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La ética y el código deontológico de la profesión.

  • La hospitalidad en sí misma necesita de un cierto orden y concierto en su ejercicio.

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  • Autor

    Edith Pardo San Martín

  • Fuente

    V Congreso Internacional de Protocolo (Madrid, febrero de 2004

 

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Buenos días. Me siento muy honrada y agradecida por haber sido invitada para participar en este prestigioso Congreso y poder acercar algunas simples reflexiones sobre la Ética en nuestra profesión.

Qué difícil resulta hablar de este tema en estos tiempos en los que los valores y las virtudes parecen más utopías que realidades.

Qué difícil es reflexionar y meditar sobre Filosofía y Ética cuando hemos comenzado un nuevo año con 70 conflictos en todo el globo, setenta choques de voluntades entre personas…

Y siendo que nuestro día a día se desarrolla precisamente relacionándonos con personas, quiero compartir con todos ustedes cómo comencé a pensar y escribir sobre la visión ética de nuestra profesión. 

Sucedió cuando,  durante el desarrollo de una clase una de las alumnas hoy eficiente colaboradora en APCRA, me preguntó "Profesora, ¿qué es ser ceremonialista?". Puedo asegurarles que en ese instante me sentí identificada con la madre de Mafalda, la inolvidable tira cómica de Joaquín Lavado, "Quino".

¿Cuál fue mi respuesta? Luego de comprometerme a profundizar en el tema para la siguiente clase, expliqué que un ceremonialista es en primer lugar una PERSONA con sus defectos y virtudes, con dolores y pasiones, con alegrías y tristezas como el resto de la humanidad pero con un don especial: trabajar con y para otras personas.

Acaso, ¿no se nos ha enseñado en nuestra preparación profesional a ser buenos anfitriones? Quienes disfrutamos de la docencia ¿no transmitimos el mismo concepto? Vale decir que un ceremonialista ES UNA PERSONA educada en la virtud de la hospitalidad habiéndola adoptado como filosofía de vida.

Por otra parte, la hospitalidad en sí misma necesita de un cierto orden y concierto en su ejercicio: resulta de sentido común que dicho orden debe estar presente para poder así dar a cada persona recibida el lugar, la honra y el trato de acuerdo a su condición y también a sus necesidades.

Para proseguir en esta línea de pensamiento, no nos bastan las definiciones lingüísticas, ya que hospitalidad para la Real Academia "es una virtud que se ejercita con peregrinos, menesterosos y desvalidos, prestándole la debida asistencia a sus necesidades".

El concepto de hospitalidad para nuestra profesión, va mucho más allá de la escueta definición mencionada y abarca un sinfín de situaciones y personas que van desde aquel encumbrado personaje que debe ser recibido hasta aquel otro que se gana el pan asistiendo al anterior.

Queda dicho más arriba que el ejercicio de la virtud de la hospitalidad necesita de un cierto orden.

De inmediato surgirán aquí reparos para algunos acerca del uso de esta pequeña y corta palabra. En efecto, "orden", ¿pero qué orden? ¿Es acaso que lo bueno y lo bello ya está creado y toca al hombre no separarse de ellos, antes bien buscarlos con todo afán? ¿O será al hablar del orden que el mismo resulta de una convención, en el mejor de los casos resultado de algo que difusamente llamamos "cultura", y que no es más que una estructuración jerárquica de un orden de valores arbitrario?.

No es el momento ni el lugar apropiado para dirimir tales interrogantes, que por otra parte dividen a la humanidad desde hace muchos años.

Solamente es necesario convenir, con aquellos partidarios del Orden Natural, y también con aquellos que pregonan el orden como mero resultado de una cultura consensuada, que nuestra profesión necesita del mismo, se guía por él y en el ejercicio de la virtud de la hospitalidad hasta puede y debe compatibilizar distintos "órdenes" resultantes de otras tantas culturas.

Habiendo llegado a este punto, no está de más recordar qué es una virtud.

Los griegos del siglo de oro, ya definieron la misma como aquella disposición habitual de la voluntad que facilita la realización de actos buenos.

Adviértase que la virtud opera sobre nuestra voluntad y le facilita el camino toda vez que adquirimos una habitualidad en el hacer. Esto quiere decir que la virtud no se adquiere súbitamente, sino por medio de la repetición de ciertos actos, de los cuales los primeros nos demandarán mayor esfuerzo que aquellos que les sigan.

Por otra parte, es también importante subrayar el hecho de que los actos deben buscar el bien, de lo contrario estaríamos formando nuestra voluntad para el vicio. Y que esto es exactamente el vicio: una disposición de la voluntad que nos facilita el camino para realizar aquello que nos hace mal a nosotros u a otros, cada vez más fácilmente.

Queda pues establecido que la virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien, que permite a la persona no sólo realizar actos buenos sino dar lo mejor de sí misma a través de acciones concretas y… ¿quién es el destinatario de esas "acciones concretas"?: el otro, las otras personas, teniendo en cuenta que cada persona es portadora de valores y de recursos que escapan a la observación superficial, cada una es artífice de un proyecto cuyo desarrollo sigue itinerarios propios condicionados por factores actuales y factores del pasado.

Ahora bien, quiere decir que la hospitalidad ¿se practica por sí sola o debiera existir la concurrencia de otros factores? Como respuesta, puedo asegurarles que no se trata de hacer magia ni de ponerse el traje de hospitalidad, ser hospitalarios supone de nuestra parte una práctica continua y un ejercicio constante de otras virtudes que veremos en algunos instantes desarrolladas en el "Listado de virtudes mínimas del ceremonialista".

La hospitalidad está íntimamente ligada al "saber ser" y éste al "saber estar y saber hacer". El conocimiento interior –el saber ser- tiene que volcarse en una finalidad relacional, en la construcción y fortalecimiento de las relaciones interpersonales. En efecto, extendiéndonos hasta lo íntimo de nosotros, purificando las motivaciones, ejerciendo una reconciliación con lo negativo, administrando cuidadosamente la dimensión emocional... podemos obtener un modo nuevo de ser cuya finalidad apunta al "saber estar y hacer".

El profesional del ceremonial debe tener muy en cuenta que estos conceptos están íntimamente ligados con la vieja idea del "señorío".

Estamos hablando en primer lugar del señorío de sí mismo, de aquella persona que ha trabajado por años para ser dueña  de sus pasiones, sentimientos, emociones e ideas. No se trata aquí de hablar de reprimidos, sino de aquellos que han decidido ejercer  soberanía sobre todo su ser, hasta la médula, precisamente para ser más libres.

¿Y qué mayor privilegio para un profesional, que trabajar para alguien que también es un Señor de sí mismo? Políticos, Estadistas, Hombres de Negocios, Diplomáticos, Consejeros.

Desgraciadamente al ejercer el arte de la hospitalidad no siempre encontramos personas dueñas de sí mismas. Al contrario, a menudo ellas son gobernadas por sus pasiones, ambiciones u odios. Es en estas circunstancias donde verdaderamente el señorío de sí mismo protege al profesional y lo torna aún más imprescindible.

Cuando desde muy pequeños se nos enseña que cada ser humano, por el hecho de serlo, tiene una condición diferente a la del resto de la creación, estamos más capacitados y más abiertos a provocar encuentros enriquecedores con los demás y desarrollar la cultura de los buenos modales.

A pesar de que no siempre resulte evidente, cada persona posee el sello de lo divino, de lo delicado, de lo tierno de Su creación. ¿Qué tiene el recién nacido que nos hace inevitablemente volver la cabeza hasta poder contemplarlo? ¿Qué es "eso" que nos atrae poderosamente como un imán? Este recién nacido, viene al mundo desde lo más sagrado de una mujer, ha salido de la misma luz de lo divino, a la luz de lo terreno. Ese nuevo ser humano, como en ninguna otra etapa de la vida y sin palabras, sólo con su sola presencia, nos enseña y nos hace comprender lo que es la dignidad  de la persona: (aquello que esta dotado de una categoría superior). Esa dignidad nos provoca tratarlo con delicadeza, especial cuidado, y transmitir con palabras lo mejor de nuestros sentimientos.

¡Cuán fácilmente olvida el mundo esta sencilla lección que nos ofrece a cada paso la vida!

Cuánto esfuerzo debemos realizar en nuestra profesión para recordar que aún el déspota, el desconsiderado, el mal aprendido, el que desprecia toda forma de protocolo, es una persona, cuya dignidad debe ser encuadrada dentro del espíritu de la hospitalidad.

Para lograr tarea tan difícil y tan pasmosa, el profesional del ceremonial deber revestirse y ejercer además otras virtudes.

A continuación, se propondrán algunas de ellas que sin dudarlo, serán el punto de apoyo para alcanzar la excelencia en la profesión que hemos abrazado.

Las virtudes mínimas del Ceremonialista:

· Cortesía.
· Veracidad.
· Paciencia.
· Justicia.
· Respeto.
· Humildad.
· Bondad.
· Comprensión.
· Prudencia.
· Fortaleza.

La cortesía.

Bien decían los sabios griegos que la virtud es el justo medio entre dos extremos: no quiere decir esto que debamos hacer de la cortesía una especie de comportamiento estándar o promedio, antes bien la cortesía deberá ser adecuada a cada circunstancia y persona.

Sin embargo, está claro que ser cortés no consiste de ninguna manera en ser zalamero o adulador. Tampoco seco, cortante o bien distante.

La cortesía busca siempre una empatía con el otro. Es imposible ser cortés sin considerar al otro como una persona, ver en el interior del mismo, anticipar algo del mismo que nos permita comunicarnos.

En esta comunicación, seremos cuidadosos de utilizar llaves o convenciones que tengan en cuenta la cultura de donde proviene la persona destinataria del tratamiento.

Debe tenerse en cuenta, por otra parte, que la cortesía no existe solamente para ser ejercida con los superiores o los iguales. El sello del profesional virtuoso se encuentra justamente en el tratamiento a sus subordinados e inferiores.

La veracidad.

¿Porqué ser veraz si a veces una mentira "piadosa" ayuda tanto a las relaciones sociales?.

Este concepto tan arraigado es una de las mayores fuentes de equívocos y desacuerdos del mundo.

Los especialistas en resolución de conflictos, negociadores y mediadores recomiendan la veracidad como método infalible para producir resultados. Una de las máximas que utilizan es precisamente: "sea confiable, pero no confiado".
Ser confiable exige la coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos.

Debido a que las personas no son veraces, existe gente tan bien entrenada que ya "descuenta" aquello que se ha dicho de falso por una errónea concepción de la hospitalidad, la cortesía o la diplomacia.

"Con la verdad no ofendo ni temo". "Sólo la verdad nos hace libres". Estas frases, verdades de a puño, no servirán para convencer a cualquier profesional para ejercer tal virtud sin realizar la siguiente aclaración: solamente es posible decir las verdades más dolorosas cuidando la  forma.

Para ello solo es menester encontrar las palabras adecuadas y el momento oportuno.

Y llegar a hacer esto bien, es además de una virtud, el ejercicio de un arte incomparable.

En síntesis, para un profesional es preferible ser visto y valorado como un hombre veraz, (que en definitiva resulta ser la marca de nuestra integridad personal), aún a costa de pagar un precio por ello en lo inmediato, que recordado como aquel hombrecillo que solamente dijo lo que el poderoso de turno esperaba oír.

Paciencia.

Decíamos recién que es necesario esperar el momento oportuno para ser veraz. ¿No es acaso esto el mejor ejemplo de un hombre paciente?.

Ser paciente para un profesional significa sobre todo ser conciente del tiempo de que dispone en relación a la obtención de los objetivos fijados.

Ser paciente significa por otra parte, saber cuando ellos deberán ser pospuestos para otra oportunidad, y si habrá otra oportunidad.

La paciencia sin embargo, no debería ser considerada como una virtud "fría", donde el profesional solo aquilata intelectualmente la relación entre objetivos y oportunidades.

La paciencia sobre todo significa saber acompasar el ritmo propio con el otro, de tal manera que solo los profesionales pacientes saben trabajar realmente en equipo, y no solo pretenden liderarlo para que todos marchen al son de su pandereta.

La paciencia, como ya se ha dicho de otras virtudes, vive de la empatía con el otro.

Justicia.

Si la justicia consiste en darle a cada uno lo  que le corresponde, el ceremonialista en el ejercicio de la hospitalidad es primordialmente un "justiciero".

Sin embargo, no siempre es posible practicar ese tipo de "justicia". Todos sabemos en nuestra profesión cuántas injusticias contemplamos, impotentes de intervenir.

Antes bien, muchas veces debemos tolerarlas, o peor aún, transigir en ellas.
Debe entenderse por ello que la virtud de la justicia para un profesional, va más allá de un hecho puntual y debe formar parte de nuestro código de conducta, de nuestro señorío personal. Solamente así la fama de la virtud nos precederá en la forma de un estilo de trabajo.

Por ello se dirá de tal o cual profesional: "que este fulano no es de los que admite cualquier cosa, no juguemos, puesto que él sí sabe trabajar".

Aquí es menester contestarse íntimamente esta pregunta: ¿qué perfil profesional utilizo y con qué modelo me identifico? ¿Con quién deseamos trabajar y para quien no?.

Solamente teniendo en claro estas respuestas podremos ejercer acabadamente esta virtud.

Vale repetir aquí una frase ya hace mucho tiempo vista: "algún día, en algún lugar, te encontrarás contigo mismo; y solo de ti depende que esa sea la más hermosa o la más amarga de tus horas".

Respeto.

Por lo antedicho, no podré verdaderamente respetar a los demás si no logro respetarme a mí mismo.

El respeto personal, no es aquel que se gana de un plumazo y ya está hecho. El respeto se gana día a día, como corresponde  a una virtud, y  a menudo su ejercicio debe ser pagado con un alto precio.

El respeto de sí mismo y de los demás está íntimamente relacionado con la virtud siguiente, esto es la humildad.

Humildad.

La humildad consiste en contemplarse a uno mismo tal cual es, ni más ni menos. De allí para adelante es necesaria esta extraordinaria virtud para relacionarse con los demás y contemplarlos del mismo modo: tal cual son.

¡Qué difícil se hace diariamente aceptarse tal cual uno es! Muchos pensadores han propuesto ideas acerca de ello, pero resulta doloroso llevarlas a la práctica.
Si la virtud es un justo medio, la contemplación de sí mismo es quizás aquella actividad que nos conduce más fácilmente a los extremos: si me considero demasiado, voy camino a la soberbia. Si no aquilato lo que tengo o aquello de lo cual soy capaz, voy seguro por el camino de la envidia.

Doloroso o no, es necesario practicar la humildad a rajatabla. Como también es necesario contemplar humildemente las situaciones y personajes que nos propone el ejercicio de nuestra profesión.

Una última cuestión acerca de la humildad. Ella es absolutamente necesaria para poder realizar un aprendizaje. Se ha dicho que la experiencia y la historia es la gran maestra de vida. Sin embargo, muchos necios llegan a viejos sin haber aprendido nada. Que nuestra vida profesional no transcurra en vano, ya que la misma es como un cauce de agua que fluye sin que nadie pueda detenerlo.

Bondad.

La virtud de la bondad está íntimamente ligada a la idea del amor más espiritual, aquel que los griegos llamaban caridad.

La caridad no consiste precisamente en dar limosnas, sino en procurar el bien del otro, respetando su naturaleza aún más allá del extravío que pueda presentar el prójimo.

Por ello, un buen profesional, aquel que ejerce la bondad mientras trabaja, es quien vela para que cada persona acogida, hospedada, reciba aquello que necesita de acuerdo a su condición de persona y también de acuerdo al papel que le toca cumplir.

Al leer ciertos manuales de cómo prosperar en una corporación, pareciera que lo antedicho resulta lírico, hasta angelical.

Para algunas personas lo moral pertenece exclusivamente a la esfera de lo privado; en lo profesional todo vale.

Son las mismas personas que si un subordinado tiene una buena idea la presentan como propia. Si tienen la oportunidad de lucir y opacar la labor de un colega lo hacen sin dudar, y así sucesivamente.

Sin embargo los grandes conductores de empresas, así como los grandes estadistas saben perfectamente cuán conveniente es rodearse de colaboradores confiables. Un gran hombre buscará rodearse de profesionales que ejerzan su profesión con grandeza, es decir que sean buenos profesionales.

Un hombre bondadoso no debe dejarse llevar por dos tentaciones extremas:

La primera, el exigir justicia en toda oportunidad guiado por la letra y no por el espíritu.

La segunda, ser excesivamente tolerante, por aquello de que el diálogo está de moda.

Es bueno que un país pueda vivir plenamente en democracia, pero los quehaceres de la profesión no se plebiscitan.

Comprensión.

Hemos dicho anteriormente que en el ejercicio de las virtudes el ceremonialista debe realizar la empatía con el otro, considerarlo persona antes que dignatario, funcionario, colaborador, subordinado.

¿Querrá decir esto que la dignidad de la persona, hablando en términos generales, debe hacernos olvidar los errores y flaquezas de aquel individuo en particular?.

Todo lo contrario. Existen en el mundo muchos miles de millones de seres humanos, y sin embargo cada uno de ellos es algo único. Es una novedad, dicen los filósofos.

En el ejercicio de esta virtud el ceremonialista deberá evitar dos tentaciones: por un lado, habida cuenta de su experiencia, pensar que aquel que se nos aparece hoy reaccionará de la misma forma de los muchos otros que hemos conocido, y por los mismos motivos.

Por otro lado, encandilarnos con la personalidad de alguien por su poder, o por su brillo intelectual, o su don de gentes, de tal manera que ese enceguecimiento nos condicione suscitando en nosotros una lealtad o un apego excesivo.

Comprensión. Algo que debe ejercerse constantemente. Una virtud tal que debe ser aprovechada y entrenada como un músculo aún en los ratos de ocio.
Una virtud que puede ser incrementada por el estudio de los fenómenos de la comunicación verbal y no verbal.

Prudencia.

A veces se escucha decir: ¡qué hombre prudente fulano, siempre contesta con otra pregunta!.

No es esta la virtud de la prudencia, como tampoco se alude aquí a aquellos a quienes el vulgo tiene por prudentes por aquello de mirar antes de cruzar la calle.

La prudencia es la virtud que nos hace obrar conforme a la realidad de las cosas: ni más, ni menos. Y este obrar conforme a la realidad de las cosas, que de paso sea dicho está emparentado con el famoso "sentido común", adquiere su máxima expresión cuando debemos discernir y obrar en la dimensión moral de la profesión.

No existe acto humano voluntario que por ser tal no presente un aspecto moral.
La disyuntiva entre el bien y el mal siempre estará presente en la vida de los hombres, aunque a veces estas alternativas no se muestren con los nítidos colores del blanco o del negro.

Es por ello que inevitablemente en el ejercicio de nuestra profesión estaremos constantemente tomando decisiones morales. Aún la supuesta abstención en términos morales resulta ser una decisión que involucra tales valores.

Hablando en términos generales, y no solo de las decisiones de tipo moral, los dos escollos donde puede naufragar la barca de la virtud de la prudencia son:

La conciencia laxa.

Aquella que por pereza, por conveniencia o aún por falta de preparación resulta claramente permisiva. El profesional de conciencia laxa no hace su trabajo bien. Lo hace más o menos, con tal de que aquello que no se ha hecho bien o no se ha hecho no se note demasiado.

La conciencia escrupulosa.

El profesional vive atormentado por los detalles, obsesionado porque su obra sea perfecta, cuando la misma claramente es de factura humana, y por ello mismo solo podrá acercarse a lo perfecto.

Valga esta máxima para definir al hombre prudente: "gaste tu pie el umbral de la casa del sabio". Solo el hombre formado puede a su vez obrar con prudencia.

Fortaleza.

Si algo caracteriza a la virtud de la fortaleza en nuestra profesión es la persistencia, la tenacidad, la capacidad de proseguir, paso a paso en pos de una serie de objetivos fijados de antemano.

La virtud de la fortaleza es la que hace posible continuar aún a pesar de los peores desastres e infortunios que puedan amenazar el arte de la hospitalidad.

Contra la virtud de la fortaleza conspira el arrebato de la ira, esa pasión que a veces se comporta como una súbita llamarada que quema y puede estropear la mejor obra de arte, como también aquella otra que consume por dentro e inspira la venganza helada.

En el otro extremo, el miedo, que puede inhibir la acción indicada en el momento oportuno, o el temor al fracaso que socava nuestras capacidades y efectivamente puede hacernos unos fracasados.

Una última amenaza en contra de esta virtud consiste en la simple negación del riesgo, el dolor o el sufrimiento: "no me duele, soy fuerte". El fuerte sabe bien de sus dolores, miedos y debilidades. Precisamente el valor, compañero inseparable de la fortaleza, es aquello por lo cual podemos sobreponernos a ellas y triunfar sobre nosotros mismos y sobre las circunstancias.

Aquí finaliza el listado de virtudes mínimas necesarias para el ceremonialista. ¿Querrá decir esto que bastan las mencionadas para hacer un buen plan de vida profesional?.

Debe entenderse que además de existir muchas otras importantes en la vida de cualquier persona, como la templanza, solamente a los fines de esta exposición las mismas pueden considerarse por separado: en efecto, cuando utilizo la buena idea de un subordinado y lo reconozco y lo digo, en vez de apropiármela, ¿soy justo, soy bondadoso o soy prudente? ¿O todo ello?.

Desde mi profesión de ceremonialista, considero que es condición sine que non hacer que este listado de virtudes se transformen en una segunda piel, se internalicen, porque ellas regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta.

Como hemos visto, el arte de la hospitalidad se identifica con diferentes virtudes humanas pero con una por excelencia: la cortesía y ésta a su vez forma parte del proceso de comunicación. Para que una persona la adopte es necesario que la practique, no es un traje que se pone para trabajar y que cuando se llega a casa lo cuelgo en una percha.

En esa práctica constante intervienen palabras o frases que en Protocolo y Ceremonial denominamos como "palabras llave":

- Buenos días,

- Buenas tardes,

- Buenas noches,

- Por favor,

- Usted primero…

y tantas otras como vuestra creatividad les permita. Pero la fundamental, la que nunca debemos olvidar es: GRACIAS. Muchas Gracias.

  • Alta el

    21/02/2005

    Modificado el

    16/10/2009

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