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El ceremonial marítimo.

  • Conjunto de prescripciones a que se someten los buques, puertos o fortalezas para tributar honores y testimonios de cortesía a altas personalidades oficiales o simplemente para tributárselos los buques entre si.

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    Fernando Ramos Fernández. Profesor titular de la Universidad de Vigo.

 

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Antecedentes históricos.

Según explica Adolfo J. de Urquiza, en su conocido tratado titulado "Ceremonial Público", consiste en un conjunto de prescripciones a que se someten los buques, puertos o fortalezas para tributar honores y testimonios de cortesía a altas personalidades oficiales o simplemente para tributárselos los buques entre si.

Las tentativas que se hicieron en el Congreso de Aquisgrán del año 1818, con el fin de que la Conferencia de Londres acordase adoptar un Ceremonial único para todos los países, resultaron infructuosas (Desde entonces, estos reglamentan el suyo a su manera, pero ateniéndose a normas en cierto modo comunes y que la tradición ha generalizado. Casi siempre, aplicándose el principio de reciprocidad o el derecho consuetudinario.

Los saludos a los que se refieren los honores marítimos se realizan de cuatro formas: al cañón, con las velas, a viva voz y con la fusilería y con el pabellón. El sistema de rendir honores con el pabellón cayó en desuso, según dice Urquiza, por los conflictos que creó y por lo que tuvo de humillante.

El "derecho de pabellón" que se atribuían ciertas naciones que aspiraban al dominio de los mares acabó haciendo odioso el formulismo. Según él, los buques debían saludar primero a los de de otros países más poderosos, viéndose forzado incluso a arriar la bandera bajo amenazas severísimas, aun cuando los Estados respectivos mantuvieran cordiales relaciones.

Esas fueron, un tiempo las pretensiones de Inglaterra. Pero Francia y España protestaron. Felipe II prohibió a sus flotas que acataran los deseos de los ingleses. Luis XIII y Carlos I de Inglaterra convinieron en el sentido de que la preferencia en la recepción de honores correspondiera a los barcos de la nación que tuviera sus costas más cerca del lugar del encuentro.

Pero Luis XIV estimó que debía reservarse la exclusividad del privilegio para las unidades francesas. Holanda en desacuerdo también, pagó con la derrota su rebeldía en una guerra que mantuvo dos años con Gran Bretaña.

El Gobierno de la Revolución francesa, con criterio más justo humano, dispuso al principio, sin duda para reaccionar contra estos deseos imperialistas, que en la proa de sus navíos se inscribiera la conocida frase "libertad de los mares; igualdad de derechos para las naciones". Y así poco a poco, se desterró el procedimiento. Los restantes usos perduran.

El saludo que se hace con el cañón es el ordinario y regular. Se dispara un cierto número de cañonazos -siempre impar y variable, llegando hasta el 21, e incluso hasta el 101-, que son siempre devueltos, tiro por tiro.-

El saludo de velas se hace cargado de velas altas o bajándolas hasta la mitad del mástil. Y el de viva voz y fusilería, mediante bievenidas personales, hurras y salvas de armas de pequeño calibre. El de fusilería es poco frecuente. Así como la costumbre de colocarse en el barco a sotavento o enviar a bordo del otro navío uno o varios oficiales para cumplimentar.

Las diferencias exteriores que caracterizan a cada ceremonial no presuponen ni inferioridad ni sometimiento del país, en relación con los demás. Como queda apuntado más arriba, las reglas habituales son comunes a todos.

No devolver un saludo puede ser considerado un hecho impolítico, ante el que cabe pedir explicaciones.

Sobre esta misma cuestión, Gines Vidal y Saura, en su obra "Tratado de Derecho Diplomático", escribe: "Aunque la historia nos enseña que muchos países, en su época de preponderancia, han pretendido ejercer su soberanía sobre determinados mares, sabido es que el principio de libertad del mar es una de las más apreciadas conquistas del Derecho moderno".

En este sentido es determinante la doctrina de Hugo Grocio, contenida en la obra "Mare Liberum", cuyos principios forman parte del acervo esencial de todos los pueblos del orbe y que son axiomas del Derecho Internacional que nadie discute.

Honores militares y ceremonial marítimo en España.

Los honores militares y el ceremonial marítimo están establecidos actualmente en España mediante el Real Decreto 1024/1984, de 23 de mayo, por el que se aprueban las Reales Ordenanzas de la Armada.

Con carácter no oficial, pero como utilísima referencia a seguir, en 1988, el entonces jefe del Estado Mayor de la Armada, Fernando Nardiz Vidal, ordenó redactar y publicar un utilísimo y hermoso libro, titulado "Ceremonial Marítimo", "con el fin de complementar los reglamentos e infundir en ellos, a través de los preceptos tradicionales en nuestra Armada, el alma que nos personifica por nuestro quehacer en la mar".

Cabe recordar que los usos y tradiciones que conforman nuestro ceremonial marítimo, en cuando a honores y saludos, aparecen en el Real Decreto de 4 de enero de 1922, que establece el Reglamento a que deben ajustarse los honores a la voz y al cañón que se rinden en los buques de la Armada.

Como ejemplo de la notable diferencia entre el texto del Real Decreto y la tradición naval podemos comparar la norma aplicable a uno de los más solemnes, emocionantes y, por qué no decirlo, triste entre los actos cotidianos de la Armada: la baja de un buque de guerra.

Recordemos previamente lo que dice el:

Artículo 590.

La Armada conservará con respeto todas aquellas tradiciones, usos y costumbres que mantengan vivo su espíritu y perpetúen el recuerdo de su historia.

Vamos al:

Artículo 613.

La baja en la Armada de los buques se realizará con una ceremonia solemne, cuyo acto fundamental será el arriado de la Bandera y el desembarco de la dotación.

Tomemos ahora lo que dice el libro sobre el ceremonial naval tradicional:

Baja de un buque en la Armada.

Al ser desarmado un buque, su Comandante lo entregará al Arsenal para su custodia y disposición de la forma que el mando ordene. La ceremonia la preside el Almirante del Arsenal que lo recibe.

- La dotación forma como para Leyes Penales y el Comandante ordena leer la disposición oficial de baja del buque.

- El capellán reza a continuación unas preces de gracia y de recuerdo para los fallecidos entre los que formaron parte de la dotación.

- El Comandante toma la palabra para resumir el historial marinero y militar del buque.

- Se arría la Bandera con los honores correspondientes.

- El Comandante toma en sus manos la Bandera plegada y la entrega al Almirante del Arsenal.

- Desembarca la dotación formando en tierra, siendo la guardia militar la última formación que abandona el buque, seguida por el Comandante.

- La guardia de Arsenales o de la Infantería de Marina designada al efecto y previamente formada en el muelle, entra a bordo.

La mística de las instituciones.

Los navíos son como organismos vivos.

Decía el embajador José María de Areilza que los navíos son como organismos vivos. Trasciende de su armazón, hoy metálico, ayer maderero, una personalidad inconfundible que los confiere carácter, perfil y personalidad.

Y añadía:

Son ciudades movibles, cambiantes, que se adaptan a climas antagónicos, tórridos o gélidos, y que vencen a los elementos naturales, como las olas y los vientos, para alcanzar el rumbo o el destino deseados, enfrentándose con ellos. Las naves de guerra tienen más ceñida personalidad que las del tráfico mercantil. Sus hombres están ligados por una vigorosa disciplina, y el código del honor inspira a las tripulaciones una conducta ética que desborda del estricto reglamento para elevarse a una categoría moral. Un navío tiene el alma de sus jefes, y la historia dramática y emocionada de estos buques lo demuestra. Cada uno es un trozo del pasado reciente de España, y en casi todos ellos ha dejado el transcurso de los años estelas de sacrificio y cicatrices de gloria.

Estas hermosas palabras han sido tomadas del prólogo del libro "Buques de Guerra Españoles. 1885-1971", de Aguilera y Elías, publicado por Editorial San Martín en 1968, con diversas reediciones posteriores.

Sigamos el relato del emotivo suceso que nos recuerda en sus propias palabras, recogidas en el lugar indicado:

Yo recuerdo haber intervenido como protagonista en el capítulo final de la vida de uno de ellos, el Reina Mercedes. Fue este crucero de tres mil toneladas, mal protegido, uno de los que defendían Santiago en las jornadas trágicas. Por su mala aptitud para el combate activo, luchó amarrado, con la parte de su artillería que no se había desembarcado, hasta que se le ordenó atravesarse y hundirse en el canal de entrada, para impedir el paso al victorioso enemigo. Del fondo del mar lo extrajeron intacto los norteamericanos, llevándoselo como trofeo de guerra a su país, Me lo encontré cuando visité la primera vez la base de Annapolis, recién posesionado de la Embajada en Washington.

Llevaba allí desde 1912 sirviendo de portón como club de oficiales, museo de la guerra del 98 y correccional de cadetes arrestados. A pesar de hallarse desarbolado, la vista del navío, impecablemente pintado de blanco, con su balconcillo de popa, su puente de mando, los tejadillos de cubierta y el mascarón de proa policromado, me produjo una dolorosa impresión. Hasta 1912 había servido para esos menesteres el casco del Hartfor navío de insignia de Farragut, el gran Almirante norteamericano de origen menorquín. Era bien triste que fuera un navío de guerra español del 98 el que ahora se ofreciese a la atención de los millares de visitantes que todos los años acuden a las bellísimas instalaciones navales.

La gestión que inicié allí mismo duró casi tres años. Al principio mi petición produjo alguna sorpresa, que tanta es la fuerza del hábito para olvidar los más elementales aspectos de la sensibilidad de los demás. Pero a medida que iba avanzando en mi negociación iba sumando aliados en la demanda que postulaba. Las mejores colaboraciones las encontré en la propia Marina de los Estados Unidos, cuyo exquisito sentido de la caballerosidad y de la amistad no necesito subrayar aquí. Subió la petición hasta el propio Presidente, que como Jefe supremo de las fuerzas armadas tenía que autorizar la baja de aquel despojo en el inventario de la Marina. Por fin, un día el Almirante Carney, Jefe del Estado Mayor de la Navy, me vino a comunicar personalmente la buena nueva. El Reina Mercdes desaparecía de Annapolis y era entregado al desguace. Pero no se quería hacer eso sin ceremonia, y se me invitaba a presidirla. Fue un acto sencillo y conmovedor. En una tribuna decorada con gallardetes nos sentamos el Almirante Jefe de la Base y yo con los demás invitados. Una mesa, con, varios documentos, sostenía un objeto de gran tamaño, de forma cónica, que envolvía la bandera norteamericana. La Academia en pleno formaba rígidamente, frente a nosotros, en la explanada. Leyó el Almirante los decretos correspondientes y las "Stars and Stripes" fueron arriadas del mástil del Reina Mercedes a los acordes de su himno. El Almirante dijo a continuación que deseaba ofrecerme un recuerdo de aquel acto de confraternidad.

Descubrió el objeto y apareció la campana del Reina Mercedes, bruñida y reluciente, con su inscripción original y la fecha, Cartagena 1887. Pronuncié unas palabras resaltando el simbolismo del acto. Los cadetes desfilaron ante la tribuna en impecable columna de honor. Creo que fue uno de los momentos más gratos de mi estancia y misión en los Estados Unidos. La campana se la ofrecí al Museo Naval de Madrid, donde se guardan tantos tesoros del pasado bajo la amorosa tutela del egregio maestro de nuestra historia naval y aun de la historia a secas, el Almirante don Julio Guillen.

No fue sólo el aspecto negativo de suprimir un mal recuerdo, sino el positivo de hacer realidad el contenido de nuestros convenios de 1953 lo que llevó a Norteamérica a tomar parte en numerosas ceremonias de transferir buques norteamericanos a nuestra Escuadra en condiciones sumamente favorables. Escribo estas líneas con una pluma en cuyo basamento se lee en inglés: "Esta pluma se usó en la ceremonia de transmisión de USS l Converse DD 509 a la Armada española, Arsenal de Filadelfia, 1959, Julio." Creo que se llama ahora Almirante Valdés y he visto su silueta en las páginas de este libro.

Como en toda América es realidad aquello del posta de que no hay un palmo de tierra sin huella española, el Comandante del Converse era de Alaska y conoció, con alegría y con asombro, que la ciudad de Valdés, como la de Córdoba, prósperos lugares de aquel remoto Estado, debían su nombre a dos destacadas figuras de nuestra  Marina del setecientos que  descubrieron, bautizaron y fundaron los núcleos originarios de población alaskana de aquella inmensa tierra de América.

¿Cuál es el objetivo de este libro, aparte de servir de manjar a los aficionados del fascinante mundo naval? A mi entender, el siguiente: Despertar en la conciencia de la masa española del interior de la Península la vocación marítima de España y el afán por las tareas nobilísimas de la Marina.

Azorín, el escritor de la clara luz mediterránea, glosaba con frecuencia aquel verso que otro compañero suyo dedicaba a la meseta:

"Desgraciada Castilla porque no puede ver el mar." Azorín repetía: "La solitaria y melancólica Castilla no puede ver el mar. ¿Cómo es el mar? ¿Qué dice el mar? ¿Qué se hace en el mar?" Pero de España se ha dicho que tiene dos mares, uno a cada banda, que le van de los pies a la cabeza. Y ¿cómo a un pueblo como el nuestro, que lo envuelve la mar de la testa a la planta, se le va a olvidar esa tradición esencial de su vida?

Sólo Dios sabe el arcano de la grandeza futura de los pueblos y de sus gestas venideras. Pero una cosa es cierta: el porvenir nacional está entrañablemente unido al de nuestra condición marinera. Mientras el español navegue, su destino estará alerta, vivo, presente en la comunidad internacional. "Navigare, necesse est." El progreso de España se mide por singladuras.

La gloriosa campana, recuperado despojo de nuestra derrota, que picara la hora del acontecer diario de aquel desdichado buque reposa ahora en el patio central del antiguo Palacio del Marqués de Santa Cruz, sede del Archivo General de la Armada "Alvaro de Bazán", en la localidad manchega de El Viso del Marqués.

  • Alta el

    05/11/2008

    Modificado el

    16/10/2009

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