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El ceremonial borgoñón en la corte del príncipe Felipe.

  • Los usos y costumbres del protocolo borgoñón fueron puestos en práctica el año de 1548.

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    Maria del Mar Rey Bueno

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    Alma Mater, Nº 16, 1.999

 

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El 15 de agosto de 1548, tras seis meses de ensayos, fue introducido el ceremonial borgoñón en la corte del príncipe Felipe, heredero del emperador Carlos I de España y V de Alemania. El príncipe era el primer primogénito de la Casa de Austria española, educado y formado para tal. Carlos I dudó entre formar a su hijo según la etiqueta seguida por la Corte de Castilla (En 1535, cuando se establecía la primera casa del que sería el más importante rey de toda la Edad Moderna, su padre el emperador pidió que se le informase de los usos y costumbres que se seguían en la formación de un primogénito real de Castilla. Para ello, se solicitó asesoramiento a Gonzalo Fernández de Oviedo, que había sido instructor del principe don Juan, primogénito de los Reyes Católicos. El informe de Oviedo llegó en 1547, cuando el emperador ya se había decidido por la etiqueta borgoñona. FERNÁNDEZ DE OVIEDO, GONZALO. Libro de la Cámara Real del Príncipe Don Juan e officios de Su Casa e servicio ordinario. Publicado con advertencia preliminar de J. M. ESCUDERO DE LA PEÑA. Madrid, Sociedad de Bibliófilos Españoles, 1870), reino considerado como buque insignia de todos los que componían sus amplios territorios, o según la borgoñona, en la que él había sido formado y había seguido toda su vida.

Decidió por la segunda, más rica en magnificencia y ostentación, acorde a un monarca que iba a gobernar buena parte del mundo. Así, los austeros ceremoniales castellanos son sustituidos por un rígido protocolo encaminado a elevar la figura real a dimensiones cuasi-divinas.

Entre los numerosos oficios encargados de atender al monarca en sus necesidades, destacamos en el presente trabajo los dedicados a la salud real.

Sorprende comprobar la escasez de estudios rigurosos sobre este tema. Coincidimos en este punto con la tónica seguida por la historiografía médica europea, si bien en los últimos tiempos ha surgido el interés por el tema (Destacan los estudios reunidos por Vivian NUTTON (ed.). Medicine at the courts of Europe, 1500-1837. London, Routledge, 1990 y Bruce T. MORAN (ed.). Patronage and institutions: science, technology and medicine at the european court, 1500-1750. The Boydell Press, 1991).

A pesar de ello, sólo conocemos la estructura parcial de los sistemas sanitarios de determinadas cortes en periodos concretos: la corte papal del siglo XVI (PALMER, Richard. «Medicine at the Papal Court in the sixteenth century». In: NUTTON, V. nota (1), pp. 49-78) , la corte francesa del XVII (BROCKLISS, Laurence. «The literary image of the mèdecins du Roi in the literature of the Gran Siècle». In: NUTTON, V. nota (1), pp. 117-153) y la corte inglesa de Guillermo de Orange ( COOK, Harlod J. «Living in revolutionary times: medical change under William and Mary». In:MORAN, B. nota (1), pp. 111-136).

El servicio sanitario dispensado en estas cortes sigue unas pautas generales: un grupo de médicos destinados a la salud del monarca y un servicio farmacéutico encargado de elaborar medicamentos (Sobre este punto, manejamos una información más amplia, pues tenemos conocimiento bastante preciso del funcionamiento farmacéutico en las cortes imperiales otomana, vienesa y prusiana desde sus orígenes, gracias a los estudios de Arslan TERZLOGU. «Breve historia de las farmacias de la corte». In: PÖTZSCH, Regine (ed.) La farmacia. Impresiones históricas. (ed. española). Suiza: Roche, 1996, pp. 223-232).

A pesar de no poder establecer una comparación fidedigna, pues carecemos de un estudio general de cada corte europea en el período de tiempo que abarca el estudio, podemos aventurar que la corona española contaba con los servicios más amplios y organizados, gracias a la labor realizada por Felipe II. Esto no implica que dicha asistencia fuera la más cualificada pues, a excepción de algunos nombres, los sanitarios reales se caracterizan por mediocres biografías (Los médicos y boticarios reales eran unos empleados más de Palacio y, sólo en contadas excepciones, brillaron con luz propia como científicos o innovadores de su profesión).

NORMAS DE GOBIERNO.

La Etiqueta del Palacio.

Los usos y costumbres del protocolo borgoñón fueron puestos en práctica el año de 1548, previo al viaje que el príncipe iba a realizar por todos sus futuros reinos de los Países Bajos. El príncipe debía pulirse a lo borgoñón, para producir una inmejorable impresión personal en dicho recorrido (Entre las monografías actuales cabe destacar RODRÍGUEZ VILLA, Antonio. Etiquetas de la Casa de Austria. Madrid, 1913, donde hace un comentario a las etiquetas de Palacio de 1647, ciñéndose exclusivamente a los aspectos destinados a atribuciones del Mayordomo Mayor y forma de servir la mesa del monarca; VALGOMA Y DÍAZ - VARELA, Dalmiro. Norma y ceremonia de las reinas de la Casa de Austria. Madrid, 1958, que hace un primer estudio sobre cómo se gobernaba la casa de la Reina, con numerosas referencias bibliográficas de gran interés y LISÓN TOLOSANA, Carmelo. La imagen del rey: monarquía, realeza y poder ritual en la Casa de los Austrias. Madrid, Espasa-Calpe, 1992, estudio muy interesante a nivel antropológico del significado de la etiqueta como forma de realzar la figura de un ser cuasi divino, el monarca de la dinastía de los Habsburgo españoles. También destacaría, aunque no se trate de un monográfico, el trabajo de J. H. ELLIOTT. «La Corte de los habsburgos españoles: ¿una institución singular?». In: J.H. Elliott. España y su mundo: 1500-1700. Madrid, Alianza Editorial, 1990, pp. 179-200. Existe una recopilación bastante amplia de estas etiquetas en VAREY, J.E. «La mayordomía mayor y los festejos palaciegos del siglo XVII». Anales del Instituto de Estudios Madrileños, 1969, IV, pp. 145-168).

Son pocos los estudios que he podido consultar sobre el ceremonial de la corte durante el período estudiado9 ; en cambio, son muchas las fuentes donde se pueden consultar las llamadas Etiquetas de Palacio (La principal recopilación de dichas etiquetas se encuentra, como es evidente, en el Archivo General de Palacio (= AGP), en la sección Histórica (= sec. hist.), cajas 49 a 55 y en Registros nº 2191 y 6133/6134, así como multitud de acuerdos, decretos y ordenanzas dispersos por los legajos que componen la sección administrativa (= sec. adm.) de dicho archivo, referidos a asuntos de cada oficio en particular que componía la Casa Real. Aquí también se ha consultado copias de las mismas etiquetas en diversos manuscritos de la Biblioteca Nacional de Madrid (=BNM), que iré mencionando a lo largo del presente trabajo. Como estudios contemporáneos, sólo destacan los de los cronistas reales Gil GONZÁLEZ DÁVILA. Teatro de las grandezas de la villa de Madrid, corte de los Reyes Católicos de España. Madrid, 1623 y Alonso NÚÑEZ DE CASTRO. Libro histórico político.

Sólo Madrid es corte y el cortesano en Madrid. Madrid, 1658. Ambos dedican un apartado de sus obras a describir los principales oficios de la Casa Real, dentro del contexto general dedicado al ensalzamiento de la figura del monarca. Con todo, resultan incompletos y su exclusiva consulta conduciría a una información parcial de la etiqueta palatina).

Hasta el momento actual, el ejemplar más antiguo de dichas etiquetas es el conocido como Relación de la forma de servir que se tenía en la casa del Emperador don Carlos nuestro Señor que aya gloria el año de 1545 y se avía tenido algunos años antes (El ejemplar que hemos consultado es BNM, Mss. 1080), redactado por Juan Sigoney, secretario de Felipe II, para servir como modelo de las etiquetas definitivas para la Casa del monarca, en 1562 («Etiquetas de Palacio y Gobierno de la Casa Real. Que han de observar y Guardar los criados de ella en el uso, y exercicio de sus oficios». El ejemplar consultado es BNM, Mss. 9720).

Durante el reinado de Felipe IV se van a producir las primeras modificaciones en la etiqueta de palacio. Inicialmente, aparecen dos reformas parciales en 1624 y 1630, encaminadas a controlar los gastos cortesanos, disparados en el reinado de Felipe III (Mientras que los reinados de Carlos I y Felipe II mantuvieron el gasto cortesano en 400.000 ducados anuales, durante el de Felipe III se observó un incremento excesivo, que alcanzó 1.200.000 ducados, en beneficio de la nobleza que, amparada por el duque de Lerma, extrajo todo tipo de sueldos, raciones, dotes y ayudas de costa del servicio real. Recién llegado Felipe IV al trono, una de las primeras disposiciones del conde-duque de Olivares fue disminuir en lo posible el gasto real y recuperar el cumplimiento estricto de la etiqueta de 1562, eliminando los oficios supernumerarios creados en el reinado anterior. Una información más amplia sobre este punto puede consultarse en Antonio DOMÍNGUEZ ORTIZ. «Los gastos de Corte en la España del siglo XVII». En: Homenaje a Jaime Vicens Vives. Barcelona, Facultad de Filosofía y Letras, 1967, vol. II, pp. 113-124). Con posterioridad, se producirá una reforma general de las etiquetas de palacio en 1647 y de las etiquetas para el gobierno de la Real Cámara en 1649.

ESTRUCTURA DE LA CASA REAL.

La asistencia al monarca estaba articulada en cuatro dependencias: la Casa Real propiamente dicha, dirigida por el mayordomo mayor, encargado de la administración, alimentación y alojamiento del monarca, la familia real y todos los criados a su servicio; la Cámara Real, cuyo jefe máximo era el sumiller de corps, encargado del servicio personal del monarca; la Real Caballeriza, encabezada por el caballerizo mayor, encargado del transporte y, finalmente, la Real Capilla, a cuyo frente se situaba el limosnero mayor, también conocido como Patriarca de Indias, dedicado a supervisar todo lo referente al servicio religioso en el Alcázar, puesto de gran trascendencia, pues no en vano el Patriarca de Indias dirigía la vida religiosa del principal monarca de la Cristiandad, el Rey Católico por excelencia.

La Casa del Rey tenía tres jefes máximos: el mayordomo mayor, el sumiller de corps y el caballerizo mayor, que controlaban todos los aspectos de Palacio, cada uno en sus atribuciones particulares, con la importancia que el Palacio Real tiene en una monarquía personal. No es de extrañar que estos cargos palaciegos fueran rápidamente monopolizados por aquellos que querían tener una influencia decisiva sobre el monarca, los validos, controlando el círculo más íntimo del rey, y haciéndole inaccesible para todo aquel que no fuera de su agrado (Sobre este punto es interesante la visión ofrecida por FEROS, Antonio. «Lerma y Olivares: la práctica del valimiento en la primera mitad del seiscientos». En: J. ELLIOTT (dir.). La España del Conde Duque de Olivares: Encuentro Internacional sobre la España del Conde Duque de Olivares celebrado en Toro los días 15-18 de septiembre de 1987. Valladolid, Secretariado de Publicaciones, Universidad, 1990, pp. 197-224).

El mayordomo mayor era el cargo de máxima responsabilidad en Palacio, con atribuciones supremas, y nombrado directamente por el rey. A su cargo estaban los llamados Oficios de la Casa Real, encargados de la restauración, mantenimiento, sanidad y seguridad palaciega, a cargo de las guardias reales.

La administración de toda la Real Casa corría a cargo de una dependencia denominada Bureo. Este órgano administrativo estaba formado por el mayordomo mayor, los cuatro mayordomos semaneros (Llamados así porque tenían por misión servir cada uno una semana del mes en Palacio, ininterrumpidamente, para subsanar cualquier contingencia, así como para sustituir al Mayordomo Mayor en sus ausencias), el maestro de cámara (El maestro de la cámara era el tesorero real, encargado de la cobranza del dinero librado para la despensa, salarios de criados y otros efectos del servicio real. BNM, Mss. 7011, ff. 34-35), el contralor (El contralor, también denominado veedor, se encargaba de visitar cada día todos los oficios para reconocer su perfecto funcionamiento. Comprobaba lo suministrado por los proveedores. Debía controlar la perfecta elaboración de las viandas que iba a comer el monarca. Por sus manos pasaban todas las compras, que debían ser autorizadas por él, tasando los precios más adecuados. Repartía los ordinarios de cada mes y controlaba todo lo que había presente en el Guardajoyas. Tenía un libro duplicado con el grefier donde estaban los inventarios de todo lo que se entregaba a cada oficio para el servicio real. Tenía capacidad de ordenar determinadas entregas a los oficios cuando no estuviese presente el mayordomo semanero. Revisaba las cuentas de todos los oficios de la Casa Real y luego las presentaba en el Bureo. Doc. cit. en (16), ff. 35 vº-40),  y el grefier (El grefier era el encargado de llevar anotados todos los datos de interés para la administración de la Real Casa. Así, debía tener anotados: el asentamiento de criados de la Real Casa en los correspondientes libros, donde tenía que constar el nombre y oficio del criado, día de juramento, gajes, ración y emolumentos; pagos a los criados; los gastos ordinarios y extraordinarios de los Oficios de Boca; las cuentas y relación de todos los mercaderes y proveedores de la Real Casa, así como las órdenes, decretos y cédulas relacionadas con su gobierno.

Además era el encargado de enviar todas las consultas que se acordasen en el Bureo, así como los decretos, autos de justicia, ordenanzas y sentencias. Doc. cit. en (16), ff. 41-46). Este tribunal carecía de jurisdicción civil y criminal, sólo la tenía sobre asuntos económicos y políticos, es decir, sobre las faltas en el real servicio y delitos cometidos en el desempeño de los diversos cargos (El Bureo se reunía los lunes y viernes en dependencias propias que tenían habilitadas dentro del Alcázar. Los lunes se dedicaban a examinar los libros, cuentas y gastos de la Casa, Cámara y Caballerizas. Los viernes se destinaban a materia de gobierno y justicia de la Real Casa).

El sumiller de corps era el encargado máximo de la Real Cámara. Durante el reinado del emperador Carlos, la Cámara Real estaba gobernada por el camarero mayor, que tenía preferencia sobre el mayordomo mayor, pero en los reinados posteriores este cargo cayó en desuso, ganando preferencias el de mayordomo mayor. Dentro de las atribuciones del sumiller de corps estaban todos aquellos oficios relacionados con la atención personal del monarca: su aseo y vestido diario, así como la asistencia a cualquier problema de salud, controlado por los médicos de cámara y los boticarios reales. Desde 1649 la figura del sumiller de corps cobra un mayor protagonismo, sobre todo en los aspectos sanitarios estudiados en este trabajo.

Todos los oficios que hemos visto para el rey se duplicaban para la reina y, cuando los príncipes e infantes reales adquirían la edad suficiente, también se multiplicaban para ellos.

La etiqueta borgoñona para la Casa de la Reina no se impuso hasta el reinado de Felipe II. Su madre, la emperatriz Isabel de Portugal, durante los trece años de reinado, siguió los modos y costumbres portugueses.

Las primeras etiquetas para el gobierno de la casa de una reina no aparecen hasta 1575, cuando Felipe II las dicta para su cuarta esposa, Ana de Austria («Hordenanzas y Etiquetas que el Rey nuestro Señor Don Phelipe Segundo, Rey de las Españas, mandó se guardasen por los criados y criadas de la Real Casa de la Reina Nuestra Señora. Dadas en treinta y uno de diciembre de Mil y Quinientos y Setenta y Cinco años y refrendadas por su Secretario de Estado Martín de Gaztelu». AGP. sec. hist. caja 50), si bien este protocolo ya se seguía desde el momento en que se estableció la Casa de esta reina, en 1570. Estas disposiciones fueron refrendadas para la reina Margarita de Austria, esposa de Felipe III, en 1603 y para Isabel de Borbón, primera esposa de Felipe IV, en 1640 («Etiquetas de la Casa de la Reina Margarita de Austria, dadas en Valladolid en 9.VIII.1603 y confirmadas en 1640 por la camarera de Isabel de Borbón, Condesa de Olivares». BNM, Mss. 1007).

La Casa de la Reina tenía idéntica estructura a la del Rey, sólo se diferenciaba en la Cámara Real. Ésta estaba dirigida por la camarera mayor, que tenía a su cargo a toda una serie de mujeres encargadas del servicio personal de la reina, desde su acompañamiento (damas de honor, dueñas de honor y damas) hasta encargadas de su aseo, vestimenta y limpieza de su cuarto.

ASISTENCIA SANITARIA DE LA CORTE ESPAÑOLA.

Entre los numerosos oficios encargados de atender al monarca en todas sus necesidades, nos encontramos con los destinados a cubrir los aspectos sanitarios. La institucionalización de los servicios sanitarios reales en la corte madrileña se produce durante el reinado de Felipe II (Las disposiciones iniciales de Carlos I en materia sanitaria sólo hacen referencia a la existencia de médicos de cámara y boticarios reales). Será este monarca quién incluya, dentro del organigrama de la Casa Real, los diversos oficios sanitarios que van a perdurar durante los siglos XVI y XVII (Destaca el interés mostrado por este monarca en materia sanitaria. A lo largo de su reinado reformó el Real Tribunal del Protomedicato, dictó normas que regulasen la práctica de diversas profesiones sanitarias, fundó numerosos hospitales reales y se preocupó de que los trabajadores empleados a su servicio recibiesen una atención sanitaria esmerada. Tampoco debe ser olvidada su labor como mecenas de las ciencias, estudiada más detalladamente en obras como la de David GOODMAN. Poder y penuria. Gobierno, tecnología y ciencia en la España de Felipe II. Madrid: Alianza Universidad, 1988 y Francisco Javier CAMPOS Y FERNÁNDEZ DE SEVILLA (dir.). La ciencia en el Monasterio de El Escorial. Madrid: EDES, 1993). La corte española contará con un servicio médico y un servicio farmacéutico jerárquicamente estructurados.

Asistencia médica.

La asistencia médica al monarca, su familia y todos los criados de su casa estaba encomendada a una serie de profesionales, ordenados jerárquicamente en: médicos de cámara, médicos de familia, cirujanos, sangradores y sangradores del común. De entre los médicos de cámara y de familia se escogían las personas que conformaban el Tribunal del Protomedicato. Éste estaba formado por seis médicos: tres protomédicos y tres examinadores. Estos últimos eran reclutados de entre los médicos de familia, mientras que los protomédicos eran, todos ellos, médicos de cámara.

Todo el Tribunal emanaba del colectivo de los médicos reales y reproducía su estructura estamental, en la que existían claras diferencias entre el estrato inferior de los examinadores y el superior de los protomédicos. Los examinadores se encargaban de la realización de los exámenes para habilitar en el ejercicio médico y farmacéutico. Los nombramientos tenían validez por dos años. Dado este carácter bianual, se establecía una rotación de nombramientos entre los médicos de familia, que permitía mantener abierta la expectativa de acumulación de méritos para una pos-terior promoción. El cargo de protomédico era vitalicio. La sucesión se hacía por orden de antigüedad entre el grupo de los médicos de cámara (PARDO TOMÁS, op. cit. en (25), pp. 67-72).

Los médicos de cámara constituían la más alta categoría médica que se podía alcanzar al servicio real. Eran los encargados de tratar cualquier tipo de dolencia del rey, la reina, los príncipes e infantes. De entre ellos se escogían los proto-médicos que presidían el Real Tribunal del Protomedicato (Sobre este tema puede consultarse PARDO TOMÁS, José y MARTÍNEZ VIDAL, Alvar. El Tribunal del Protomedicato y los médicos reales (1665-1724): entre la gracia real y la carrera profesional. Dynamis, 1996, 16, pp. 59-89). Las primeras referencias a médicos de cámara en las etiquetas palatinas corresponden a las ordenadas por el emperador Carlos V. Son bastante vagas, señalando los gajes que tenía el médico, sin añadir nada sobre sus obligaciones profesionales («tenía treinta plazas de gajes, un pan de boca y un lote de vino de ración por día, y de camino un carro y dos azemilas de guía y achas como los Gentileshombres de Cámara». Doc. cit. en (11), ff. 15). Las referencias más concretas a las actividades y obligaciones de un médico de cámara en el Palacio las encontramos en las etiquetas que Felipe II dicta para su cuarta esposa, Ana de Austria. Por ellas sabemos que los médicos de cámara debían servir por semanas en Palacio, acudiendo cada semana uno de los contratados.

Su horario comenzaba a las seis de la mañana en verano y a las ocho en invierno. Diariamente visitaban a la reina y a los infantes para comprobar cómo habían dormido y cual era su estado de salud. Tenían un control exhaustivo sobre los alimentos y bebidas que tomaban, controlando la salubridad y preparación de los mismos y asistiendo a las comidas y cenas. Cada quince días reconocían a todos los enfermos que hubiese en Casa de la Reina y examinaban mensualmente las cuentas presentadas por el boticario (Doc. cit. en (21), ff. 58vº-60. Estas etiquetas están editadas por primera vez por COMENGE, Luis. Clínica regia. Madrid, 1895). Poco más añaden las etiquetas de la Real Cámara dictadas por Felipe IV. Se recuerda que deben asistir por semanas e incorporan la orden de no curar a ningún enfermo que padezca viruelas, tabardillo o cualquier otra enfermedad contagiosa sin licencia del sumiller de corps («Consulta que el Duque de Medina de las Torres hizo al Rey Nuestro Señor Don Phelipe Quarto con la instrucción para el servicio de Su Real Aposento y Cámara». BNM, Mss. 4313, ff. 94-95).

El número de médicos de cámara con sueldo y gajes fue, durante todo el siglo XVII, seis. Tres de ellos se destinaban a la Casa de la Reina e Infantes (Según normas de 16 de abril de 1639, la Casa de la Reina tenía a su servicio tres médicos de cámara, cuatro médicos de familia y un sangrador. AGP. Sec. adm. leg. 645). Este era el número estipulado en las etiquetas, si bien el número real fue mucho mayor, puesto que había una nutrida plantilla de médicos de cámara supernumerarios, en lista de espera para ocupar las plazas vacantes por fallecimiento de los titulares. Este colectivo formaba lo que se conocía como honores de médico de cámara. Estos honores se podían conceder por el hecho de haber tenido ocasión de atender personalmente a algún miembro de la familia real. También podían ser concedidos a otros médicos que hasta ese momento no se habían vinculado con la corte (PARDO TOMÁS, op. cit. en (25), pp. 65-66).

Los médicos de familia constituían el siguiente escalafón jerárquico dentro de la medicina real. Estaban encargados de la salud de todos los criados de la Casa Real, desde el mayordomo mayor hasta el último de los mozos de oficio. Eran doce médicos de familia, ocho para la Casa del Rey y cuatro para la Casa de la Reina. La primera noticia que tenemos de ellos es en las etiquetas de la reina Ana de Austria. Mientras que los médicos de cámara servían en turnos de semanas, los de familia lo hacían por meses. Su jornada diaria comenzaba a las seis de la mañana. Debían visitar a todos los enfermos que hubiese entre los criados reales y comunicar sus prescripciones, tanto terapéuticas como alimentarias, a la enfermera de damas, encargada de llevarlas a cabo. No podían cobrar ni recibir ninguna merced por sus servicios, pues ya recibían el sueldo correspondiente por parte del monarca. Todas las recetas debían ir firmadas de su puño y letra para que los boticarios reales las dispensasen y sólo podían prescribir a criados reales (Doc. cit. en (21), ff. 60-61).

Los criados reales estaban distribuidos en seis cuarteles, a cada uno de los cuales se les asignaban dos médicos de familia y un cirujano (El primer cuartel correspondía al capellán y limosnero mayor, capellanes, cantores y oficiales de la Real Capilla y colegio de cantorcillos. El segundo, al mayordomo mayor, mayordomos semaneros, gentileshombres de Cámara, oficiales de Bureo, ayudas y oficiales de boca; el tercero, a ujieres de cámara, aposentadores, portero de cámara y de saleta, monteros de cámara, volatería y oficiales de manos; el cuarto a la Real Caballeriza; el quinto a guardas españolas, amarilla vieja y de a caballo y el sexto a los arqueros, la guarda alemana y los escuderos de a pie. AGP. sec. adm. leg. 690).

Las normativas que regulaban el ejercicio de los médicos de familia se ven modificadas en 1647, con la aparición de cinco Reales Decretos dados por Felipe IV (En la década de 1630 a 1640 se producen numerosos desórdenes en este ramo de la sanidad real, caracterizados por el abandono de las obligaciones y la mala asistencia dispensada a los criados reales. El Bureo nombra dos superintendentes de entre los mayordomos semaneros, uno encargado de la medicina y otro de la Real Botica, para controlar la asistencia a todo el personal palaciego. «El Bureo, a 12 de noviembre de 1638. Da quenta a V. Magd. de la necesidad que ay de que los medicos y cirujanos de familia tengan superintendente Mayordomo que les pueda obligar a la puntualidad de las curas de los criados enfermos y de otras cosas que tocan al servicio de V. Magd.». AGP. sec. adm. leg. 645). Estos hacen referencia a la moderación de los médicos de familia a la hora de recetar (Durante la primera mitad del siglo XVII, el rey había concedido merced de Real Botica, es decir, posibilidad de dispensación gratuita de medicinas, a todos los criados reales, tanto en activo como jubilados, así como a sus familiares y a numerosos conventos, monasterios y hospitales de Madrid.

Esto provocaba enormes gastos a la Hacienda Real y daba lugar a fraudes, lo que condujo al monarca, en 1647, a dictar unas severas normas encaminadas a controlar en lo posible este desembolso): se determinan las dosis máximas que pueden prescribir de ciertos medicamentos; sólo se recetará a criados reales a los que hayan visitado personalmente; en la receta se indicará la fecha completa, nombre, oficio y domicilio del criado e irán firmadas por el médico de familia correspondiente; se castigará al médico que no acuda con prontitud a la llamada de un criado enfermo y se confeccionarán unas listas de criados divididos por cuarteles, listas que se entregarán a los médicos y al boticario mayor (Estos Reales Decretos pueden consultarse en el AGP, sec. adm. leg. 645 y registro nº 515. Una copia del quinto Real Decreto, que hace referencia al aprovisionamiento de simples de la Real Botica, se encuentra en el Archivo General de Simancas (= AGS), Casa Real, Junta de Obras y Bosques, leg. 311, folio 113). Posteriormente, estos Reales Decretos pasarán a engrosar las etiquetas de palacio de 1647, formando las obligaciones que ha de cumplir un médico de familia (Doc. cit. en (12), ff. 78vº-80vº. Estas nuevas disposiciones provocan la queja de los médicos de familia, y su superintendente eleva un memorial al Bureo indicando la mala imagen que se quiere dar de sus subordinados. Incluso, los médicos de familia decidieron no servir, dado que tardaban mucho en cobrar sus gajes y no se confiaba en ellos. La respuesta por parte del superintendente de la Real Botica no se hace esperar, indicando que los Reales Decretos habían sido propuestos por el Protomedicato al rey. La queja de los médicos de familia no llegó más allá, pues el Protomedicato ejercía sobre ellos un poder absoluto, máxime cuando en sus manos estaba el ascenso de muchos de ellos a la ansiada categoría de médico de cámara. AGP. Sec. adm., leg. 429).

Los cirujanos al servicio real eran seis. Sus obligaciones eran las mismas que las de los médicos de familia, tal y como queda reflejado en las ordenanzas de 1647, primeras en las que se hace referencia de estos profesionales (Doc. cit. en (12), ff.80vº-82), si bien ya estaban al servicio real desde mucho antes.

Los sangradores eran tres, dos al servicio exclusivo del monarca y un sangrador del común, para todos los criados reales. Los sangradores del rey no podían abandonar la ciudad sin permiso expreso del mayordomo mayor y siempre debían estar preparados para cualquier desplazamiento real (Doc. cit. en (12), ff. 82-82vº). Las fuentes y escudillas para las sangrías del rey estaban en poder del barbero de corps y las vendas y cabezales se suministraban por el Guardarropa (Doc. cit. en (28), ff. 92-93). El sangrador del común tenía como obligación «sajar, sangrar y hechar ventosas» a los criados reales. Debía acudir siempre que se requiriese su presencia y, en su defecto, debía enviar a alguien de su confianza (Doc. cit. en (12), ff. 82vº-83).

Asistencia farmacéutica.

La asistencia farmacéutica en la corte española va a sufrir numerosas modificaciones a lo largo de los siglos XVI y XVII. Serán tres la figuras sanitarias englobadas en este apartado: el boticario, el destilador y el espagírico.

Boticarios reales.

Las primeras noticias sobre boticarios reales al servicio de los reyes españoles datan del reinado de los Reyes Católicos (El primer nombramiento oficial de un boticario real está fechado en 20 de junio de 1475, cuando Isabel y Fernando nombran a maese Jaime Pascual, boticario de origen aragonés, su boticario personal. El nombramiento tiene carácter vitalicio y se le asignará un sueldo de 4.200 maravedíes. Pascual asistirá tanto en la corte como en la organización de los servicios farmacéuticos en hospitales de campaña, en las fases finales de la Reconquista. ROLDÁN GUERRERO, RAFAEL. «Historia del cuerpo de farmacia militar del ejército español. Primera parte: Bosquejo de la farmacia militar española desde sus orígenes hasta finalizar el siglo XVII», Archivos Iberoamericanos de Historia de la Medicina, 1953, V (1), pp. 3-72), si bien hay que esperar hasta el reinado de su hija Juana la Loca para conocer con mayor detalle el sistema utilizado por los monarcas españoles a lo largo del siglo XVI. Este sistema parece ser el heredado de la Casa de Castilla y se empleará como tal entre los boticarios que servían a diversos miembros de la familia real, hasta la aparición de la Real Botica, en 1593.

Hasta 1561, fecha en que Felipe II fija su residencia en Madrid, el carácter itinerante de la corte marca las pautas de asistencia farmacéutica. Los boticarios reales eran profesionales con boticas propias instaladas en la villa o ciudad donde temporalmente residían los monarcas. Tenían un sueldo pagado por la Casa Real y debían abastecer de medicinas a todos los criados con sueldo fijo y derecho a botica que trabajaban para los reyes (La forma de dispensación era la siguiente: el médico real visitaba a los criados enfermos, diagnosticaba la dolencia y prescribía la medicación necesaria. La receta debía llevar el nombre del criado y la forma del médico. Con esta receta, el criado podía retirar las medicinas de la botica contratada, sin ningún tipo de coste. El boticario anotaba en un cuaderno la fecha de dispensación, la sustancia dispensada, el nombre del criado y el costo. Estos libros se presentaban mensual, cuatrimestral o semestralmente, dependiendo de lo establecido entre el monarca y el boticario, a los médicos de cámara, quienes comprobaban la fidelidad de los datos, y aprobaban su pago. Las cuentas así tasadas y aprobadas, pasaban al grefier y al contralor reales, encargados de hacer el pago correspondiente).

Una vez instalada la corte fija en Madrid, la asistencia farmacéutica real va a contar con las siguientes boticas: una en Palacio, destinada a dispensar los medicamentos necesarios para el rey y la familia real; otras dos en la villa de Madrid, llamadas boticas del común, encargadas de dispensar medicamentos a los criados reales. Estas dos boticas eran la botica de Su Majestad, para los criados de la Casa del Rey y la botica de Sus Altezas, creada en 1580, tras el fallecimiento de la cuarta esposa de Felipe II, que abastecía de medicamentos a los criados que servían a príncipes e infantes reales (La botica de Sus Altezas es heredera de la botica de la Reina, establecida para la reina Ana de Austria, última esposa de Felipe II).

Estas tres boticas estaban regentadas por una familia de boticarios de origen flamenco, los hermanos Arigón, quienes estuvieron al servicio de la Casa Real durante décadas (Las primeras noticias de estos boticarios datan de 1539, cuando el mayor de ellos, Juan de Arigón, es nombrado boticario del príncipe don Felipe. Desde 1561 regentará la botica de Palacio, elaborando los medicamentos para la familia real. Sus hermanos Rafael y José de Arigón también servirán a la corona: Rafael, como propietario de la botica de Su Majestad y José como boticario de la reina Ana y, posteriormente, boticario de Sus Altezas).

En los últimos años del reinado de Felipe II cambia el sistema de abastecimiento farmacéutico vigente durante todo un siglo. Los médicos reales consideran más apropiado prescindir de los servicios de los hermanos Arigón y crear una botica a cargo del monarca, en aposentos privados y cerrada al público. Surge así una nueva dependencia, la Real Botica, creada en 1594 y encargada de dispensar medicamentos en exclusiva a la corte. La plantilla de la Real Botica estaba compuesta por siete boticarios examinados y jerarquizados en un boticario mayor, tres ayudas y tres mozos de oficio. El ascenso se hacía por riguroso orden de antigüedad y la autoridad máxima era el boticario mayor quien, a su vez, estaba a las órdenes del sumiller de corps.

La Real Botica se instaló en dependencias palaciegas y contaba con jardines propios de donde abastecerse de hierbas medicinales, fundamento de la terapéutica de la época. Desde su creación estuvo sometida a una gran actividad, llegando a dispensar medicamentos a una comunidad aproximada de 6.000 personas (Todos los criados reales tenían derecho a botica, así como sus esposas e hijos solteros. Con el tiempo, los sucesivos monarcas concedieron merced de botica, es decir, derecho a dispensación gratuita, a diversas congregaciones masculinas y femeninas ubicadas en Madrid, así como a algunos colegios subvencionados por la Corona).

Destiladores reales.

Los primeros destiladores al servicio real aparecen en el último tercio del siglo XVI. Las prácticas destilatorias aplicadas a las medicinas son una consecuencia de la asimilación de las teorías de Paracelso y su novedosa concepción de la medicina. Felipe II mostró una especial predilección por el arte destilatorio y tuvo a su servicio a destacados especialistas, venidos de diversos territorios bajo el cetro del monarca, destacando el flamenco Holbeeck y el napolitano Giovanni Vicenzo Forte. Durante su reinado, funcionaron tres laboratorios de destilación: uno en Aranjuez (1564-1602), otro en Madrid (1579-1602) y un tercero en El Escorial (1588-1598). Los destiladores de Aranjuez y de El Escorial tenían como encargo preparar todos los destilados, usando como materia prima las plantas cultivadas en sus correspondientes jardines. Los destiladores instalados en la corte eran los encargados de recibir dichos destilados y prepararlos para la provisión anual de las boticas reales.

A partir de 1598, el destilatorio de El Escorial, situado en las dependencias de la botica del monasterio escurialense, pasa a manos religiosas y deja de abastecer al monarca. El destilatorio de Madrid se integra, en 1602, en las dependencias de la Real Botica y pasa a ser un lugar de almacenaje de los productos elaborados en el destilatorio de Aranjuez. Se crea el cargo oficial de destilador mayor, con residencia permanente en Aranjuez. Su obligación es hacer las aguas destiladas necesarias para el servicio real. No podía tener oficio privado ni vender aguas por su cuenta. Disponía de dos ayudas: uno en Aranjuez, encargado de ayudarle en todas las operaciones y otro en Madrid, en la Real Botica, encargado de recibir las remesas de aguas, cuidar de su buena conservación y avisar de las necesidades de aguas propias de cada época.

Espagíricos reales.

La terapéutica empleada en España a lo largo de la historia sufre un punto de inflexión en el siglo XVII. Los últimos años de esta centuria van a ser testigos de la polémica que enfrentará a renovadores y tradicionalistas, motivada por el atraso en que se encontraba la ciencia española (El proceso de renovación de la ciencia española y la pugna entre renovadores y tradicionalistas ha sido perfectamente estudiado por LÓPEZ PIÑERO, JOSÉ MARÍA La introducción de la ciencia moderna en España. Barcelona, 1969).

La última década del siglo contempla una nueva orientación en la medicina y farmacia de cámara practicada en el entorno de Carlos II, último monarca de la dinastía de los Austrias. Las taras congénitas de este rey, unidas a las tercianas crónicas que van minando su salud se suceden a lo largo de tres décadas sin que la medicina tradicional practicada por los médicos de cámara pueda ponerles remedio. Tras una crisis febril aguda, que puso en grave peligro su vida, Carlos II decidió dar un aire de renovación a sus servicios sanitarios y, en 1694, crea una nueva dependencia, el Real Laboratorio Químico (La creación y funcionamiento de esta institución durante los últimos años del siglo XVII ha sido estudiado por REY BUENO, MAR y ALEGRE PÉREZ, Mª ESTHER «El Real Laboratorio Químico (1693-1700)», Dynamis, 1996, 16, pp. 261-290). Al frente de esta dependencia va a estar el espagírico mayor, boticario examinado y conocedor de la espagiria, o modus operandi de obtención de los medicamentos químicos. Este nuevo cargo fue ocupado, inicialmente, por el boticario napolitano Vito Cataldo, quién fue sustituido en 1697 por el boticario aragonés Juan del Bayle. Ambos fueron expertos conocedores de la química del momento, si bien su actividad se vio constantemente entorpecida por los sectores más tradicionalistas de la medicina real.

COROLARIO.

En la actualidad, y gracias a los estudios que se están llevando a cabo en la antigua cátedra de Historia de la Farmacia de la Universidad Complutense de Madrid y en la Institución Milá y Fontanals de Barcelona, podemos tener un conocimiento algo más exacto de la forma en que se regulaba la asistencia recibida por los monarcas españoles durante la segunda mitad del siglo XVI y todo el siglo XVII. Este estudio es fundamental, pues eran los profesionales que servían a la familia real quiénes tenían en sus manos el control de la profesión a nivel nacional. Tras una primera aproximación a la organización sanitaria real, queda por realizar un estudio de la influencia que ejercieron los médicos y boticarios reales para la evolución de la ciencia española en una etapa tan rica en acontecimientos como es el período elegido.

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    25/10/2006

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    22/04/2009

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