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Implicaciones sociológicas del protocolo. Segunda parte.

El protocolo ha adquirido protagonismo como consecuencia de otro fenómeno propio de nuestro tiempo. Se trata de la introducción de autoridades públicas en sectores que hasta ahora estaban ajenos a la vida política.

 

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Implicaciones sociológicas del protocolo.

Primer Encuentro de Responsables de Protocolo y Relaciones Institucionales de Universidad.

3. LA POLÍTICA EN LA VIDA COTIDIANA.

El protocolo ha adquirido protagonismo como consecuencia de otro fenómeno propio de nuestro tiempo. Se trata de la introducción de autoridades públicas en sectores que hasta ahora estaban ajenos a la vida política.

No me refiero a que existan sectores ajenos a los intereses colectivos en la vida pública, ni que responsables públicos no hayan mediatizado el desarrollo de sus actividades. Pero es cierto que muchas actividades sociales han; vivido al margen del escenario público de la política. La política regulaba, promovía o subvencionaba, pero los protagonistas actuaban en las oficinas administrativas, quedando al margen de las escenografías de la vida pública. Hoy están todos ya -todos juntos, pero no revueltos sino debidamente separados por el protocolo- en la presidencia de los acontecimientos.

Las últimas décadas, en efecto, han visto una creciente expansión de lo político en ámbitos tradicionalmente considerados foráneos a los espacios del poder político. Las intensas relaciones entre las diferentes instancias de poder, se han convertido en fértil cancha en las guerras de protocolo y figuración. El mundo del ocio, los deportes -como actividad y como espectáculo-, la música, las actividades universitarias, organizaciones humanitarias o el mundo de la empresa, se han convertido en poco tiempo en un lugar de intensas interacciones entre sus protagonistas y los políticos. Casi se podría decir que el aprendizaje político requiere, antes que cualquier otra cosa, acreditar la habilidad de instalarse adecuadamente -en posiciones de realce- en los escenarios de la vida social; en copar el centro del centro de la atención, para que las imágenes reproduzcan su relevancia.

Algunos de estos escenarios sociales de interacción en el que se han introducido los políticos, cuentan hoy con una relevancia pública sin precedentes. Piénsese, por ejemplo, en la carga de espectáculo mundial que son hoy los Juegos Olímpicos, en cualquier continente que se celebren. No ya su celebración, sino sus preparativos, la nominación de la ciudad designada se convierten -ya desde antes de la celebración- en un esplendoroso ejercicio de codazos entre los VIP,s para que, la opinión pública, inmortalice al personaje con el feliz acontecimiento deportivo. La solicitud de Sevilla de los juegos olímpicos, ha sido un fecundo terreno de estas disputas. La coexistencia entre instituciones políticas y deportivas; entre representantes de diferentes administraciones y, en fin, entre representantes a la búsqueda de su protagonimo pertenecientes a diferentes partidos políticos, nutren esta guerra de protocolos, de los que tantos testimonios ha recogido la prensa.

En definitiva, el estrechamiento de vínculos formales entre todos los subsectores sociales -el mundo cultural, artístico, económico, político, científico-, ha generado la expansión de las cuestiones protocolarias hasta esferas nunca hasta ahora involucradas.

D. LA INSTRUMENTALIZACION POLÍTICA DEL PROTOCOLO.

Si un componente básico del poder es su imagen, el protocolo constituye un instrumento esencial de representación y conservación. Los protagonistas directos de la vida política, testimonian el carácter estratégico que atribuyen al protagonismo protocolario.

Quien fuera Secretario General de la Presidencia a la llegada del gobierno socialista, Julio Feo, ha descrito su experiencia previa en el Gobierno Regional de Murcia. Allí llegó a convencerse en la utilidad de participar en actos protocolarios solemnes por las relaciones que permiten fraguar. Y la utilidad para Felipe González de la creación de la figura del lider de la oposición, para estar presente en actos del Estado. Lo ha descrito sin tapujos: "Había que participar en actos en los que el protocolo requería frac, chaqué, esmoquin o mantilla en el caso de las señoras (...). Con las fuerzas vivas se coincidía en actos protocolarios; de ahí que pensara que si se creaba la figura del lider de la oposición, esto obligaría a Felipe González a estar presente en actos de Estado, donde podría ir tomando contacto con un sinfín de estamentos, particularmente Magistratura y Ejercito, y aunque pensaba que la sociedad y la prensa madrileña no actuarían de forma tan rastrera como la murciana con Hernández Ros [Presidente Regional] en el tema de los atuendos, mejor sería que se fueran acostumbrando". (J. Feo: "Aquellos Años" Ediciones B, 1993 pag. 98).

Pese a las controversias que el protocolo suscita y la importancia que el poder ejecutivo le concede, lo singular es que no existe una definición jurídica clara de qué sean gastos protocolarios. La ley presupuestaria mezcla, además, las dotaciones presupuestarias para atenciones protocolarias con las representativas, cuya naturaleza los especialistas diferencian (S. Calle Calvo: "Los gastos protocolarios y representativos de los altos cargos y su problemático control" Presupuesto y Gasto Público, n° 11, 1993).

Pero la mejor prueba de la importancia que el poder ejecutivo ha venido concediendo a los gastos protocolarios es su cuantía. No hay datos integrados del conjunto de las Administraciones, con estimaciones sobre el alcance económico total dedicado a protocolo. Pero deben ser bien altas, a tenor de las cantidades que saltan a la prensa con motivo de algunos escándalos (Antonio Burgos: "El protocolo no es ponerse ciego de güisqui" El Mundo 29 octubre 1994). Pero si nos fijamos solo en la Administración Central, tomando como referencia los créditos inciales consignados en el Presupuesto del Estado para atenciones protocolarias y representativas, en millones de pesetas las previsiones han sido las siguientes (cit en Calle pag. 193):

Ejercicio Millones pesetas
1984 990
1988 1.638
1990 2.309
1992 2.777
1993 1.859

No todos los Ministerios dan el mismo destino a los gastos protocolarios (cit. en Calle). El de Asuntos Exteriores, según una encuesta realizada entre los Ministerios, destinaba la mayor parte, el 67,5 %, a gastos por visitas de personalidades extranjeras; el 16 % a gastos en visitas al extranjero; en comidas y recepciones el 15 %; y regalos y obsequios el 1,3 %. El resto de Ministerios lo hace, en su mayoría, en gastos de comidas y recepciones. La cuantía de los gastos destinados a protocolo, las modalidades de gasto e, incluso, los recortes en los gastos cuando cambia el Gobierno, como ha ocurrido con el Gobierno del PP ("EL Gobierno reduce casi un treinta por ciento los gastos de protocolo para 1997" Diario Mundo 20 diciembre 1996 pag. 16), se convierten en instrumentos de estrategias políticas.

Pero en la práctica, la política tiene una relación ambivalente con el protocolo, una mezcla de atracción y rechazo, respeto y recelo. Se vive inmerso en rituales protocolarios, pero en ocasiones, se verbaliza un rechazo, o desconocimiento, o falta de interés en las cuestiones de protocolo como muestra de su populismo, de su cercanía al pueblo.

Se trata de una suerte de transposición de ese falso "plebeyismo" aristocrático que antes señalaba, al escenario de la política. Cualquier indicador de estar fuera de los requisitos del protocolo, se muestra como testimonio de un talante democrático. Un cierto descuido en el aliño indumentario, la despreocupación por las atenciones que le corresponde por el cargo que se ocupa, el no pensar en estas materias, se muestra como credenciales de accesibilidad y acercamiento al pueblo. Al menos eso se dice en la esfera pública con sorprendente reiteración. Se rechazan símbolos públicos del poder, pero solo el protocolo.

Hay muchos ejemplos disponibles -insisto, a modo de ejemplo, no porque se trate de casos singulares- que ilustran de manera concluyente en esta singular perspectiva. Todas ellas eviencian de esa desatención, falta de preocupación e, incluso, falta de conocimientos de las normas más elementales del protocolo.

Unas versan sobre el desconocimiento de las normas que se refieren a los atuendos. Una semblanza biográfica publicada con motivo de la muerte del que fue Presidente de las Cortes Constituyentes, Antonio Hernández Gil, se puede encontrar una significativa observación sobre el protocolo. Se cuenta que: "Cuando en junio de 1977, ya senador de designación real, fue llamado por don Juan Carlos para proponerle como presidente de las Cortes, Hernández Gil tuvo que averiguar cuál era el camino para ir a la Zarzuela. Tampoco sabía -añade- mucho de protocolo, por lo que en el coche se llevó el chaqué por si era necesario" (Diario El País 28 de mayo 1994 pag. 21).

Otro testimonio pertenece al Presidente de la Autonomía de Castilla la Mancha. En su biografía se destaca por ejemplo que: "A algunas cenas de gala en el Palacio Real no pudieron acudir por falta de ropa adecuada. La primera vez que José Bono se puso un traje de etiqueta fue para asistir a la procesión del Corpus de Toledo" ("José Bono de cerca" Ediciones B, Barcelona, 1995 pag. 103).

La vestimenta ha sido siempre objeto de atención en el caso del Secretario General de UGT. La corbata -la habitual ausencia de corbata de Nicolas Redondo- constituía siempre foco de atención en los actos públicos. Al igual que si el Secretario General de Comisiones Obreras, Antonio Gutierrez, va o no a la boda de la Infanta Elena, ante la tesitura de tener que emplear chaqué.

Otras manifestaciones vinculan abiertamente el rechazo del protocolo con el populismo. Semprún ha escrito que su compañero de Gabinete Ministerial, Alfonso Guerra no asistía nunca a recepciones públicas, al Palacio real, ni en la Moncloa, ni a cenas de gala, "como si tuviera una bula especial que le exonerara de las obligaciones protocolarias del cargo", para confortar su imagen de hombre austero de izquierdas, próximo a los descamisados.

Sin embargo, estas apreciaciones críticas no excluyen, que unas páginas antes, el propio Semprún también se ocupa de mostrar sus propias distancias con el protocolo, de su falta de interés y que la larga clandestinidad le ha hecho despreciar las apariencias (J. Semprún: "Federico Sánchez se despide de Ustedes" ed. Tusquets 1993 pag. 295-296 y 23-27). Pero no se trata de una peculiaridad hispánica o, al menos, exclusiva de nuestro país. Cuando Salvador Allende fue elegido presidente de Chile, llamó al diplomático Roberto Otaegui para encargarle el protocolo presidencial. La propuesta no le entusiasmó y quiso protestar mostrando una actitud de rechazo al protocolo: "Ha elegido usted al peor individuo de todo el Ministerio; si algo me molesta es el protocolo" (Ideal 14 abril 1996). Como se ve, incluso el propio responsable oficial del protocolo, puede tener a gala no estar muy interesado en el protocolo. Parece como si respetarlo ocasionara pérdidas para quienes ocupan las posiciones privilegiadas en las previsiones protocolarias.

E. LAS GUERRAS DEL PROTOCOLO.

Una materia a la que se dedican cantidades importantes de dinero, tiempo, reglamentación y exhibición, por necesidad es también territorio privilegiado de los conflictos políticos. Incluso decisiones políticas pueden venir, desde su origen, condicionadas por sus componentes protocolarios. Algunas pruebas son bien recientes. Después de las elecciones generales de 3 de marzo de 1996, se negoció que un miembro de CIU fuera Presidente del Congreso o del Senado.

La propuesta fue rechazada porque CIU no deseaba que ningún otro miembro de su partido precediera al Presidente de la Generalitat en el orden del protocolo: "Jordi Pujol no ve con agrado verse relegado por uno de sus correligionarios en los actos institucionales, ya que el protocolo establece que los Presidentes del Congreso y el Senado tienen preeminencia ante los Presidentes autonómicos" (Diario Mundo, 20 marzo 1996).

No se trata de una situación singular. La dinámica política se organiza en muchas ocasiones en función de los entramados de la organización protocolaria, sometidos en múltiples ocasiones a forcejeo y presiones. El desarrollo de la vida política es resultado en muchas ocasiones de decisiones protocolarias sometidas a conflicto. Incluso cuando los protagonistas pertenecen al mismo partido político. En un caso solemne, uno de los protagonista ha proporcionado un elocuente testimonio, en su obra "La Democracia en España" de Gregorio Peces Barba (ed. Temas de Hoy, Madrid 1996). En enero de 1986, cuando era Presidente del Congreso de Diputados, recibió presiones de altos responsables del Palacio de la Moncloa para cambiar el protocolo del acto de juramento a la Constitución del Príncipe de Asturias. Consideraban que en aquel acto también debería pronunciar un discurso el Presidente de Gobierno. Después de numerosas tensiones, por considerar que se trataba un acto parlamentario, se mantuvo el sencillo protocolo, con una breve intervención institucional del Presidente del Congreso. Al no lograr sus pretensiones, para que pudiera intervenir el Presidente del Gobierno -y los medios de comunicación difundir su protagonismo-, se preparó desde la Moncloa una ceremonia paralela en el Palacio de Oriente, donde se impuso al Príncipe una alta condecoración. Una oportunidad para devolver protocolariamente el rechazo: los Presidentes del Congreso y del Senado no fueron invitados a dicho acto (Peces Barba, op. cit).

La actualidad de estos hechos podrían dar lugar a considerar estas tensiones políticas propias de nuestros días. Nada más erróneo. Las Memorias del Presidente de la 2a República Niceto Alcalá Zamora (ed. Planeta) y el Presidente del Gobierno Manuel Azaña (ed. Oasis, Mexico), están repletas de incidencias, divergencias y reproches entre ambos sobre el protagonismo protocolario y respeto a los rituales.

Lo mismo ocurrió durante el franquismo, donde hubo conflictos protocolarios al más alto nivel, con algunos eclesiásticos. El cardenal Segura, no permitía que Franco entrara bajo palio en la catedral ni en ninguna Iglesia de Sevilla, o el obispo Illundain no fue a esperar a Franco en una visita a Canarias (F. Franco Salgado-Araujo: "Mis conversaciones privadas con Franco" Planeta 1976 pag. 28 y 79; donde se describen muchos otros conflictos protocolarios por uso de frac o uniforme; por quien debía aceptar un homenaje; quien estaba invitado a una comida de gala etc.). También se produjeron en julio de 1969, respecto a las personas y el lugar donde debían estar presentes en el acto de aceptación de don Juan Carlos de la sucesión de la Jefatura del Estado como Rey: "Don Carlos de Borbón Dos Sicilias no asistió por una pura cuestión protocolaria.

Cuando le invitaron a acudir, preguntó dónde iban a colocarle. Al ver que le colocaban a continuación de Don Alfonso de Borbón Dampierre y, además, que no se había previsto que él firmara el acto, se consideró postergado. El Príncipe remitió la cuestión a Protocolo de Asuntos Exteriores, donde confirmaron la precedencia de Don Alfonso de Borbón Dampierre por ser primo hermano de Don Juan Carlos por parte de padre, mientras que Don Carlos de Borbón Dos Sicilias lo es por parte de madre"(L. López Rodó: "La Larga marcha hacia la Monarquía" ed. Noguer, Barcelona 1977 pág. 343).

En realidad, la vida pública se encuentra llena de sinuosidades suscitada por motivos rituales sustanciales o artificiales. Si Ortega señaló en alguna ocasión que la sociedad madrileña vivía de invitarse o no invitarse, la política cuenta con una dimensión análoga. Se requiere habilidad para sortear las tensiones protocolarias, reales o artificialmente montadas por adversarios de todo tipo.

Algunos ejemplos son luminosos.

Hasta las butacas pueden suscitar controversias. Semprún ha contado que después del cese de Vicepresidente de Gobierno de Alfonso Guerra, hubo ministros que pidieron a los restantes que dejaran su -silla vacía en el Consejo de Ministros, como símbolo de presencia, recuerdo y respeto permanente (Semprún op. cit. pag. 66-69). Debe ser una actitud más arraigada de lo imaginado, pues una reacción semejante se ha descrito para el partido Alianza Popular. Cuando dimitió como presidente del partido Manuel Fraga, su inmediato y provisional sucesor Herrero de Miñón tuvo que hacer frente al reproche de: "utilizar nada menos que el despacho del presidente, cuya sucesión se me encomendaba" (M. Herrero: "Memorias de Estío" ed. Temas de Hoy, 3a ed. 1993 pág. 348).

La propia dependencia administrativa de los servicios oficiales de protocolo puede dar lugar a conflictos. Al llegar el Gobierno socialista pasaron a depender de Presidencia de Gobierno: "por ser un tema que crea muchos problemas cada vez que hay actos oficiales" (J. Feo op. cit pag. 222-223), lo que comenzó por generar problemas con el Ministerio de Asuntos Exteriores y celos por parte del equipo del Ministro Moran.

Las fuentes de los conflictos son innumerables. El propio Julio Feo narra las batallas abiertas que se producían en las visitas oficiales por el reparto de condecoraciones intercambiadas por los Gobiernos; la "guerra de las chapas" la llama Feo (op. cit pag. 328). O la reivindicación de modelos de coche oficial de mejor calidad (pag. 253). Algunos conflictos alcanzaron extraordinaria notoriedad. Por ejemplo, el conflicto entre el Presidente de la Comunidad Valenciana y el Rector de la Universidad de Alicante, en octubre de 1996, por la presidencia oficial del acto de apertura del curso académico, que ambos pretendían.

Las reacciones ante decisiones protocolarias no son privativas del poder ejecutivo. Como ya se ha dicho, todos los poderes defienden -y en su caso, utilizan- los usos o tradiciones o los reglamentos -según interese- para afianzar sus prerrogativas. Incluso cuando se prepara el protocolo de la final de la Copa del Rey de Fútbol, el proyecto que prepara el Real Betis no reserva -como es habitual- asiento alguno en el palco al Presidente de la Comunidad Autónoma de Andalucía, por discrepancias por retransmisiones deportivas en la cadena de televisión autonómica (Diario El Mundo 11 abril 1997). Un veto que alcanzó la gran notoriedad que arrastran las cuestiones futbolísticas.

Pero también se suscitan problemas protocolarios en el poder judicial. En la toma de posesión, en julio de 1996, del Magistrado Javier Delgado como Presidente del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Supremo, el Presidente de la Comunidad de Madrid abandonó el acto en desacuerdo con el lugar que le había asignado el protocolo. Más grave fue el conflicto con el fiscal general del Estado. Este no asistió al haber acordado el Tribunal Supremo que el Fiscal General no se sentara en ese acto junto al Presidente del Supremo, como al parecer ocurría desde hace cien años. La Junta de Fiscales entendió que no era un simple problema de protocolo, sino que tenía un alcance institucional.

Ese mismo acuerdo del Tribunal Supremo -que en los actos solemnes el Fiscal del Tribunal Supremo, no se siente a la derecha del Presidente del Consejo General del Poder Judicial-, modificó el protocolo de la posterior toma de posesión del nuevo Fiscal General del Tribunal Supremo. El presidente del Tribunal Supremo dijo: "Queda posesionado de su cargo de fiscal general del Estado". Si hubiera utilizado la fórmula tradicional -"tome asiento en señal de posesión"-se hubiera quedado de pie, en señal de protesta por el acuerdo del Tribunal Supremo, que le retira de un puesto en la presidencia junto al Presidente de dicho Tribunal. Un acuerdo que después de un borrascoso recorrido, terminó siendo anulado por el Consejo General del Poder Judicial (Diario El Mundo, 5, 11, y 17 de septiembre 1996).

Los aspectos contemplados creo que revelan, ante todo, la actualidad de las cuestiones protocolarias. Cualquiera que sospechara que el protocolo es un largo eco de la tradición o un pergamino de la historia, desconoce su vitalidad, alcance y hasta las pasiones que suscita. Es más, si es evidente que genera pasiones, desencadena intereses y mueve estrategias, lo es porque resuelve problemas, solventa tensiones, articula la sociedad. Son las dos caras de un mismo fenómeno de articulación social.

Esta es la razón por la que esta bien vivo el interés en el protocolo, porque es signo de una sociedad viva y cambiante. Sus contenidos concretos se alteran, porque la sociedad es transformación y resultaría imposible congelar las modalidades de organizar la relevancia social. Una y otra cambian al unísono, en una tensión siempre armónica.

Ciertamente no todas las épocas históricas conceden la misma trascendencia a los simbolismos. Ni tampoco todos los grupos sociales. Pero incluso para los más renuentes es difícil escapar a los rituales que regulan cualquiera de las múltiples manifestaciones de la vida social. Rechazarán una de las manifestaciones del protocolo -la política, la religiosa, la deportiva etc-, pero más difícil es su total abandono y en todo momento.

En todo caso la postura más lúcida es la reivindicación de la solemnidad e incluso la búsqueda de la ocasión para su ejercicio colectivo. Es la manera de reforzar el propio grupo, de solemnizar los acontecimientos, de introducir discontinuidades en la vida cotidiana; es el gran instrumento que nos proporciona el protocolo. Se trata de un mensaje que, con insuperable claridad, expresó Francisco Tomás y Valiente: "Los momentos solemnes en la vida de cada hombre suelen ser escasos, pero cuando llegan no es lícito hurtarles la cara y transformarlos en triviales en nombre de una sencillez malentendida" ("Escritos sobre y desde el Tribunal Constitucional" ed. Centro Estudios Constitucionales, Madrid 1993 pag. 231).

Granada, marzo 1997.

(Nota: El presente texto recoge la versión escrita de la conferencia inaugural del Primer Encuentro de Responsables de Protocolo y Relaciones Institucionales de Universidad, organizado en la Universidad de Granada en marzo de 1996. Agradezco muy sinceramente a Manuela Suárez Pinilla, directora de Relaciones Institucionales de la Universidad de Granada su amable invitación -e incitación- y amistad).

 

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