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Los Nobel, la mejor ceremonia del mundo. La 'meca' del Protocolo.

Es difícil analizar el Protocolo de la entrega de los Premios Nobel con mentalidad occidental.
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AutorFuenteAsociación Española de Protocolo

 

Hablar de la entrega de los Premios Nobel, en Oslo y en Estocolmo, será seguramente para muchos referirse a la "meca" del Protocolo. Pero en realidad muy pocos expertos conocen con detalle su ceremonial, mezcla de tradición y de sencillez. Un ceremonial no exportable en su conjunto, pero lleno de sensaciones, rigor, organización y fórmulas sencillas. Y es que posiblemente estemos ante la mejor y más bella ceremonia del mundo. He aquí el retrato de la ceremonia de Estocolmo, siempre el 10 de diciembre, donde se entregan todos los galardones a excepción del de la Paz que se concede unas horas antes en Oslo.

En 1900 se creó la Fundación Alfred Nobel, con el objetivo de otorgar anualmente unos premios universales para distinguir a personalidades del mundo entero que hayan destacado por sus importantes contribuciones en el campo de la Medicina, la Física, la Química, la Literatura, la Paz y la Economía (este último creado muy posteriormente y el único que cuenta con patrocinio externo, el Banco de Suecia). Un año más tarde se celebró la primera entrega. Casi cien años después, el ceremonial pervive por encima de las situaciones política y coyunturales, siendo uno de los actos más fieles a sí mismos. Este año cumplirá su entrega cien.

Es difícil analizar el Protocolo de la entrega de los Premios Nobel con mentalidad occidental, ya que su reproducción en España o en cualquier país ibero-americano no es viable. Cualquier institución que intente adoptar para sí un ceremonial similar correrá con el grave riesgo de la incomprensión y la crítica, por no hablar del rechazo más absoluto. En España, país de las mil y una cesiones "obligatorias", ¿es posible imaginar una cena ofrecida por una institución privada y presidir el banquete su presidente y señora y sentar a su derecha a los mismísimos reyes?

Desde la perspectiva del mayor rigor protocolario, la entrega de estos premios contradicen cualquier técnica actual de la organización de actos, se basa en conceptos muy caducados e ignoran elementos sustanciales del moderno protocolo. Sin embargo, la ceremonia es hermosa, equilibrada, sencilla y llena de contenido. En los tiempos de las nuevas comunicaciones y de las sofisticadas herramientas de trabajo, es chocante observar en Oslo y en Estocolmo acciones organizativas que en nuestro país darían lugar a una crítica severa, pero que en su entorno son asumidas como si nada.

Es indudable que la ceremonia (dicho en singular pero en clara referencia al conjunto de los actos) de la entrega de los premios Nobel ofrece "picos" muy mejorables, pero siempre le queda a uno la duda de si seguiría siendo buena. Quizá porque la sencillez de cien años haciendo prácticamente lo mismo le ha dado tal fuerza que probablemente el resto carezca de importancia. Cien años haciendo lo mismo le ha dado tal sencillez y dejar correr que quizá lo que haga hermosos los actos es tener la sensación de que todo funciona sólo, que la organización prácticamente no se nota. Que la cultura y la ciencia son los únicos protagonistas de unos actos en los que cualquiera de sus grandes invitados en otras circunstancias podrían ensombrecer a cualquiera. En fin, algo para analizar.

Las invitaciones y los colores.

Con la antelación debida, los casi dos mil invitados que cogen en el Palacio de Conciertos de Estocolmo, reciben su invitación para asistir a la entrega de los Premios Nobel. Tienen su tiempo para confirmar la asistencia, y en caso positivo recibirán una segunda entrega con la localidad correspondiente. Intentar formar parte de la lista de invitados es difícil, y máximo desde hace unos años en los que la Fundación ha querido popularizar la ceremonia y dar mayor cabida a los estudiantes universitarios. Pero más difícil aún es lograr sitio en la cena de gala en el Ayuntamiento, un banquete éste reservado a la más estricta tradición y cuyo protocolo constituye toda una reliquia de tiempos atrás.

Pero no conviene olvidarse nunca de que todos los indicios protocolarios dan buena cuenta de que para los organizadores la cena de gala constituye el acto más importante, incluso que la propia entrega, aunque sus imágenes den la vuelta al mundo. Y es que los Nobel arrastran esa pesada carga de acto de sociedad, promovido por una institución privada, donde la modernidad es sólo anecdótico.

Las invitaciones para asistir a la entrega y a la posterior cena de gala son tradicionales. Una cartulina blanca, en cuya parte superior resalta en relieve y en dorado el anagrama de los Nobel, una especie de medallón con la efigie de su fundador Alfred Nobel. Un diseño que se extenderá a toda la papelería y cartelería de estos actos, tales como la funda de las localidades, el programa de la entrega, el folleto de los discursos traducidos, la minuta del banquete...

Todo bajo el mismo estilo de sobriedad y tradición.

Sin embargo hay aspectos que llaman la atención, al menos para quienes no nacimos mamando la cultura tradicional del norte de Europa. Es curioso que la sobriedad y solemnidad del tradicional estuche portador de las localidades para el Palacio de Conciertos, a modo de díptico de reducidas dimensiones, albergue sendos papeles corrientes, uno de color amarillo fuerte -la localidad- y otro de verde chillón -las advertencias de protocolo-. Resulta cuando menos sorprendente. Sus razones tendrán. Ni un solo anagrama, ni un segundo de diseño o de buen gusto. Pura efectividad.

El amarillo sirve para entrar, puerta de acceso, platea, asiento. Y una pequeña leyenda: "The Nobel Prize award 2000. Sunday, December 10 at 4,30 p.m. in the Stockholm Concert Hall". Suficiente para entrar y encontrar la silla de uno. El verde chillón, compartiendo sueco e inglés, lo que uno debe recordar: Hay que llegar antes de las 16,30 horas (se matiza que a las 16,15 todos los invitados han de permanecer en sus asientos), que es preciso llevar el documento de identidad (que en la última entrega no se pidió a nadie) y que los teléfonos móviles han de permanecer apagados. Todo ello bajo un título "Viktgt!" ("Important!"), y una firma "The Nobel Foundation".

En la solapa de la funda en díptico portadora de los coloridos papeles, nuevas advertencias protocolarias. "Would you please be seated by 4,15 p.m. Dress: Dark business suit. For personal use. In the event of non-use, please return this ticket to the Nobel Foundation (seguida de una dirección)".

No deja de ser curioso que la etiqueta exigida sea el traje de negocios, es decir, traje para los caballeros y vestido corto para las señoras. Curioso porque para asistir a la cena de gala la etiqueta es rigurosamente tajante para ellos (frac) y para ellas (traje largo), es decir la máxima gala. Y dado que entre el acto del Palacio de Conciertos y la cena en el Ayuntamiento no hay tiempo para cambios en el vestuario, se notaría demasiado en el primer sitio quién irá a la cena y quién no. Conclusión: La mayoría de los invitados a la entrega acuden de frac, vayan o no vayan a la cena. Lógico, ¡quién evidencia quedarse fuera de lo más importante!.

Hasta la tarde hay tiempo para el paseo por el bello archipiélago de Estocolmo. A media luz por el invierno, con unos grados bajo cero, rodeados de agua y bellos edificios de época. Un paseo matinal nos permite acercarnos al Gran Hotel donde se alojan los Nobel y donde se supone se vive el ambiente previo, ya que en la calle no se vive lo mismo. Nada de especial vimos en el legendario establecimiento. Sólo en una esquina, una bella azafata sueca, bajo un anagrama de la Fundación se esforzaba en explicar a unos periodistas que no existe una Sala de Prensa o un gran Gabinete de Prensa, o una gran secretaría de atención a los invitados. Ni un solo folleto, un comunicado, un papel de información...

Tan sólo el grato recuerdo de la señorita. Y eso sí, un perfecto inglés.

La ciudad.

Ese domingo 10 de diciembre del último año del siglo XX amanecía tranquilo en el centro de Estocolmo. Nada hacía presagiar que la ciudad era de los Nobel. Pero a partir de las dos de la tarde, tras la frugal comida, el centro se vuelve un hormiguero. "Los Nobel se ponen en marcha, claro", susurrea uno. "Los domingos a esta hora todo el mundo se va de compras al centro", zanjó nuestro alivio. "¿Dónde me dijo que le llevara?". "A los Nobel". Pasados unos segundos, pregunta de nuevo el profesional de volante:"¿Es en el Palacio de Conciertos (The Stockholm Concert Hall)? ¿A qué hora comienza?". Mala pregunta a quien desde una hora antes pretendía encontrar un taxi para llegar con la antelación suficiente.

A las 16,20 horas el educado taxista sueco paró su vehículo muy cerca de la puerta principal y de la puerta 3. Su poder de convicción a los dos únicos policías que se dejaron ver en los alrededores debió ser suficiente para permitir el "desencoche" en una zona reservada para el acceso de la caravana real y de los premiados a los sótanos del garaje del Palacio de Conciertos. Fue rápido, nada se obstaculizó. Los caravana de premiados, primero, y la de la Familia Real, segundo, llegaron a su objetivo sin problemas.

A diez minutos para el inicio de la ceremonia, los únicos asientos sin ocupar en la zona de público eran los nuestros. Desde la puerta de acceso, numerosas azafatas y azafatos, ataviados de trajes oscuros y largos, con una banda azul y amarilla, colores propios de la bandera nacional, y con una gorra de marinero típico de los estudiantes suecos, permanecían atentos a la llegada de invitados.

Pero no era necesario, todo funcionaba solo. Y esa sensación enseguida se contagia. Es como si llevara uno yendo a la ceremonia toda la vida. Parece que todo el mundo sabe lo que tiene que hacer. Las azafatas son meras referencias de normalidad o puras dispensadoras de los folletos, un díptico con el programa (en sueco e inglés) y los datos de la orquesta invitada, y otro pequeño librito de 44 páginas con los discursos en inglés (se pronuncian en sueco).

Todos los puestos de guardarropa están llenos de perchas con los abrigos de los invitados, todo perfectamente estructurado para que a la salida en un cinco minutos todos puedan recoger sus prendas y dirigirse al Ayuntamiento. El factor climático hace que la guardarropía sea un aspecto importante de la organización, ya que incluso muchos invitados dejan sus botas para el frío o la nieve.

Llama la atención la supuesta inexistencia de la Seguridad. Nuestras sospechosas miradas no encontraban referencias. "Cuando llegue la Familia Real lo notaremos", meras especulaciones que más tarde tampoco encontraron respuesta. Se nos advierte por la organización que no es posible hacer fotos, pero pudimos contar más de 100 cámaras portadas por invitados que en nada se recataron de hacer las instantáneas de los momentos más importantes de la ceremonia. Nunca se juntarán tantos frac en una misma ceremonia. Espectacular.

El Cuerpo diplomático aguarda ya en sus asientos, en unas plateas demasiado pegadas a los siete periodistas gráficos que pudimos contar.

Pocos pero lo suficientemente molestos para incomodar a la representación extranjera. Otros dos fotógrafos, con permiso para aproximarse al borde del escenario en los momentos de la entrega, completan la selección de los fotógrafos. Está claro que sólo unos pocos son elegidos y los medios han de conformarse con las fotografías del "pool". Los cámaras de la televisión oficial en sus sitios. A falta de unos minutos, el murmullo propio de la espera.

La llegada de la Familia Real.

Pero no es necesario llevar el reloj para darse cuenta de que la gran ceremonia va a comenzar. El silencio se hace en absoluto, sin que nadie lo pida. La mirada al cronómetro es inevitable para quienes teníamos la intención de tomar nota de todo. Segundos después aparece por un lateral del escenario la Familia Real al completo. Abre la comitiva el Rey Carl XVI Gustaf, acompañado de la Reina Silvia. Les siguen la Princesa Lilian (tía del Rey), la Princesa heredera Victoria y sus hermanos menores los príncipes Madeleine y Carl Philip.

Las trompetas y clarines acompañan tan solemne momento. Cuatro sillas de honor presidían la mitad izquierda del escenario, y por detrás otras dos. Las de la primera fila ocupadas de izquierda a derecha según se mira por la Princesa Lilian, la Reina Silvia, el Rey Carlos Gustavo y la Princesa Victoria. La segunda, por la Princesa Madeleine y el Príncipe Carl Philip (éste a la izquierda de su hermana). Las sillas de los premiados, frente a la Familia Real, permanecían vacías aún, así como la de varios académicos.

El Protocolo de la ubicación de la Familia Real no es habitual en el protocolo más occidental. Sólo una concepción de acto de carácter social, en el que la Familia Real juega el papel de invitados de honor, hace entender que la precedencia de la Reina sea superior a la del Rey (titular de la Corona) y que la Princesa Lilian ocupe un puesto mejor que la Princesa Heredera. Esta circunstancia es entendible también en el escaso papel reservado a la Corona en el acto, limitado a la entrega del galardón por el Rey, sin que éste tome la palabra en momento alguno.

Suena la marcha en Do Mayor de Mozart. Todos los invitados de pie. Una vez finalizado, por la parte posterior del escenario, en un pasillo formado entre los dos hemiciclos de asientos que ocupan los más de un centenar de académicos de la Fundación, con el fondo de trompetas y clarinetes salen con paso ensayado los premiados, cada uno de ellos acompañado de un académico. Los galardonados ocupan sus asientos (sillas burdeos, de color diferente al resto) en la primera fila del hemiciclo en la parte derecha del escenario. Los académicos en la primera fila del hemiciclo a la izquierda, por detrás de la Familia Real.

Todos y nadie parecen presidir. Al fondo del escenario, dejándose ver entre el pasillo de los hemiciclos, el busto de Nobel parece ocupar la presidencia. Al borde del escenario, vestido con una moqueta azul, en perpendicular al busto, un gran círculo con la "N" en amarillo señala el punto exacto de la entrega de los galardones. En una especie de anfiteatro sobre la parte trasera del escenario, perfectamente visible para todo el público, la Real Orquesta Filarmónica de Estocolmo, fundada en 1914 y dirigida por Tommy Andersson, permanece atenta a sus siguientes intervenciones. La decoración floral, cedida por la Agencia de Promición Turística de Sanremo.

El programa.

A las 4,35 p.m. el Presidente de la Fundación, desde un atril situado frente a la primera fila del hemiciclo izquierdo, abre el turno de intervenciones. Diez minutos. Pieza musical a cargo de la orquesta "The maid of Orleans" de Söderman. Tras ello, la presentación por separado de los galardonados en Física y en Química, a cargo de sendos académicos. Después de los discursos académicos, el Rey entrega el diploma metido en una carpeta roja y la medalla Nobel en una caja del mismo color. Música ("The Conciliator", de Shostakovich).

Discurso de otro académico para presentar al Nobel de Medicina. Entrega de galardón. Música (Tercer  movimiento  para  clarinete  en  La  Mayor,K.622,   de Mozart). Discurso de otro académico para presentar el Premio Nobel de Literatura. Música ("Fantasía del concierto de La Traviata de Verdi", de Lovregio). Intervención de otro académico para presentar el Nobel en Ciencias Económicas. Entrega del premio. Himno Nacional. Fin del acto.

Todo perfectamente sincronizado. Ningún académico es presentado. Se acerca al atril y habla de los méritos del premiado. Este recoge el premio, pero no hace uso de la palabra. Cuando finaliza el discurso del académico, siempre con la fórmula "recibe el Premio Nobel de manos de Su Majestad el Rey", el premiado por un lado y el Rey por otro se acercan al círculo central. Tras el consabido apretón de manos, el Monarca entrega el diploma y la medalla. Los fotógrafos a pie de escenario dejan constancia para la historia. En la base de la foto, la "N" de Nobel en dorado, en vertical el Rey entregando los atributos al premiado.

Tras ellos el resto de los premiados, los académicos y el busto de Nobel. En una sola foto todo el mensaje. Muy estudiado. Una ceremonia donde el protagonismo de la palabra corresponde únicamente a la Fundación y sus académicos, y de la imagen a los premiados y el Rey. Un perfecto equilibrio. Los premiados tendrán su voz posteriormente para los medios de comunicación (a excepción del Nobel de la Paz, que sí interviene en el acto de Oslo, donde se entrega únicamente este galardón, y que se celebra unas horas antes con la presencia de la Familia Real noruega).

El maestro de ceremonias toma asiento en el mismo escenario. Tras una mesa escritorio, situado en una esquina del escenario (tras la Familia Real), donde permanecen los diplomas y las medallas, el maestro de ceremonias, igualmente con paso ensayado, se acerca a cada instante para entregar al Rey los atributos de cada premiado.

Todo a un ritmo perfectamente estudiado. La señal de clarinetes y trompetas, en diálogo musical de atrás delante de la Casa de Conciertos, ponen la guinda a la solemnidad del momento. Muy emotivo. Los aplausos del público, muy calculados, hacen el resto.

Sobre las seis de la tarde la ceremonia finaliza. La Familia Real abandona el escenario y por pasillos internos se dirige al sótano del garaje para tomar la caravana en dirección a la cena de gala. Los premiados, pocos minutos después, en sus lindas limusinas, saldrán del garaje en dirección al Ayuntamiento. El resto de invitados, tras recoger sus prendas en el servicio de guardarropa (más de veinte puntos de atención) saldrán por las puertas del Palacio en dirección a los autobuses articulados municipales que les conducirán, igualmente, a la casa municipal. Tendrán que hacer más de quince o veinte minutos a la intemperie, frente a la plaza principal del Coliseo. Y es que hasta que no se llena un autobús, donde se viaja de pie, no aparece el siguiente. Una situación ideal para quien quiera manifestarse a escasos metros de los vehículos (como así de hecho ocurre en todas las ediciones). Y una situación ideal para que los escotados vestidos pongan al cuerpo en disposición de tomar un severo resfriado.

Con más prisa se van las primerísimas autoridades, cuyos vehículos aguardan frente a la salida principal para trasladarlos al siguiente acto. Azafatos, con capa, sincronizan los movimientos. Sigue sin verse policía. Con menos prisa, los diplomáticos se dirigen a sus coches oficiales para dirigirse en esta ocasión a la Embajada de Italia, donde celebrarán el Nobel paralelo con otra cena (el "nobelín" que gusta de llamarlo). Una diplomática manera de protestar por no estar en la lista de los vip's que accederán a la cena de gala en el Ayuntamiento.

La cena de gala.

Casi 1400 invitados comienzan a llegar a partir de las 6,45 horas p.m. al Ayuntamiento, en cuya bóveda central se servirá la cena de gala. De ellos, unos trescientos estudiantes elegidos durante el año y que se reconocerán enseguida por su gorra marinera. En apenas diez minutos, todos los comensales encontrarán su asiento reservado, en una extraña composición de mesas, que hace único este comedor.

En una planta rectangular, la mesa presidencial (a modo de mesa imperial), con una capacidad para más de 80 personas, cruza por el centro de lado a lado. Los comensales principales tomarán asiento a ambos lados. A modo de doble peine, una colección de largueros transversales, se destinarán a los invitados, en un exquisito protocolo de alternancia hombre-mujer. Más de cuatro kilómetros de mesas, que serán atendidos por 8 maitres y más de doscientos camareros.

A primera hora de la mañana ya se trabajaba intensamente en los preparativos del salón. Cualquier ciudadano que quisiera podría acercarse para ver estas tareas iniciales. El menú, ya conocido en Estocolmo, puede degustarse en el Restaurante municipal en cualquier ocasión y a un precio módico. Manteles rosas, sillas de tijera recubiertas de tela. Magnífica vajilla, cristalería y cubertería. Toda ella histórica y de gran valor. Minutas y tarjetas nominales componen la decoración fundamental de las mesas. Unos sencillos centros hacen el resto.

Horas antes, las camareros ensayan su trabajo, al igual que los artistas que amenizarán el banquete. A esa hora la actividad en las cocinas desborda la imaginable. Los técnicos de la televisión hacen sus últimas pruebas. Cinco horas de retransmisión en directo de la cena (sí, la cena) obligan a un trabajo muy profesional.

A las siete en punto, todos los comensales están en sus asientos, a excepción de los 80 de la mesa principal, que a esa hora comienzan a descender de la escalinata principal, dando los caballeros el brazo derecho a las damas. Abre la comitiva, tras una bella azafata, el Presidente de la Fundación, del brazo de la Reina, seguido del Rey con la esposa del Presidente de la Fundación. Le siguen el resto de la Familia Real, premiados y esposas, principales académicos (as) y esposas (os). A ritmo musical, los protagonistas acceden al salón principal y se dirigen a sus asientos. Todo va sólo. Nadie ve a los protocolarios. Todo el mundo sabe su papel.

Los brindis.

Los invitados de las mesas transversales, de pie. Los importantes, camino de sus sillas. Los anfitriones y los reyes aguardan que todos sus compañeros de gran mesa estén frente a los sitios. Todos en su lugar. Todos toman asiento. Se sirve el champán, Moët & Chandon, Brut Imperial. No es para menos. El Presidente de la Fundación, desde la presidencia de la mesa, hace de pie el primer brindis, no más de un minuto, toma la copa y mira a su derecha a la Reina, y al frente hacia su esposa (segunda presidencia) y a la derecha de ésta, donde toma asiento el Rey.

El Rey hace su segundo brindis. Tras él comienza a servirse a los comensales, en una cena que durará unas tres horas, amenizada con espectáculo y que seguirá con un baile hasta la medianoche. Tarrina de Salmón, Filete de Cordero y Helado Nobel con chocolate blanco. Vino.

La salida del comedor hacia el salón de baile de nuevo del brazo. Luego la noche va poniendo fin a la fiesta de la jornada, mientras las invitados apuran los licores dispuestos para la ocasión en el bufé de bebidas.

La mesa presidencial alterna en un puro protocolo mixto a los componentes de la Familia Real, los premiados, los altos cargos de la Fundación Nobel y sus más distinguidos académicos, todo ello alternando el invitado masculino con el femenino. Toda una perfección protocolaria, aunque evidentemente haya cosas que dejen mucho que desear desde la óptica actual.

Mientras en el "Nobelín" se echan unas risas, algunos expertos en protocolo siguen dando vueltas a cómo es posible que una ceremonia tan prestigiosa sea tan sencilla, bonita y entrañable, aunque ciertamente elitista y desfasada en sus formas. Pero a esa evidente falta de actualización -no le hace falta, porque el peso de la tradición lo argumenta-, una más cuidada maquinaria organizativa, mejoras de algunas cuestiones importante y delicadas en protocolo, se opone la sencillez de una ceremonia que atrapa. Sólo los nobel son capaces de lograrlo, fuera de ellos todo resultaría ridículo y criticable. Solo los Nobel saben poner en su sitio el glamour. Solo los Nobel ponen el Protocolo en su sitio, donde no se note.

Sr. D. Carlos Fuente Lafuente.

Jefe de Protocolo de la Fundación Príncipe de Asturias Presidente de la Escuela Internacional de Protocolo.

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