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El incidente del embajador francés en Valladolid IV

Pero algo había conseguido el político cardenal, porque si el Papa procuraba disculpar a Felipe III, en la esperanza de llegar a una unión entre las dos coronas

 

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Incidente entre Francia y España. El papel del embajador

Poco después celebraba Taxis la audiencia con Enrique IV, quien le recibió con irritabilidad, mientras escuchaba paciente las peticiones oficiales presentadas por el embajador español. Muy tranquilo respondió, sin hacer caso a lo oído, que esperaba la debida satisfacción del rey de España por la afrenta cometida, pues estaba resuelto a no sufrirla de nadie. Término del que no hubo medio de apearle, porque de las dos versiones sólo consideraba cierta la de su embajador (París, 7 agosto 1601, Taxis a Felipe III; K 1604, A. G. S.).

Enrique IV en ningún momento podía aprobar el proceder de Rochepot, pero atento a cualquier medio, bueno o malo, de afianzar su política, no desaprovechó esta oportunidad que se le presentaba para minar el prestigio de los Habsburgos españoles en la Cristiandad occidental. A ello tendió desde el primer momento dando una importancia exagerada a lo ocurrido; era preciso cambiar la opinión de aquella gran mayoría que aún veía en España a la portadora de los valores esenciales -aunados religión y política- y el vivo ejemplo de una manera de ser que hasta entonces podía juzgarse única en la catolicidad. Era una ocasión más a emplear, con fines propagandísticos, para encontrar la cima del arbitraje europeo, y no sólo entre los príncipes protestantes, enemigos naturales del predominio español y de cuanto España representaba, sino también entre aquellos católicos que, unidos a la fuerza a la corona española por la verdad que portaba, no habían soñado en aquella posibilidad de separar lo político de lo religioso, aún con merma de este principio. Después de la pausa obligada por las guerras civiles, se continuaba el camino tradicional francés, y si en un tiempo era el único para mantener la independencia de Francia, ahora, a medida que se avanzaba por él, se iniciaba la recta que conducía a una concepción nueva de vida, latente en la mente del hombre europeo, pero en la que nadie había pensado como una realidad. El mérito de Enrique IV fue hacer creer en tal realidad por una serie de golpes maestros que la misma España le ofrecía inconsciente.

Una muestra de lo dicho es su interés por distraer la atención de la catolicidad de los socorros enviados a las Provincias Unidas. Ocupaba entonces el solio pontífice el Papa Clemente VIII ; a pesar de mostrarse "muy francés", comprendía los deseos generales de paz de Felipe III, y por el puesto que ocupaba debía aparecer contrario a la amistad entre Francia y los protestantes holandeses (Roma, 11 de junio 1601; D'Ossat a Enrique IV. D'Ossat, Cardinal: Lettres (1594-1603), París, 1627, pág. 618). El cardenal francés D'Ossat, defensor a ultranza de la política de Enrique IV, y residente en Roma para equilibrar la influencia española en el Sacro Colegio, tenía la misión de apartar la atención del Papa de tal asunto, encauzándola hacia los agravios españoles; lo cual ya venía haciendo en cuanto a la cuestión de Saluzzo y los malos tratos recibidos por los mercaderes franceses en España. En audiencia con Clemente VIII jugó la carta del incidente de Rochepot en Valladolid, aunque el Pontífice había recibido la versión española, y contestó encomiando los buenos oficios de su Nuncio en la corte de Felipe III, esperando que el Rey de Francia no achacara ai de España ni a su Consejo la falta cometida por la población (Roma, 20 agosto 1601; D'Ossat a Enrique IV. Op. cit., pág. 646).

Pero algo había conseguido el político cardenal, porque si el Papa procuraba disculpar a Felipe III, en la esperanza de llegar a una unión entre las dos coronas como medio de lanzar a la Cristiandad occidental contra el Turco, no por ello dejaba de reconocer el odio del pueblo español hacia los franceses, que le incapacitaba de guardar con ellos ninguna moderación. Y ésta era la tesis de D'Ossat y lo que él pretendía (Roma, 3 noviembre 1601; D'Ossat a Villeroy, Op. cit., pág. 649).

Podemos comprobar a través de estas líneas en manos de quien estaba la iniciativa, iniciativa que de ningún modo habría de conducir a un tipo de guerra diferente al empleado hasta entonces por el Borbón contra la dinastía Habsburgo; todavía no tenía sus asuntos en orden, ni reunido el dinero, ni hechas prevenciones precisas para desencadenar una guerra abierta (En una conversación de Enrique IV con Mr. de Rosny, dijo: "Mais pardieu, i'en iure; si il puis avoir une fois mis mes affaires en bon ordre, assamblé de l'ar-gent et le surplus de ce qui est necessaire, ie leur seray a los españoles une si furieuse guerre qu'ils se repentiront de m'avoir mis les armes a la main". Sully: Oeconomies royales, Amsterdam (s. a.), pág. 11). Enrique, en el caso de Rochepot, pretendía salir con reputación de lo que consideraba una afrenta a su misma persona, y prohibió el comercio a los de Bretaña con España, para tener ocasión de que se le diera debida satisfacción; por lo demás no mostraba señal alguna de ruptura (París, 18 agosto 1601, Taxis a Felipe III; K 1604, A. G. S.), como confirmaba en un despacho suyo a De la Guiche, gobernador de Lyón (Calais, 2 septiembre 1601: Enrique IV a De la Guiche: (Es muy interesante el capítulo que se refiere a sus intenciones" "...que no tengo otro disinio que de vivir en buena paz con todos mis vecinos... una cosa hay que yo me asegure, que el Rey de España me dará satisfacción de la dicha afrenta después que habrá mejor considerado las causas que yo tengo de estar quejoso, pues yo no perderé coyuntura cuando ella se ofrezca para vengarme". Estado, leg. 1290, doc. 163, A. G. S.). Siendo su intención, repito, apuntarse un tanto más, ante el deseo de muchos de que volviera a la palestra la Francia fuerte y con prestigio suficiente para lograr, por el momento, el equilibrio europeo, por deseo de medrar a costa del mismo o, por lo menos, librarse de la sumisión absoluta al dominio de la política española en el Continente. Esto se observa bien en los príncipes y potentados semi-independientes de Italia y en la política pontificia de Clemente VIII.

El final de la cuestión

En Valladolid, Rochepot pedía licencia por orden de su rey para regresar a Francia, a donde llegó en el mes de octubre de 1601. El gobierno de Lerma, queriendo como aconsejaba Taxis echar tierra al asunto, pensaba ya en el perdón de los culpables, pues bastaba de castigo el tiempo que llevaban detenidos (Cabrera de Córdoba, L.; Op. cit., pág. 117). Además, el embajador español anunciaba haber sido nombrado nuevo representante diplomático en la persona de Mr. de Barrault, aunque por el momento no mencionaba la fecha de su partida a España. Seguía Taxis mostrando temor por la peligrosa situación creada en Flandes, donde todas las tropas del Archiduque estaban entretenidas en el sitio de Ostende; lo cual podría servir de incentivo para un ataque sorpresa del francés, justificado, desde el punto de vista jurídico, por el clamor de las quejas presentadas al Pontífice, como ocasión de ruptura (París, 5 noviembre 1601, Taxis a Felipe III; K 1604, A. G. S.). Temores infundados; ni era tiempo ni convenía a Enrique IV, y las sospechas del embajador hacían buen juego a la política francesa.

El último objetivo del rey francés en el asunto consistía en aventajar su reputación remachando el golpe; no enviar nuevo embajador hasta que los presos hubieran sido indultados. Y como trasunto de algo que dijimos al enjuiciar en líneas generales la actuación del Duque de Lerma, éste, que en el primer momento apareció intransigente y respaldó lo hecho por el Consejo Real, fue doblegando su postura y prefirió, en última instancia, los métodos suaves, sin verse forzado a perder con exceso el prestigio. Era la muestra palpable de una debilidad, por adaptarse en demasía a las circunstancias, aunque a ello también le empujaba, como a Taxis, ver de arreglar la difícil situación creada en el comercio de ambas naciones con el perdón de los detenidos.

De nuevo el Papa ayudó a los planes de la política de Lerma con la intervención, por medio de sus Nuncios, en las cortes respectivas. Entrado el año de 1602, Felipe III pudo hacer realidad el perdón de los culpables; los presos fueron conducidos a Francia, excepto el sobrino de Rochepot y el capitán La Fleur, que se enviaron al virrey de Sicilia para que hiciera su entrega a Clemente VIII, y fuera éste el encargado de libertarlos, en agradecimiento a su intervención, y como si a ella se debiera exclusivamente la concesión del indulto (Cabrera de Córdoba, L.: Op. cit., pág. 133).

Tampoco Enrique IV olvidaba la cuestión comercial, cuya solución se perfilaba ya, y, queriendo agotar hasta el fin las ultimas posibilidades, no juzgó buena la satisfacción. Los pasos del Nuncio en Francia para que se decidiera a enviar embajador, no dieron resultado (Blois, 9 mayo 1602, Taxis a Felipe III; K 1605, A. G. S.). Vino a cimentar su opinión las peligrosas diferencias surgidas a raíz de la conspiración tramada por el mariscal de Biron, a instancia del inquieto Carlos Manuel de Saboya, y alentada por la probable ayuda de España a través del gobernador del Milanesado, conde de Fuentes. Una vez descubierta, sirvió a los planes de Enrique IV, como un hito más para el sometimiento de la anarquía nobiliar francesa (J. L. Cano de Gardoqui. Tensiones hispanofrancesas en el siglo XVII: La conspiración de Biron (1602). Valladolid, 1970).

Enrique protestó también por el modo ignominioso de conducir a los detenidos a Francia, a quienes se llevó entre los forzados de las galeras hasta Marsella (Blois, 11 mayo 1602, Taxis a Felipe III: K 1605, A. G. S.). El sobrino y el capitán los remitió el Papa a Francia por un Camarero suyo, quien llevaba el encargo de pedir al rey el envío inmediato del nuevo embajador a España en el momento de presentárselos; único medio de llegar a una más estrecha comprensión entre las dos coronas en bien de la Cristiandad. Pero Enrique IV no admitió la presentación directa de los presos, que hubo de efectuarse por intermedio de Villeroy; y respondió a la proposición que llevaba el Camarero diciendo que, cuando estaba ya resuelto a enviar a Barraull, le detuvo el descubrir la participación española en la conspiración de Biron (París, 2 agosto 1602, Taxis a Felipe III: K 1605, A. G. S.).

Aún habría de pasar tiempo hasta que Barrault viniera a la corte de España, que seguía en Valladolid. De carácter muy diferente a su antecesor y bien penetrado de la importancia de su papel, el nuevo embajador soñó con ser el artífice de la amistad entre las dos dinastías por el matrimonio del Delfín Luis con la Infanta Ana, hija mayor de Felipe III; nacidos los dos como señal evidente de sus destinos, el mismo año de 1601. La política fluctuante de Enrique IV y su enemistad al Habsburgo le harían fracasar.

 

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