos no celebramos. Son esa clase de personas que a uno le levantan la autoestima haciéndole sentirse importante, o por lo menos visible dentro de la jungla despiadada del día a día.

¿Cómo no valorarlos? ¿Cómo no rendir tributo de reconocimiento a estos heraldos de la amabilidad y de las buenas maneras? Cuando la urbanidad parece batirse en retirada y las costumbres del buen trato empiezan a ser como vestigios arqueológicos de alguna civilización remota, los simpáticos traen a nuestras sombrías sociedades un rayo de luz que es de agradecer.

Pero hay simpatías sinceras y simpatías fingidas. Y desgraciadamente en muchos de los risueños con los que nos cruzamos la cordialidad no sale espontáneamente del alma, sino que responde a una hábil estrategia para ganarse a los demás. Una de las fórmulas más eficaces para lograrlo consiste en no hablar nunca de ellos. A todos nos gusta que nos escuchen. De hecho, a algunos les encanta tanto que acaban oyéndose a sí mismos. Pues bien, sabida esta debilidad tan común del género humano, el simpático calculador busca situaciones propicias a la conversación y una vez encontradas procura intervenir lo menos posible. Se limita a preguntar aparentando interés por los asuntos del otro: nos preguntan por los estudios de la niña y por la enfermedad del suegro, por el funcionamiento del coche y por el destino de nuestras vacaciones, por los paseos del perro y por la comida del día.

A cambio, no suelta prenda en lo que concierne a lo suyo. Al terminar de hablar con él, uno tiene la sensación de haber sido escudriñado por un minucioso escáner y sin embargo no haber sabido nada de su interlocutor. Y es entonces cuando surge la inquietante duda sobre las verdaderas intenciones de éste: ¿realmente estaba interesado en nuestros asuntos, o nos ha sometido a un saqueo de información personal del que ha obtenido un rico botín?

Pero la preocupación del solícito y atento preguntador no suele ser buscar información reservada. Todo su objetivo se concentra en agradar, en caer bien, en mostrarse servicial y empático con los demás. De ahí otra de sus costumbres: la de asentir a cuanto le digamos, sea en materia de gustos, sea en opiniones políticas, sea en impresiones sobre usos sociales.

Imposible saber lo que piensa, lo que cree, lo que siente o lo que prefiere: como buen servidor, cambiará de criterio a la medida de las opiniones que oiga. Si conversa con un socialista, defenderá el estado del bienestar y la intervención de lo público en la economía; pero si a continuación departe con un liberal, su parecer dará un repentino giro hacia el elogio del libre mercado y la ley de la oferta y la demanda. Si con un creyente, lamentará el laicismo galopante de nuestras sociedades; si con un ateo, se declarará firme enemigo de toda clase de creencias y supersticiones.

Lo de menos es que tras tanto vaivén por entre las ideas ajenas acaben contradiciéndose atrapados en un laberinto de incertidumbres. Cuando, solos ante el espejo, intentan adivinar quién es ese que les mira frente a frente, no aciertan a reconocer ni siquiera de qué pie cojean ellos mismos.

Y la adulación, que no falte. Para ser agradable en sociedad el simpático por sistema dispensa elogios y agasajos sin medida. Sabe que un piropo a tiempo derriba muros infranqueables y que con unas palabras generosas acerca de la inteligencia o el talento del prójimo habrá conquistado su voluntad en un santiamén. Decir al otro lo que el otro quiere oír puede que sea hipócrita, pero raramente sale mal.

La necesidad de hacer amigos y de integrarse en las comunidades es una constante humana de todos los tiempos, más acentuada en una época donde tanta importancia han adquirido las primeras impresiones, los concursos de popularidad, los votos de reconocimiento y el favor de las audiencias. Ser afectuoso, servicial y amable se ha convertido en una de las primeras preocupaciones de la mayoría, pero no siempre por efecto de una visión solidaria y altruista del mundo.

Se aspira a caer bien porque reporta beneficios tanto anímicos como materiales. Alguno de los manuales de autoayuda más vendidos en los últimos meses juega precisamente con ese deliberado malentendido que confunde el reconocimiento de los otros con la obsesión de captar su simpatía, su aprobación y su afinidad de forma interesada.

Tener en cuenta a los demás es una cosa y otra bien distinta es desvivirse por halagarles, por complacerles, por decir sí a todo, por no llevar la contraria. Cuidado con ese sujeto que no abre la boca como no sea para soltarnos loas y que asiente continuamente a cuanto le decimos mientras mantiene firme la sonrisa y arquea las cejas para que sepamos la enorme curiosidad que le provoca lo que le contamos acerca de nosotros. Puede que sea un simpático profesional.

  • Alta el

    05/02/2009

    Modificado el

    18/08/2014

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