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Discurso de Fidel Castro Ruiz, Sociedad Espeleológica de Cuba, 15 de Enero de 1.960.

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Distinguidos miembros de la Academia de Ciencias;

Compañeros espeleólogos;

Señoras y señores: 

Decía el compañero Núñez que esperaba verme hablando delante de este público selecto, constituido por personas interesadas en las cuestiones científicas e intelectuales; que me había oído hablar ante los obreros, los campesinos, ante el pueblo, y deseaba también o suponía que existía curiosidad por escucharme ante este auditorio.  Le faltó añadir su parte de responsabilidad en este apuro en que me estaba colocando. 

Hace aproximadamente dos o tres semanas, él me comunicó este acuerdo, o esta iniciativa -en la que supongo que él tendría una parte bastante considerable-, de nombrarme Socio de Honor de la Sociedad Espeleológica de Cuba.  Lo que no había supuesto era que los días transcurrieran tan rápidamente, y que, casi por sorpresa, de nuevo me comunicara hoy, después de un largo día de trabajo, que era el día del acto, que se conmemoraba el XX aniversario y que me iban a entregar mi diploma de Socio de Honor.  Es decir que venía a hablarle a este auditorio en la más desventajosa circunstancia. 

Afortunadamente, como no presumo ni de orador, ni de científico, ni mucho menos me voy a creer que tenga méritos para ser miembro, tenga méritos especiales, ni siquiera mínimos, para ser miembro de esta Sociedad, y que realmente veo en ello un gesto generoso y amable por parte de mis nuevos compañeros, vengo a expresar simplemente algunas ideas surgidas al calor del ambiente que reina en esta institución, y sobre todo, en el transcurso de las palabras del compañero Núñez Jiménez. 

Realmente, pocas veces lo había oído hablar como habló hoy: emocionado y emocionante.  Y en esta ocasión, pude todavía ver con más claridad, cómo la conducta de los hombres tiene raíces en el tiempo, tiene raíces en el pasado; y realmente, yo sabía del interés de Núñez por las cosas de Cuba:  su interés por la geografía, su interés por las cuevas, y en fin, por todas las cuestiones de nuestra naturaleza; pero, sin embargo, parece como que él hubiese reservado para esta ocasión esa historia tan sencilla, pero tan emotiva, tan sincera, y tan pura, de esta Sociedad, de la cual fue él uno de sus fundadores, y al propio tiempo, el trabajo que durante 20 años, calladamente y modestamente, han realizado. 

Sus propias palabras finales lo expresan con la mayor elocuencia, cuando afirmaba que en realidad este acto, por la historia de la sociedad espeleológica, era como una gran lección.  No podía menos que impresionarnos sus recuerdos de las primeras exploraciones; la lucha de siempre, esa lucha de siempre para todo lo que trata de crear algo, de innovar algo, de iniciar algo; esa lucha contra el prejuicio, contra la subestimación de los demás, contra la rutina, que hace pensar a muchos que todo esfuerzo es inútil o que está condenado al fracaso; esa lucha que ellos tuvieron que realizar contra los que creían que era un hobby más, un esfuerzo más, pero sin mayor trascendencia.  Las limitaciones de los recursos con que contaban, la historia de la primera cámara que tuvieron que adquirir, la historia de la escopeta, la historia de los campesinos, y en fin, todos esos hechos que por las circunstancias que de una u otra forma lo hemos vivido, que de una u otra forma están relacionados con nuestras vidas, nos impresionan profundamente. 

El decía, con mucha razón, que aquella primera cámara era algo realmente fuera del alcance de su economía, de ayer y de hoy.  Eso quiere decir que ni siquiera cuando los recursos del poder están en sus manos, puede decir que personalmente tenga una economía floreciente; pero sin embargo, mientras él hablaba así, yo pensaba en los frutos que los esfuerzos de aquel grupo de jóvenes están dando ya al país. 

Mirando la cuestión no solo desde el punto de vista científico, del enriquecimiento de nuestros conocimientos sobre nuestro propio país, sino incluso desde el punto de vista económico, el esfuerzo que aquel grupo de jóvenes realizó, puede decirse que está produciendo ya millones de pesos a la economía nacional.  Y por ejemplo, una de aquellas investigaciones, las investigaciones realizadas con las cuevas, fue lo que permitió la actual explotación del guano de murciélago, que está dirigida también por un miembro de esta Sociedad, y que constituye una fuente de millones de divisas todos los años. 

Es decir que aquel trabajo no solo fue útil en el orden científico, en el orden de la cultura nacional, sino que fue muy útil también en cuanto a nuestra economía; porque una gran parte de las iniciativas que nosotros hemos tomado en distintos lugares del país, fueron inspiradas en el conocimiento que los espeleólogos habían adquirido, no solo sobre cuestiones de cuevas o de grutas subterráneas, como muy bien explicó, sino sobre todas las cuestiones, sobre otra serie de puntos de la geografía nacional. 

Así, por ejemplo, nosotros estamos desarrollando hoy uno de esos cayos que, sin lugar a dudas, posee la playa más fantástica que pueda imaginarse.  Y llegamos allí precisamente por la curiosidad que nos despertó las narraciones que Núñez Jiménez nos hacía de Cayo Largo.  Nosotros fuimos a Cayo Largo porque Núñez Jiménez constantemente nos estaba brindando información sobre Cayo Largo.  Cayo Largo no lo conocía casi nadie en Cuba; realmente, nunca habíamos oído hablar de su playa maravillosa, y gracias a la insistencia del compañero Núñez Jiménez, que había invertido allí muchos días en exploraciones, como había hecho en otros lugares de Cuba, fuimos a Cayo Largo, y Cayo Largo está llamado a ser uno de los centros turísticos más importantes de Cuba. 

Gracias a la insistencia del compañero Núñez Jiménez fuimos a la Ciénaga de Zapata, y gracias a su interés por aquella región de Cuba, gracias a sus conocimientos de aquella región, se despertó el interés de todos nosotros por la Ciénaga de Zapata; y hoy la Ciénaga de Zapata se está convirtiendo, en el curso solo de unos meses, no solo en uno de los centros turísticos más bellos de Cuba, sino también en una de las regiones más ricas del país. 

Gracias a esos conocimientos de Núñez Jiménez, hemos explorado numerosos lugares del país que hoy se están convirtiendo en centros de riqueza para nuestra patria; gracias, en fin, a esa experiencia y a esos conocimientos que él, conjuntamente con sus compañeros, fueron adquiriendo durante años, por simple amor al conocimiento; por esa curiosidad de todo hombre intelectual de escrutar la naturaleza, de descubrir sus secretos, y tal vez también como una premonición, aunque lejana, de que algún día aquellos descubrimientos que ellos estaban realizando, habrían de ser muy útiles a la patria. 

Y nosotros estamos sacando el máximo provecho de esos conocimientos, y creo que una de las causas de la entrañable amistad que media entre Núñez Jiménez y nosotros, la causa por la cual marchamos juntos a casi todas las excursiones -aparte de la gran identificación ideológica que existe entre ambos-, está en el hecho de que por ser o por haber sido Núñez Jiménez un incansable explorador de nuestro país, es el mejor compañero para viajar a través de la isla, porque no hay una sola gruta, un solo río, un solo árbol, una sola montaña, una sola especie vegetal o animal, una sola laguna, una sola bahía, de la cual Núñez no sepa la historia, el período geológico en que se inició, los hundimientos que se produjeron para dar lugar a aquella bahía, que era un valle, o los levantamientos que se produjeron para dar lugar a las montañas, o dar lugar a las fallas; el efecto de la erosión sobre cada una de aquellas fallas, la edad de aquellas fallas por tener más o menos erosión, las distintas especies; en fin, toda una verdadera enciclopedia sobre conocimientos acerca de Cuba, y que gracias a los cuales el Primer Ministro ha podido ir instruyéndose de una manera amena y agradable sobre una serie de conocimientos acerca de la patria, y además, resarcirse un poco de los tiempos aquellos que de estudiantes hubimos de desperdiciar, en vez de dedicarlos al estudio de la geografía (APLAUSOS). 

En realidad, trataban de enseñarnos geografía, pero no sabían enseñarnos geografía.  Para muchos de los alumnos de mi tiempo -aun para los que éramos de naturaleza curiosa, de mente curiosa- la geografía resultaba una enumeración de cabos, de ríos, de picos, de penínsulas, de cayos, de puntas, de golfos; en fin, una enumeración monótona de accidentes de la naturaleza, sin que de veras se nos despertara el interés que las maravillas del mundo que encierra la naturaleza, es capaz de despertar, no ya en los niños, sino incluso hasta en los ancianos; porque geografía de Cuba hemos venido a aprender muchos de nosotros ahora.  Lo que habíamos aprendido de memoria, naturalmente que no tardaría en olvidarse; lo que habíamos aprendido mecánicamente, era lógico que fuese desapareciendo sin dejar huella alguna en nuestra mente.  Y fue después, cuando tuvimos que recorrer zonas enteras de la isla, nada menos que en una lucha de vida o muerte, desconociendo por completo aquella geografía; desconociendo aquellas montañas y aquellos ríos; cuando tuvimos sobre la marcha que aprender lo que no se nos había enseñado de niños, y aprender de la única forma que puede aprenderse, que es mediante esa experiencia personal que se adquiere en el contacto directo con la naturaleza, y realmente la geografía es algo que no puede enseñarse en un aula:  la geografía es algo que debe enseñarse sobre el propio terreno:  los ríos, en los ríos; las montañas, en las montañas; los árboles, en los campos; las cuevas, en las cuevas; los picos, en los picos; y en fin, sobre el propio terreno es como pueden adquirirse conocimientos verdaderamente útiles, conocimientos verdaderamente profundos e inolvidables.  Porque no hay comparación posible entre la idea que se trata de brindar a través de los textos y a través de las narraciones, y el concepto que se adquiere por la observación propia de los fenómenos de la naturaleza. 

Y esa debe ser también una de las lecciones de la historia de la sociedad espeleológica; y es que si se ha podido escribir una geografía, no solo la enumeración fría y metódica de los accidentes de la naturaleza, sino de los seres que moran en esa naturaleza, porque aquí se acostumbraba a enseñar una geografía fría como si el planeta Tierra estuviese deshabitado, como si en el planeta Tierra y en los picos y en los valles no morasen seres humanos; una geografía que por algún interés, por algún interés egoísta, por alguna causa social poderosa, estaba divorciada de otro elemento esencial y primordial y que es el centro precisamente de ese escenario, que es el hombre; gracias a los esfuerzos de ese grupo de jóvenes se pudo escribir una geografía que no estuviese divorciada del hombre, que no estuviese divorciada del guajira Mamerto, que no estuviese divorciada del bohío, que no estuviese divorciada de la familia, que se le enfermaba un hijo y tenía que vender la única vaquita para poderle brindar precaria asistencia médica (APLAUSOS). 

Es decir, una geografía también humana.  Se nos enseñaban los accidentes de la naturaleza, pero no se nos enseñaban los tremendos accidentes de la humanidad; se nos enseñaban las fallas de la naturaleza, pero no se nos enseñaban las fallas de la sociedad humana; se nos enseñaban los desniveles, los grandes desniveles de la naturaleza, de la tierra, mas, no se nos enseñaban los grandes desniveles de la sociedad humana; se nos enseñaban los picos de la sociedad, pero no se nos enseñaban los pantanos de la sociedad; se nos enseñaba que había una Ciénaga de Zapata, pero no se nos enseñaba que había mucha ciénaga social también en nuestra patria.  Y que la tarea no era solo de orden material, sino que era también fundamentalmente una tarea de orden humano.  Y si es interesante la geografía, porque es el escenario donde vive el hombre, el hombre tiene que ser necesariamente más interesante todavía que la propia naturaleza donde vive.  Y del hombre se nos enseñaba muy poco, de los problemas sociales se nos enseñaba muy poco, porque en las escuelas, y sobre todo en las escuelas donde van a estudiar los privilegiados fundamentalmente, se le ocultaba al joven la verdad humana; se le ocultaba al joven -donde se le trataba de enseñar memorísticamente una serie de accidentes naturales-, los accidentes de la realidad social de nuestro pueblo. 

Y es por eso, como si esta época fuera algo así como un amanecer, como un despertar de conciencia, donde el pueblo  empieza a ver con claridad una serie de hechos y de verdades, que casi asombra que no fuesen evidentes para todos nosotros.  Y el mérito grande de los jóvenes que se dedicaron a esa tarea, en medio de aquel ambiente, de aquel ambiente asfixiante del pasado, donde actividades como estas no recibían el estímulo de nadie, donde otros afanes innobles y otros estímulos distraían las energías de la mayor parte de nuestro pueblo y distraían el pensamiento de nuestros intelectuales; el mérito grande de aquel grupo de pioneros estaba en que sentían no solo la curiosidad y el interés por las cosas de la naturaleza, sino también por las cosas humanas, y esto mismo es la explicación de las persecuciones que sufrieron después, el porqué de las persecuciones.  Y movían verdaderamente a risa la lectura de esos documentos; y a todos nos hizo reír esos escritos falseados, esas acusaciones ridículas, esas mentiras que se escribieron simplemente para perseguir la verdad, para clausurar un libro, o confiscar un libro, o secuestrar un libro que decía la verdad; para clausurar una sociedad que investigaba la verdad; para perseguir la verdad dondequiera que tuviese la menor posibilidad de relucir. 

Y cuando hoy aquí ustedes escuchaban la lectura de esos documentos se reían, porque no puede uno menos que reírse ante el contraste hoy evidente de la realidad y de las cosas que ayer se escribían, y se escribieron con sangre, porque esos documentos no fueron documentos inofensivos, sino que fueron documentos que costaron vidas valiosas de jóvenes, que de otra forma estarían aquí hoy junto a nosotros, que de otra forma estarían prestándoles servicios a su patria y a su Revolución. 

Mas, cuando ustedes se reían, yo me preguntaba:  ¿Por qué ríen?, ¿por qué ríen?, si hoy está pasando exactamente igual.  ¿Por qué reírnos de lo que ayer se escribía trágicamente, cuando hoy, trágicamente para la patria, se pretenden escribir mentiras similares y se pretende de una manera similar acusar a nuestra Revolución, confundir a la opinión, para justificar algo peor todavía:  para justificar el crimen -no ya de un individuo-, el asesinato -no ya de un grupo de jóvenes-, sino incluso, el asesinato de un pueblo entero...?  (APLAUSOS.) 

Porque, ¿es que acaso no hay traidores hoy, como los hubo ayer?, ¿es que acaso no hay delatores hoy, como los hubo ayer?

Repugna verdaderamente, hoy, que aquella etapa de la Revolución pasó, leer lo que escribieron con esa cobardía y con esa desvergüenza, los que un día fueron miembros, compañeros, acusando a otros compañeros en el seno de esta sociedad. 

Ayer hicieron de manera natural y cínica lo que hoy a todo el mundo le parece una monstruosidad; monstruos merecen ser calificados los que de tal manera actúan, los que de tal manera se degradan y tratan de hacer daño a los demás; monstruos, los que tan irresponsablemente llevaron a la muerte a los que un día fueron compañeros en la investigación de la verdad; monstruos que nos parecen hoy, pero que merecen recordarse hoy, porque hoy también hay monstruos que si no los vemos hoy con la claridad que vemos a los monstruos de ayer, ya los veremos con meridiana y absoluta claridad mañana, cuando también esta etapa que tiene desertores, que tiene traidores -pero traidores peores-; porque los traidores de ayer iban a hablarles a los oídos de los esbirros, y los traidores de hoy van a sembrar la cizaña y la insidia, y van a hablarles a los oídos de los extranjeros. 

Van a hablar de la patria y a promover contra la patria la agresión del extranjero; esos escribieron para el SIM y hoy los que escriben, escriben para gobiernos extranjeros, escriben para intereses extranjeros y escriben para hacer posible -a fin de salvar sus privilegios- cualquier agresión contra su patria, y no me faltan fundadas esperanzas para pensar que algún día, cuando las cosas sean más claras para todos, cuando los problemas sean más evidentes para todos, cuando hayamos atravesado esta etapa de hoy, que algún día también se anatematice en el seno de esta Sociedad, en el seno de esta institución científica, a los hombres que hoy están escribiendo páginas tan vergonzosas como las que hoy llenaron de repugnancia a este auditorio. 

Porque lo que no podemos ignorar es que se trata de una nueva etapa en la lucha; de que la lucha no ha cesado; de que aquella etapa en que se perseguía a los miembros de esta Sociedad; de que aquella etapa en que se amordazaban las ideas, en que los cuerpos represivos campeaban por su respeto en nuestra patria, esos días de persecución que sufrió la sociedad espeleológica no constituye sino una etapa; la etapa de la lucha contra las fuerzas que lo maniataban e impedían su progreso, de las fuerzas nacionales.  Y que hoy, fuerte como es la Revolución en el seno del país, fuerte como es la Revolución en la conciencia del pueblo y en el respaldo de la mayor parte de la ciudadanía, estamos en la etapa de lucha, en que los factores más influyentes no son precisamente factores nacionales, en que los factores más influyentes son factores extraños a la nación y que todo lo más, los que hoy se mueven, se mueven como aliados de fuerzas más poderosas, que son fuerzas antinacionales. 

Es decir que aquella etapa de lucha pasó; pero, ¿quién dice que la lucha ha pasado para nuestro pueblo?, ¿quién dice que nos permitirán disfrutar tranquilamente de las conquistas logradas, que nos permitirán realizar tranquilamente nuestros sueños de justicia?, ¿quién dice que nos permitirán disfrutar tranquilamente de nuestras riquezas y de nuestro esfuerzo?, ¿quién puede decir que van a dejar que nuestro pueblo avance tranquilamente por el camino que se ha trazado? 

Si en definitiva sería una ilusión creer que hemos arribado ya a esa etapa en que los pueblos suelen considerarse libres de peligro, cuando en definitiva...  -y aquí a nuestro lado está un verdadero maestro de nuestra historia, Roig de Leuschsenring (APLAUSOS), que ha escrito la historia de los esfuerzos de nuestra nación durante más de un siglo por ser una nación libre, por ser una nación soberana, donde pudiese desarrollarse un pueblo libre y feliz.  ¿Y qué ha sido nuestra historia, sino la lucha contra los factores nacionales y extranjeros, que han impedido esa justa aspiración de nuestra nación?  ¿Qué ha sido la historia de los últimos 100 años, sino la historia de esas luchas, de nuestros esfuerzos, de nuestros triunfos y de nuestros fracasos?  ¿Por qué pensar que al cabo de más de un siglo, apenas iniciados los primeros pasos por un sendero de soberanía plena y de libertad plena, nos iban a dejar marchar tranquilamente por ese camino, si durante un siglo poderosos factores han estado conspirando contra ese ideal de nuestra nación? 

Luego, la historia misma nos enseña que nosotros hemos recién salido de una etapa de lucha para entrar en otra etapa de lucha; que nosotros hemos dado un paso hacia adelante, pero que para mantenernos y avanzar tenemos que seguir luchando.  Y es bueno que todos nos despojemos de esos espejismos engañosos que hacen a veces creer a algunos que la meta es una meta fácil, y de que todo ha culminado felizmente en una etapa sin problemas.  Y claro, algunos admiraron o admiraban a los revolucionarios, por los obstáculos que tuvieron que enfrentar, por la fe que tuvieron en el triunfo, por la empresa difícil que habían llevado adelante, cual si la empresa difícil hubiese concluido, cuando en realidad eran de admirar los revolucionarios, más que por la empresa difícil que habían realizado, por la empresa más difícil todavía que emprendían. 

Y así, si esto es cierto, bueno es que constantemente estemos sacando las lecciones, porque esos mismos que escribían al SIM, son los que hoy escriben a Washington; esos mismos que aquí se prestaban a delatar a sus compañeros, son los mismos que si mañana un invasor extranjero osara hollar nuestra tierra, se pondrían al servicio de ese invasor extranjero para delatar a sus propios compatriotas; esos mismos son quienes tienen la misma calaña moral, los que hoy tratan de invocar la ayuda del extranjero.  Y esas lecciones que fueron tan amargas, tan amargas, que en el camino todos perdimos muchos compañeros queridos, que en el camino perdió la patria muchos valores, fueron lecciones demasiado costosas para que el pueblo no saque de ellas todas las conclusiones necesarias. 

Hoy este acto es como un minuto de recuento.  Fue para el compañero Núñez Jiménez un minuto de hermoso recuento, con esa belleza que tienen las cosas del pasado cuando para realizarlas se han tenido que vencer increíbles obstáculos.  Pero debe ser también un minuto de pensamiento hacia el futuro, un minuto de meditación para sacar del pasado las lecciones que nos han de ser útiles en el tiempo presente y en el futuro.  Hoy, era un minuto de aliento, porque mostraba cómo cuando parecen más difíciles las metas, cuando parecen más lejanas, sin embargo, cuando se lucha y se persevera, son metas posibles. 

Por eso, nosotros, que hemos atravesado los tiempos difíciles de ayer, que vivimos incluso los momentos en que muy pocos creían, somos hombres que nos presentamos conscientes, sí, de las realidades; conscientes de los esfuerzos que hay que realizar, pero hombres también optimistas; hombres de fe; hombres que tenemos la seguridad de que por grandes que sean los obstáculos sabremos vencerlos.  Porque eso nos ha enseñado precisamente la vida, eso nos ha enseñado la vida a hombres que por distintos caminos marchábamos hacia esta convergencia de hoy; idealistas que en el camino se han ido juntando; soñadores que en el camino se han ido juntando; porque no es extraño, sino lógico, que hombres que llevan en sí el mismo temperamento rebelde, la misma sensibilidad humana, el mismo amor a su patria, se vayan juntando en el camino. 

Y así, por ejemplo, hace 10 ó 12 años nadie, ninguno de nosotros, habría podido imaginarse los hombres que hoy estamos aquí reunidos, pero sin embargo, había una circunstancia.  Allá por el año 1945 ó 1942, Núñez Jiménez y un grupo de jóvenes fundaban la sociedad espeleológica y escalaban el Pan de Guajaibón. 

Allá más o menos por la misma fecha, un grupo de jóvenes por otro lado, guiados también por ese mismo deseo de contacto con la naturaleza, por ese mismo deseo de descubrir la naturaleza, nos reuníamos también y escalábamos el Pan de Guajaibón.  Allá más o menos por la misma fecha, por aquella década, sin esa oportunidad de poder llevar adelante esos afanes a través de un esfuerzo metódico o de carácter científico, guiados por el mismo impulso, escalábamos picos y tratábamos también de descubrir las cosas de nuestra naturaleza. 

Es decir que por distintos caminos y en distintos ambientes, por ejemplo, Núñez y yo hacíamos cosas similares.  El lo hacía ya con ese afán científico que lo caracterizó desde la adolescencia.  Yo lo hacía quizás con cierto afán de alpinista que me caracterizaba también desde la adolescencia.  Y así, él por un lado exploraba el Pico Turquino, mientras que nosotros, por otro lado, tratábamos de explorar también el Pico Turquino.  Y desde luego, entrando en el terreno de las anécdotas, yo recuerdo que no pude subir el Turquino, precisamente por haberse descompuesto la embarcación que nos llevaba desde Santiago de Cuba hasta la zona de Ocujal; pero nosotros también habíamos preparado nuestra excursión al Pico Turquino, y bien recuerdo otra excursión frustrada en aquella ocasión a la Ciénaga de Zapata, con la cual a un grupo de nosotros nos tuvieron embullados durante varios meses, y que al fin no se pudo realizar. 

Núñez exploraba los Pinares de Mayarí, y nosotros, por otro lado, explorábamos también los Pinares de Mayarí.  Y así, esa tendencia, esa inclinación hacia la naturaleza, ese fervor por la naturaleza, fue lo que nos hizo concebir que en la naturaleza estaban precisamente nuestras ventajas en la lucha, que en la naturaleza estaba nuestra aliada en la lucha y que nosotros podíamos convertir la naturaleza en nuestra más formidable fuerza, en nuestro mejor instrumento de lucha, porque fue la naturaleza y solo la naturaleza, lo que hizo posible con su fuerza tremenda, el que nosotros, virtualmente sin recursos de ninguna índole, prácticamente de la nada, pudiéramos crear la fuerza combativa que hizo posible aquello que parecía tan difícil, como era lograr erradicar para siempre de nuestra patria aquella fuerza llamada ejército, que era el poder determinante en la vida nacional, desde los primeros tiempos de la república, conjuntamente con factores extranjeros que fueron los que decidieron en todo momento de nuestra llamada historia republicana, los destinos de nuestro país. 

La ayuda de la naturaleza fue lo que hizo posible vencer esa fuerza; la ayuda de la naturaleza fue lo que hizo posible el que la patria se pueda erguir hoy enteramente soberana y libre, sin claudicaciones y sin vacilaciones; sobre todo, sin miedo, frente a cualquier poder extranjero que intente continuar decidiendo en los destinos de nuestro país (APLAUSOS). 

Y eso lo logramos con la ayuda de la naturaleza, porque tuvimos la fortuna de descubrir en ella la fuerza necesaria; y eso es algo que me vincula a los compañeros, a los compañeros buenos que supieron fundar, mantener y llevar adelante esta sociedad espeleológica.  Quizás por esas circunstancias es por lo que ellos consideraron que tenían alguna justificación para iniciarme en esta Sociedad; pero más que un miembro o un socio de honor, debo ser incluido en la categoría de un aprendiz de honor a espeleólogo.  Y, naturalmente que lo voy a tomar en serio, y voy a tratar de convertirme en un espeleólogo, porque realmente, mientras más vamos conociendo a nuestra patria, más nos vamos enamorando de ella. 

Desgraciadamente, los cubanos no conocíamos a Cuba, y era porque en definitiva los cubanos no veían a Cuba como algo propio; a los cubanos no se les enseñó a amar a Cuba, a los cubanos más bien se les enseñó a menospreciar a Cuba:  a los cubanos no se nos abrió esa maravilla que es Cuba, esa maravilla que hoy van descubriendo los cubanos a medida que dejan de ir pensando en ir a la Florida, o en ir a New York, o en ir a París, para ir al Valle de Viñales, a Soroa, a la Gran Piedra o a la Ciénaga de Zapata.  Es decir que los cubanos como pueblo, empiezan a realizar la faena que un grupo selecto de compatriotas realizaron como pioneros, porque soy testigo de las exclamaciones de admiración de los cubanos ante el espectáculo que les brindan muchos de nuestros paisajes; y sobre todo, esa exclamación de quien se asombra de su ignorancia acerca de su propio país, de quien se asombra de saber que existían en su patria tales maravillas. 

Soy testigo, porque me he encontrado con muchas personas que por primera vez han acudido a esos lugares.  Y así se está produciendo el descubrimiento colectivo de Cuba por los cubanos, a quienes les habían ocultado las verdades de su patria y las bellezas de su patria, para enseñarles las mentiras del extranjero y las playas y los paisajes del extranjero; porque del extranjero nos enseñaron hasta la mentira, ¡hasta la inconcebible mentira de que nos habían hecho libres, de que nos habían dado la libertad!  (APLAUSOS PROLONGADOS).

¡De que nos habían dado la libertad, quienes nos la habían arrebatado; de que nos habían dado la libertad, los que hoy más tratan de arrebatárnosla! 

Por eso, el trabajo de Núñez Jiménez y sus compañeros no fue solo un trabajo científico, fue también un trabajo humano, y fue, sobre todo, un trabajo revolucionario.  Hoy, en la patria nueva, en la patria verdaderamente libre, los científicos, los investigadores, tienen todas las oportunidades, sobre todo, la gran oportunidad de que cada una de las cosas que realicen, cada uno de los esfuerzos que hagan, van a beneficiar directamente a su pueblo y a su patria. 

Hoy tienen la satisfacción de saber que hay un gobierno revolucionario que busca la verdad, que necesita de los científicos, que necesita de los investigadores; porque es el minuto en que todas las inteligencias tienen que ponerse a trabajar, en que todos los conocimientos no son suficientes para la obra que se realiza y son necesarios más conocimientos:  y así, el científico, como el artista, tiene hoy el escenario ideal donde su inteligencia y su talento pueden encontrar desarrollo pleno en busca de la verdad y del bien, porque ha entrado la patria por el sendero de la verdad, porque ha entrado la patria por el sendero de la justicia, por el camino donde no se persigue la inteligencia sino que se le estimula y se le premia:  ha entrado la patria por el camino en que es necesario que todos nos pongamos a estudiar y nos pongamos a investigar, por el camino en que, no un grupo selecto, sino la juventud en masa se dedique a investigar nuestras grutas, a escalar nuestras montañas, a explorar nuestros valles, porque hoy, lejos de encarcelar al que escale una montaña, se estimula y se honra al que escale una montaña; lejos de mirar con suspicacia, con la suspicacia de aquellos que temen a la naturaleza, porque ven en la naturaleza la fuerza que pueden destruirlos, ven por el contrario en la naturaleza la fuerza aliada; ven en la juventud que escala montañas, en la juventud que explora los caminos y los montes, en la juventud que explora las grutas, la juventud que busca el contacto con la naturaleza y la alianza con la naturaleza, que será la eterna aliada de nuestro pueblo; porque solo los intereses egoístas, solo los privilegios pueden estar divorciados de la naturaleza, porque son precisamente antinaturales; pero la justicia, la idea del bien, la idea del progreso, tienen que estar necesariamente aliadas a la naturaleza, porque son cosas que concuerdan. 

Por eso nosotros, para combatir aquellos intereses que tiranizaban a nuestra patria, fuimos a buscar la ayuda de la naturaleza:  por eso nosotros, cuando tengamos que defender la patria, iremos también a buscar la naturaleza; por eso vemos con buenos ojos que los jóvenes se entrenen escalando montañas; y vemos con buenos ojos que los jóvenes exploren las grutas, porque las montañas y las grutas, enemigas de los intereses antinaturales, son amigas y aliadas de los intereses naturales de los pueblos. 

Y como la justicia es el ideal natural de todo pueblo, la naturaleza será también siempre nuestra fuerza; por eso hay que buscar nuevos espeleólogos, hay que despertar el interés de nuestra juventud para que investigue, para que conozca, para que se entrene, ya que esos conocimientos tienen valor en todos los órdenes; porque una cueva no es solo útil desde el punto de vista científico o desde el punto de vista turístico, o desde el punto de vista económico:  una cueva también es útil desde el punto de vista militar.  Por eso perseguían a Núñez y a sus compañeros cuando exploraban las cuevas. 

Pero los cubanos tenemos que tener un conocimiento cabal de cada gruta y de cada cueva; los cubanos debemos tener un conocimiento cabal de cada montaña, de cada valle, de cada arroyo, de cada accidente del terreno, de cada árbol; es decir que tenemos que conocer nuestra naturaleza, e identificarnos con ella, porque esta es nuestra tierra, este es nuestro suelo, y tenemos que hacernos la idea de que nuestra tierra y nuestro pueblo son una sola cosa y que nuestra tierra no se puede dominar sino al precio de tener que eliminar también a su pueblo.

Identificar al joven, identificar al pueblo con su tierra, es identificarlo con la Revolución, identificarlo con la justicia, identificarlo con su destino que es precisamente el destino de un pueblo que quiere trabajar y que quiere disfrutar del escenario y de la riqueza de la tierra donde vive. 

Así que nosotros tenemos que convertir a la gente joven, tenemos que despertar en ellos esta actividad y ojalá que en los años venideros crezca la sociedad espeleológica y crezcan nuestras instituciones científicas; ojalá que legiones de cubanos se sumen.  Hoy todavía es un círculo reducido el círculo de los investigadores, porque las circunstancias le dificultaron el camino a la inteligencia. 

El futuro de nuestra patria tiene que ser necesariamente un futuro de hombres de ciencia, tiene que ser un futuro de hombres de pensamiento, porque precisamente es lo que más estamos sembrando; lo que más estamos sembrando son oportunidades a la inteligencia; ya que una parte considerabilísima de nuestro pueblo no tenía acceso a la cultura, ni a la ciencia, una parte mayoritaria de nuestro pueblo.  Era una riqueza de la cual no podía nada esperarse porque no tenían la oportunidad.  Y así, siendo la mitad de nuestra población rural, solamente el 5% de los niños campesinos llegaban hasta el 5to grado. 

¡Cuántas inteligencias se habrán desperdiciado en ese olvido!  ¡Cuántas inteligencias se habrán perdido!  Inteligencias que hoy se incorporarán a la vida de su país; inteligencias que hoy se incorporarán a la cultura y a la ciencia, porque para eso estamos convirtiendo las fortalezas en escuelas; para eso estamos construyendo ciudades escolares; para eso estamos llenando la isla de maestros, para que en el futuro la patria pueda contar con una pléyade brillante de hombres de pensamiento, de investigadores y de científicos. 

Ustedes, que han sido los pioneros, verán cómo algún día no lejano, empiezan a cosecharse los primeros frutos de la semilla que hoy estamos sembrando para que deje de ser la cultura, deje de ser la universidad, lugar donde solo tiene acceso una parte de nuestro pueblo, para que todo nuestro pueblo tenga acceso a ella.  Por eso, nosotros consideramos que el mejor sistema es aquel que le brinda la oportunidad de ir a la universidad, no al privilegio sino a la inteligencia.  Y así pensamos organizar las escuelitas en los campos y así pensamos organizar los centros secundarios de enseñanza rural y así pensamos organizar las ciudades escolares, de manera que los niños más inteligentes, los más inteligentes de cada escuela, tengan oportunidad de llegar a las universidades y tengan oportunidad de escalar los lugares más destacados de nuestra cultura. 

Así que lo que esperamos de ustedes es que nos ayuden.  Lo que esperamos de ustedes es que continúen trabajando, porque Cuba necesita de ustedes mucho; Cuba necesita mucho de los hombres de pensamiento, sobre todo de los hombres de pensamiento claro, no solo hombres que hayan acumulado conocimientos; hombres que pongan sus conocimientos del lado del bien, del lado de la justicia, del lado de la patria, porque vivimos en estos momentos en que el papel del pensamiento es excepcional, porque solo el pensamiento puede guiar a los pueblos en los instantes de grandes transformaciones y en los momentos en que se emprenden grandes empresas como esta que está llevando adelante nuestro pueblo. 

Y entre los hombres de pensamiento hay que librar la batalla, entre los hombres de pensamiento hay que formar la legión que brinde los recursos de su inteligencia a la Revolución en esta hora, porque hombres hay que han acumulado pensamientos, pero no los emplean sino en beneficio de sus propios intereses, no los emplean sino egoístamente, y necesitamos hombres de pensamiento que lo empleen en bien de los demás.  Y si en definitiva han tenido el privilegio, por la naturaleza o por las circunstancias, que les permitieron adquirir luces que les sirvan para comprender mejor nuestros problemas, para ver más claras las cosas; porque he aprendido bien que los problemas de nuestro país son tan evidentes, que el que no los entiende es porque no quiere, el que no los ve, es porque no los quiere ver. 

Y aquí realmente no hay equivocados; entre los hombres de pensamiento no hay equivocados; equivocados pueden haber entre los analfabetos, que sin embargo están viendo más que nunca; equivocados podrían haber entre los que no tuvieron oportunidad de ir a la escuela, pero hoy, cuando hasta el guajiro que no sabe leer ni escribir conoce los problemas de la Revolución, sabe cuáles son sus intereses y sabe de qué lado se debe situar, en instantes como estos, el hombre de pensamiento que se sitúe contra la Revolución no es un equivocado, sino un enemigo consciente de la justicia, un enemigo consciente de los intereses de su pueblo, un enemigo consciente de su patria, porque no puede haber equivocados. 

Los hombres que han adquirido un grado determinado de cultura comprenden los problemas políticos, económicos y sociales de nuestro pueblo y si se sitúan contra la Revolución, no lo hacen por error, sino porque puestos en la disyuntiva de ponerse junto al pueblo o junto a intereses y minorías privilegiadas; puestos en la disyuntiva de ponerse junto al pueblo, a los intereses del pueblo, o junto a los intereses personales, egoístamente escogen el camino de sus intereses o el camino de los intereses de minorías privilegiadas. 

Por eso, frente a los que claudican, frente a los desertores de la verdad, frente a los que hacen, como hacían estos que escribían cartas al SIM que delataban ante los cuerpos represivos a sus compañeros; desertores de la verdad, traidores al pensamiento; frente a esos que en esta hora se deciden del lado del mal y del lado de los intereses, necesitamos, entre los hombres y las mujeres de pensamiento, de aquellos que hicieron lo que hicieron Núñez Jiménez y los demás miembros buenos de la sociedad espeleológica, que perseveraron, que resistieron, que se mantuvieron junto a la verdad, para tener la infinita satisfacción de este minuto reparador, de este minuto alentador, de este minuto emocionante, que es como si en este minuto se comenzaran todas las amarguras y todos los sufrimientos pasados. 

Así, este ejemplo debe enseñarnos que estamos viviendo en esta hora y que en esta hora tendremos también los desertores, como tendremos los hombres leales, pero con el conocimiento de que los hombres que perseveran, los hombres que resisten, los hombres que defienden una causa justa y saben llevar adelante esa causa, vencen. 

Y así también, hoy estamos empezando; mañana, después de un recuento como el que hoy hicieron, mañana, después de un recuento más largo, los hombres leales, los hombres que sobrevivan -porque mañana, como ayer, quizás también tengamos que lamentar bajas-, mañana los hombres y las mujeres leales volverán a reunirse; mañana los hombres de pensamiento que se pongan junto a la dignidad y junto a la verdad, volverán a reunirse a hacer el recuento, y nuevamente como hoy, Núñez Jiménez, él u otros compañeros, volverán a hacer la historia, porque de una cosa podemos estar seguros y es que estamos empezando, y de otra cosa podemos estar seguros y es que llegaremos también a la meta.  (OVACION).

  • Alta el

    11/01/2006

    Modificado el

    07/10/2011

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