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Las diferentes clases de visitas.

Se conocen muchas clases de visitas y aquí nos limitaremos solamente a enumerar las principales.

 

Nuevo Manual de la Buena Sociedad o Guía de la Urbanidad y de la Buena Educación.
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Las visitas forman una muy importante parte de las relaciones sociales; son más que simples medios de comunicación establecidos por la necesidad, puesto que ellas tienen a la vez por objeto el deber y el recreo, interviniendo en casi todos los actos de la vida.

Se conocen muchas clases de visitas y aquí nos limitaremos solamente a enumerar las principales, pues respecto a aquellas, que no tienen lugar sino por circunstancias especiales, se encontrarán indicadas en otros artículos de esta obra.

A la primera clase de visitas pertenecen las de Santos o natalicios; después las visitas de amistad y las de ceremonia. No hablaremos aqui de las visitas ocasionadas por negocios, pues lo que hemos dicho ya al tratar de la urbanidad relativa a las diferentes clases de la sociedad, nos dispensa de entrar en nuevos detalles. Hay también otra clase de visitas que podemos llamar "generales" y son las que se hacen al establecerse en una población.

Al principio de cada año se deben visitar a los parientes, después a los superiores y a los jefes respectivos según su clase, sus protectores, amigos, y todas las personas con quien se está en relación.

No haremos mención de las visitas de amistad sino para recordar que prohíben todo ceremonial y etiqueta. Se pueden hacer a todas horas, sin preparativos ni adornos; un vestido o traje lujoso estaría fuera de lugar, y si la calidad y circunstancias de las visitas que hubieseis de hacer en el resto del día , os obligan a presentaros así en casa de una amiga, debéis excusaros manifestando la causa. Si no la encontráis en casa no le dejéis tarjeta, pues extrañaría semejante estemporáneo cumplimiento; limitaos a encargar a sus criados le hagan presente que habéis estado a verla, y únicamente debéis dejar tarjeta cuando no encontrareis tampoco a sus domésticos. En este caso es conveniente no dejar pasar mucho tiempo sin repetir la visita.

Con un pariente y amigo a quien se tiene y aprecia como tal, no se cuentan las visitas; el que tiene más tiempo desocupado visita al que está más atareado, sin abusar de este privilegio. Es preciso guardar algún intervalo aún en esta clase de visitas evitando la demasiada frecuencia, recordando aquel feliz pensamiento de un célebre autor: "molestamos frecuentemente a los demás, cuando creemos imposible que esto suceda". Las visitas de ceremonia no se hacen jamás sin tener en cuenta el tiempo que han tardado o dejado pasar para devolveros el cumplido, y es muy prudente dejar un período semejante entre visita y visita. El tiempo transcurrido sin pagaros la visita es una indicación de la conducta que debéis seguir en vuestras relaciones con la persona en cuestión. Hay personas a quienes se visita una vez cada mes, otras cada quince días y algunas aún con menos frecuencia.

Las personas de muchas relaciones deben llevar una nota de las visitas que hacen, para evitar las equivocaciones ya sea por exceso o por falta.

Para hacer de un modo conveniente las visitas de ceremonia debe evitarse el practicarlas cuando os halléis con alguna indisposición que pejudique temporalmente a la figura o la voz; que embarace el discurso, tal como una fluxión, reuma o cosa parecida, pues correriais el riesgo de pasar por demasiado familiar. En este estado hacer solo visitas de confianza y estaréis por el contrario muy oportunas y amables.

También es indispensable elegir las horas a propósito para hacer las visitas. Hay que tener en cuenta los usos y costumbres de las personas a quien se va a ver para no embarazarlas o hacerles alterar la hora de comer, sus ocupaciones o paseo de costumbre, No se puede asentar una regla absoluta sobre el particular, pero se puede señalar como una regla muy acertada que las visitas de ceremonia no deben hacerse ni antes de las dos de la tarde ni después de las cinco. Obrar con esta advertencia es exponerse a ser inoportuno presentándose en una casa demasiado temprano, o alterando las costumbres que tenga una familia por la noche.

No obstante, entre las personas que tienen el día destinado a los negocios están admitidas las visitas por la noche.

Después de prepararse con el traje y adornos a propósito para la clase de visitas que se van a hacer, se debe proveer de tarjetas las que deben llevarse dentro de un tarjetero. Variada ha sido durante algún tiempo la forma y matices adoptados en las tarjetas, pero hoy han prevalecido de una fina cartulina, litografiadas y con caracteres de una letra inglesa. Las tarjetas de luto llevan una faja o van en cartulina negra.

Las personas distinguidas y de importantes negocios, que tienen al propio tiempo muchas relaciones, está admitido que puedan mandar tarjetas por medio de sus criados, y en el caso que hagan alguna visita personalmente suelen poner estas iniciales debajo de su nombre: "E.P.", es decir "en persona", o doblar por el medio la tarjeta. Más a menos que una alta posición no prescriba o justifique la primera práctica, sería muy ridículo adoptarla.

Es de muy mal tono conservar en el borde o marco de las lunas o espejos, las tarjetas que se reciben; esto parece dar a entender que se quiere hacer ostentación de las relaciones que se tienen.

Si el que va a hacer una visita, lleva carruaje, el lacayo sube a la casa a informarse si está la persona a quien se va a visitar; caso que se vaya a pie se debe hacer por si propio.

Los criados deben ser reputados a manera de soldados que tienen su consigna, y así cuando contestan que sus amos no están en casa, no se debe insistir aún cuando conste lo contrario, y aunque por azar se les oyese hablar, se les debe dejar una tarjeta y tomar tranquilamente la escalera.

Cuando un criado responde que su amo o persona por quien se pregunta está indispuesta, ocupada o comiendo, debe hacerse lo mismo que en el caso anterior, manifestando su sentimiento. Deben darse tantas tarjetas como personas principales hay en la casa que se visita.

Al ser introducidos en una casa debéis dejar en la antecámara los chanclos, el paraguas y la capa; las señoras también dejan sus abrigos. Enseguida es preciso hacerse anunciar por un criado si está así establecido en la casa, o al menos aguardar que sin anunciarnos abran la puerta de la sala o el gabinete. En caso de ausencia de los criados no debéis entrar inmediatamente sino herir ligeramente la puerta con la mano, y aguardar que se os abra, o que os den permiso para entrar. Si no sucede lo uno ni lo otro, abrid lenta y suavemente la puerta, y sino encontráis persona alguna guardaos de penetrar más adelante y volved por el mismo camino a la antesala, aguardando a alguien que os introduzca. Si la detención se prolonga demasiado, dejaréis vuestra tarjeta sobre una mesa o bien al portero. Estos casos se presentan muy rara vez, más es conveniente preveerlo todo para que no coja de sorpresa.

Respecto a los caballeros al ser admitidos o presentarse en una visita lo hacen con el sombrero en la mano, saludando con gracia y respeto. Debe anticiparse a tomar una silla para evitar esta molestia a las personas de la casa, y colocarla cerca de la puerta de entrada y a cierta distancia de los dueños de la casa. No debe sentarse hasta tanto que ellos no lo hagan, teniendo el sombrero en la mano apoyado sobre las rodillas, sin balancearse ni hundirse en su asiento, sino guardando una postura a la vez cómoda y decente. Sería familiar y de mal tono desembarazarse del sombrero y bastón antes que el dueño y, sobre todo la dueña de la casa nos haya invitado a hacerlo y aún entonces será bien ofrecer alguna resistencia y no ceder sino a la segunda o tercera insinuación; debe colocarse sobre alguna consola o velador que se encuentren cercanos; muchas personas de buen tono colocan el sombrero sobre el pavimento, lo cual no debe permitir el dueño de la casa. Por otra parte, la invitación a dejar el sombrero, no se hace sino a personas que se quiere tratar con cierta familiaridad, pues en las visitas de ceremonia, se conserva el sombrero en la mano.

Estos consejos se refieren también a las señoras. Está admitida entre ellas la costumbre, al hacer algunas visitas, de dejar el sombrero y el chal, más esto supone mucha intimidad para que se permitan hacerlo en casa de personas que le son poco conocidas. Si se les invita a ello deben rehusarlo. Los pocos momentos destinados a una visita de ceremonia, la necesidad de consultar un espejo al volver a ponerse el sombrero y de ser ayudada para arreglarse el chal se oponen a que acepten esta invitación. Si tienen alguna confianza con las personas que visitan y desean desembarazarse de estos objetos deben pedir su permiso. Deben depositarse estos objetos sobre una butaca o mueble apartados y jamás se deben colocar sobre las camas, a no ser que lo haga así la dueña de la casa. Cuando se está de visita en una casa adonde se va con mucha frecuencia, se puede hacer esto sin decir una palabra y aún también arreglarse el cabello delante de un espejo con tal que esta operación dure pocos momentos.

Si aquel a quien visitáis, se prepara para salir o sentarse a la mesa, aunque os ruegue os detengáis debéis retiraros lo más pronto posible; por su parte la persona interrumpida no debe dejar entrever un deseo demasiado pronunciado porque la visita se concluya prontamente.

Se debe tener la mayor amabilidad siempre al recibir una visita y cuando las circunstancias que acabamos de mencionar concluyan en breve rato, se debe manifestarles sentimiento por disfrutar tan poco tiempo de su amable compañía.

Las visitas de ceremonia deben ser cortas y si la conversación se encuentra cortada por las personas a quien vais a visitar, si se levanta bajo un pretexto cualesquiera el uso exige saludar y retirarse.

Si antes de esta invitación tácita para que os retiréis, se anuncian otras visitas, no por eso debéis dejar de salir. En el caso en el que el dueño de la casa os instase a quedaros por más tiempo ofreciéndose a acompañaros, debéis responder en pocas palabras que un negocio indispensable os llama y le rogareís con instancia no se moleste por vos.

Cuando sobreviene o se presenta alguno de vuestros amigos sería impolítico separaros de esto modo. En todo caso se debe saludar a los recien llegados y cuando se trata de una señora todo el mundo se levanta a su entrada. Respecto a los caballeros, solo entre ellos se levantan y las señoras saludan ligeramente con la cabeza devolviendo el saludo.

Si al entrar en una visita encontráis que personas extrañas que tienen entrablada una conversación, contentáos con las palabras que os dirijan los dueños de la casa; no os detengáis más que algunos instantes, haced un saludo general y conducíos como en el caso anterior.

Si alguna vez acontece que los recién llegados, bien porque os conozcan de vista, bien por otra razón se unan con los dueños de la casa para insistir que no os vayáis, respondedles algunas palabras políticas y aún lisonjeras, más no desistáis por eso de retiraros.

Si estando en visita traen una carta para la señora o dueño de la casa, está en el orden que no la abra, más de vuestra parte está el rogarle lo haga y se entere del contenido, y caso que no acceda, estáis en el caso de abreviar vuestra visita.

Cuando en una visita de media etiqueta insisten vivamente porque os quedéis, conviene ceder al pronto y luego que pase algún tiempo levantarse; si aún así y todo insisten cogiéndoos de las manos y obligándoos casi a sentaros, sería impolítico retiraros, pero es preciso que pasado un intervalo que creáis suficiente os levantéis definitivamente.

Al subir una escalera es de uso riguroso ceder el paso a las personas de más respeto y dejarles el lado de la pared que es el más cómodo. Esta precaución debe tenerse muy en cuenta cuando se trata de una señora, a más de ofrecerla el brazo, cuya distinción corresponde a la de más edad cuandos se encuentran varias mujeres reunidas.

Sería enojoso y estemporáneo ocuparse en interminables ceremonias para cuestionar quien debe entrar o ser anunciado primero. La prioridad en estos asuntos guarda la regla del sexo, después la edad y en último lugar las cualidades personales.

Cuando muchas señoras de la misma edad casi y categoría están juntas, no se deben prolongar las etiquetas acerca del orden que han de llevar en la introducción; solamente si hay muchas habitaciones que atravesar, la persona que ha pasado la primera al entrar, debe pasar la última a la primera puerta que haya que atravesar. En todas ocasiones las señoritas ceden la preferencia a las señoras. Llevar consigo a las visitas niños o perros, es una cosa muy provincial, y aún en las visitas de poco cumplido o etiqueta, es preciso dejar el perro en la antesala como también la niñera o ama de cría, en su caso.

Se reprende con razón a los provincianos el prodigar demasiado las reverencias y fórmulas consagradas para saludar a las personas o para despedirse. Esta costumbre que puede hacer nacer o adquirir el embarazo o una extremada atención, es en extremo ridícula. No es fácil conservar la formalidad al ver una de esas buenas gentes saludar todos los muebles, volverse veinte veces cuando se le despide y hacer a cada estación una triple salva de saludos y de adiós. Nuestros lectores evitarán tan singular atención; saludarán una vez en el momento de despedirse y otra en el instante en que la persona que los acompaña se retira de la puerta.

Hemos dicho anteriormente que cuando no se encuentra en casa a una persona, o se teme molestarla, se le deja una tarjeta; pero estas no son las visitas especiales que se denominan "por tarjetas". En estas últimas no se tiene el objeto de ver a las personas, sino que se limita a dar una tarjeta al portero o criado sin enterarse si quiera de si está o no en casa el dueño.

Este uso que ha sido introducido por la necesidad entre las personas de muchos quehaceres y relaciones, no es ridículo, más puede serlo con exceso por la extensión que se le ha dado. Esta extenxión consiste en hacer las visitas sin salir de casa, enviando solamente una tarjeta por medio de un criado. Este sistema de visitas por tarjetas se presenta a las gentes de buena sociedad como la cosa más impertinente y más trivial que se pueda imaginar. No debéis permitiroslo sino para pagar visitas hechas de este modo.

En las obras consagradas a la enseñanza de la buena educación, no se tiene presente sino las personas distinguidas, olvidándose totalmente de las gentes de condición más modesta, y cuando se está en contacto con ellas se lamenta su incivilidad. Esto es a la vez una injusticia y falta de cálculo; injusticia porque la verdadera urbanidad se dirige o se hace relación menos a la clase que a la rectitud de espíritu y bondad del corazón; mal cálculo pues rehúsar el iniciar a las personas en lo que hace fáciles y agradables las relaciones sociales, es procurar extrañezas y enojos; es, en una palabra, retardar en cuanto es posible la práctica de las buenas formas de la civilización.

Esta disgresión nos conduce naturalmente a la segunda parte de nuestro propósito relativamente a las visitas, concerniente a los deberes que impone la urbanidad para recibirlas, pues no es menos importante acoger bien a las personas que presentarse bien ante ellas.

Antes de pasar a esta importante materia parecería del caso que concluyamos lo relativo a las visitas haciendo algunas indicaciones acerca de las de audiencia, felicitación pésames, invitaciones, etc., más fuera de las primeras a las que consagraremos algunos renglones, dejaremos las demás para los respectivos artículos de las materias análogas donde tienen su verdadero lugar.

No se debe presentar en casa o despacho de un ministro o jefe de administración pública sin haber antes solicitado audiencia por escrito, indicando al propio tiempo el objeto que en ella se propone; debe concurrirse a la hora señalada, y no detenerse a informarse del estado de salud, limitándose únicamente a los estrictos cumplidos oficiales. Estas visitas que son el apogeo de la etiqueta deben ser muy cortas.

 

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