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    Periódico La Nación de Paraguay.

 

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(Debate) A ponerse la etiqueta.

(Debate) La cortesía viene de muy lejos. Y más allá de que la etimología de la palabra nos remita a un mundo alcanforado de reyes, reverencias y formalidades varias.

El boom de los buenos modales. Los cursos de ceremonial y protocolo crecieron un 60 por ciento en los últimos cinco años. Los libros que enseñan cómo comportarse en sociedad también están en alza. La tendencia se nutre del auge de la gastronomía, la enología y los negocios con empresas extranjeras. Cuáles son las nuevas reglas de la cortesía en el siglo XXI.

La cortesía viene de muy lejos. Y más allá de que la etimología de la palabra nos remita a un mundo alcanforado de reyes, reverencias y formalidades varias, se trata de una manera de ser y de actuar en sociedad, que involucra la urbanidad, las buenas costumbres, el decoro, el savoir-vivre. Desde hace algunos años la cortesía parece estar de regreso. Pero no porque la vida en común haya dejado de degradarse (toda vez que los bocinazos y los insultos entre conductores, o el gesto de arrojar botellas y papeles en la vía pública teniendo un cesto de residuos a dos pasos, siguen siendo moneda corriente), sino porque cada vez son más las personas que estudian carreras como Ceremonial y Protocolo, o las que se anotan en cursos de etiqueta. Un fenómeno que en los últimos años ha generado que algunas editoriales volvieran a publicar y a vender con cierto éxito manuales de buenas maneras. Y que, en la televisión, le ha dado una mayor cabida a programas y columnistas encargados de instruirnos en el preciado arte de ser educados.

Ser cortés es un buen negocio.

Si bien cuando se habla de protocolo se piensa, por lo general, en normas estrictas vinculadas con la agenda gubernamental o diplomática, hoy son cada vez más los ejecutivos, profesionales y estudiantes que se preocupan por saber tomar correctamente los cubiertos y distinguir cuáles son los indicados para cada plato. Esta tendencia ha impulsado en los últimos cinco años un aumento del 60 por ciento la demanda de clases de ceremonial y protocolo. Ocurrió de manera simultánea el auge por la cocina gourmet y la enología (el conocimiento relativo a la elaboración de vinos).

Pero más allá del costado mundano y esnob que puede haber en el asunto, lo cierto es que para muchas empresas el comportamiento social ha pasado a ser una herramienta de trabajo cada vez más necesaria. El aumento de los negocios con extranjeros también influyó para que muchos ejecutivos consideraran indispensable esto de saber moverse con soltura, conocer la forma de ser y las costumbres de los otros.

Karina Vilella, directora del Centro de Estudios Diplomacia Delfina Mitre, certifica la importancia que en estos últimos tiempos han adquirido estos saberes en la cultura empresarial. Y remarca que cada uno de los órdenes de la vida cotidiana está regido por fórmulas de cortesía no escritas.

"En todos los ámbitos se ve el desarrollo de las normas de etiqueta", afirma Vilella, convencida de que hay algunas que se llevan incorporadas. "Por ejemplo, la gente va a la iglesia y sigue un protocolo eclesiástico, no se pregunta por qué se para, por qué se sienta, por qué repite. La gente que va a ver un partido de golf también sigue la etiqueta del lugar. La etiqueta del golf es una de las más estudiadas porque es un deporte de moda. De hecho, el ceremonial deportivo está muy en auge. Ni hablar del corporativo, y sobre todo del corporativo a nivel internacional.

En este rubro están las empresas que tienen contacto permanente con visitantes extranjeros. Y puesto que la etiqueta árabe, la japonesa o la china son muy diferentes a la nuestra, es necesario que quien pretenda hacer negocios con personas de estos países esté al tanto de cuáles son sus normas. Desconocerlas hasta podría implicar que directamente se cierre la posibilidad de hacer negocios", explica Vilella.

El camino que recorrió Vilella para llegar a donde hoy está empezó con una anécdota que jamás podrá olvidar. Durante años trabajó en Cancillería dando clases de ceremonial en la carrera diplomática, y se vio en la imperiosa necesidad de iniciarse en los estudios del protocolo y las buenas costumbres. "Empecé a trabajar en la Cancillería en 1993, como asesora de un funcionario, pero sin tener la menor idea de los gajes de la diplomacia. Ahí conocí a mi ex marido, que es cónsul, y al poco tiempo lo trasladaron a los Estados Unidos. Allí lo ayudaba y me tocaba cumplir funciones protocolares.

Una noche nos invitaron a una cena con el alcalde de Dallas. Yo era la única mujer y me sentaron al lado del alcalde. Entonces el mozo me trajo la carta y, como yo no entendía casi nada de inglés, pedí un plato a ojo. El alcalde pidió un plato principal y sopa, y todo el resto de la delegación argentina pidió lo mismo. Trajeron la sopa y me quedé pagando, porque si alguien pide entrada los demás tienen que acompañarlo. Cuando el mozo trajo mi plato, era una baguette que sobresalía diez centímetros de cada lado del plato. ¡Era un sándwich gigante! ¡Me quería morir! Fue el papelón más grande de mi vida, aunque también la situación que me llevó a iniciar mis estudios", dice.

Para Vilella -hoy en día una de las máximas autoridades del país en la materia- el auge que vive el estudio de las normas de ceremonial y protocolo no sólo se debe a una moda, sino también a cómo mucha gente reacciona frente a lo que ve como "una sensación de mala educación generalizada". Y si bien el lenguaje de la servilleta y el dress code para asistir a un cóctel son cosas que pueden aprenderse fácilmente, los buenos modales son más difíciles de enseñar. Porque los buenos modales se aprenden en la infancia y en las mesas familiares que -según Vilella- cada vez escasean más.

"La mayoría de las personas deberían dejar de creer que las reglas de etiqueta son para una élite y darse cuenta de que son normas que uno vive día a día. Normas que uno tiene que poner en práctica y transmitir a sus hijos para poder vivir en un clima de cortesía y respeto".

Damas y caballeros.

Las reglas de caballerosidad han sufrido una gran transformación en un contexto en que las mujeres hace tiempo que no dejan de ganarles terreno a los hombres. Hoy en día no es descabellado concebir que un señor no se decida a cederle el asiento en el colectivo a una mujer por temor a herir su susceptibilidad y hacerla sentir vieja, ¿no había una publicidad en la que una adolescente le preguntaba la hora a un muchacho llamándolo "señor" y a éste por poco se le transfiguraba la cara? Eso deja ver una falta de cortesía, que podría ser una burda excusa para justificar la propia comodidad, así como un comportamiento que treinta años atrás era impensable.

Pero más allá de cómo el hombre no deja de sentirse descolocado (y reacciona en consecuencia) ante una situación en la que es cada vez más inconcebible y anacrónico mandar a la mujer a lavar los platos, para Daniel Sabatella, psicoanalista y profesor de ceremonial y protocolo en la Universidad Católica, la situación actual no puede atribuirse solamente a la defección masculina.

"La mujer podrá ser igual o mejor que el hombre, pero no debe olvidar lo que es ser una dama. Ella puede ser superior en lo laboral o en lo intelectual, pero no debería colaborar para que los hombres sigan dejando de lado la caballerosidad y las reglas de cortesía. Que una mujer entre a un restaurante por iniciativa propia, sin esperar que el hombre le abra la puerta, es un ejemplo de ello. Y hay ciertas costumbres que, por mucho que la mujer haya evolucionado socialmente, debe hacer que se respeten. Hacerlo no va en desmedro de su lugar en la sociedad. Por el contrario. Me hago cargo cuando digo que es la mujer la que ha dado lugar a que la caballerosidad y la cortesía masculina fueran desapareciendo", dice.

Y agrega: "Algo que debe quedar en claro es que el respeto no es anticuado. La etiqueta, el ceremonial, el protocolo no son anticuados en sí mismos: se relacionan junto con los cambios que se dan en las sociedades. Después de todo, ¿es anticuado ayudar a que una mujer se saque el tapado o correrle la silla en un restaurante? Decimos que esas son costumbres anticuadas porque se fueron perdiendo, pero no tiene tanto que ver con las modas sino con un relajamiento de las costumbres que se han ido generalizando".

Para Víctor Ego Ducrot, periodista y autor de varios libros (Los sabores de la patria y Los sabores del tango, entre otros) que mezclan la gastronomía con la historia de las costumbres, no es conveniente confundir cortesía con galantería. Esta última está más vinculada a la idea de juego de seducción que a las buenas maneras. "Considerar que la cortesía es una cuestión de trato de los varones para con las mujeres implicaría dos serias descortesías", sostiene Ego Ducrot. "Por un lado, una expresión de machismo, y por el otro, de mala educación más allá de los géneros. ¿O acaso no se vive mejor si somos corteses entre todos, seamos hombres o mujeres?"

Desde su especialidad, el mundo culinario, Ego Ducrot no duda en desaconsejar "seguir la modas y concurrir a lugares que son galerías exhibicionistas". Y señala lo típico que es que el argentino confunda la buena mesa con pagar caro. "Son muchos los modos en que la gente suele meter la pata en lo que se refiere a los buenos modales en la mesa. Pero para mí hay un gesto que se lleva todos los laureles, por lo ridículo: cuando los tipos bambolean la copa de vino, acercan al borde sus narices de resfriados, ponen ojitos de trance y dicen: 'Mmmm, sabe a madera, a frutos del bosque…' (y vaya a saber a cuántas cosas más), y le hacen al mozo un gesto de entendidos. Por supuesto, los mozos se ríen por dentro. En este país, los que se creen dueños de las buenas maneras suelen ser personas de una vulgaridad impune".

El celular, enemigo púbico.

La vulgaridad también se pone de manifiesto en los modos en que la gente suele usar el teléfono celular: sin duda la bestia negra de las nuevas good manners. "El uso de las nuevas tecnologías no va en desmedro de la observancia de la etiqueta", opina Daniel Sabatella. "Aunque hay gente que usa el celular en el colectivo como si estuviera en el living de su casa. Así nos enteramos de qué está cocinando la madre, de qué planes tiene para el fin de semana, o cuál fue el resultado del último test de embarazo de su prima. Muchos no registran estas cuestiones.

Probablemente son los mismos que van al cine a ver una película y se la pasan haciendo comentarios como si no hubiera nadie más en la sala. El celular es un problema, sin ninguna duda. No sólo por las melodías extravagantes que muchos les ponen a sus aparatos, sino también por lo difícil que es para la gente entender que hay situaciones en las que es preferible tenerlo apagado", dice Sabatella. Y explica: "Si uno está en una cena, sólo atiende y se levanta de la mesa en caso de que sea la llamada de su vida. Lo primero que hace mal es atender en la mesa. Ni siquiera tiene el respeto de levantarse y alejarse para no interrumpir la conversación de los otros. Es capaz de levantar el teléfono y hablar a los gritos en medio de una comida".

A la hora de enumerar las reglas de cortesía y/o urbanidad se respetan con menos frecuencia, Karina Vilella pone la impuntualidad en el tope del ranking. "La impuntualidad es un problema muy importante. No tienen en claro que la tolerancia para llegar tarde son diez minutos como máximo. Y todo porque existe esa cuestión de no querer llegar primeros. También se suelen desatender los códigos de invitación.

Se sabe que cuando una persona invita a otra a cenar es la primera la que paga. Y lo que corresponde es que el invitado, al cabo de un tiempo, retribuya con otra invitación. Pero se tiene esa pasión por discutir por la cuenta, como si fuera una forma de quedar bien con quien lo está invitando. Y así es que llega la cuenta y empieza: ¡No, paguemos entre todos! ¡Un poquito cada uno! ¡Dale, no hinches! Un ejemplo de cómo los buenos modales o las reglas de cortesía implican, no sólo formas de quedar en infracción, sino también impensados malentendidos.


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